“Aguanta un día más”

Las consultas médicas por intento de suicidio aumentan desde el final del confinamiento

Admite que dudó muchísimo antes de hablar y dejarse fotografiar para este reportaje. Que no sabe cómo la mirarán sus vecinos después de leer estas líneas. Y que incluso su familia la advirtió que se lo pensara dos veces antes de dar la cara. Pero finalmente ha decidido hacerlo, porque espera que quién lea esto y se sienta reflejado se dé cuenta que no es ningún bicho raro, se sienta acompañado y dé el paso de pedir ayuda. Mònica Pallàs intentó suicidarse dos veces y continúa teniendo pensamientos suicidas de forma recurrente que la atormentan. “Mònica, aguanta un día más” es lo que se dice a ella misma cada vez que se aboca a este abismo. Ella ha aguantado. El objetivo es salvar más vidas.

Sí, salvar vidas, aunque la frase suene grandilocuente. Porque el suicidio es la primera causa de muerte en Catalunya entre los hombres de 25 a 44 años y la segunda entre las mujeres de esta misma edad, según datos del 2018 del departamento de Salud. Las correspondientes del 2019 todavía no se han hecho públicas. En 2018 el Instituto de Estadística de Cataluña contabilizó 522 suicidios. Y también porque la depresión es la principal causa de suicidio. Y en tiempo de coronavirus, la depresión se ha convertido en otra pandemia.

“La gente sabe que si le duele el pecho tiene que ir a urgencias porque puede sufrir un infarto. Pero desconoce que si tiene una depresión, un síntoma es tener pensamientos suicidas”, advierte la psiquiatra Aina Fernández Vidal, del programa de prevención del suicidio del Hospital de Sant Pau. En definitiva, que no tenemos ni idea y esta ignorancia mata. Y más ahora. La doctora Fernández Vidal afirma que, desde el final del confinamiento, cada vez atiende más pacientes por intento de suicidio. “Está el mito de que si se habla de este tema se incita al suicidio. Y es al contrario: hay que hablar de la gravedad del problema”.

Precisamente por este motivo Mònica rompe su silencio. Lo hace en la sede de la asociación Obertament (Abiertamente), en Barcelona, de la que forma parte y que lucha contra el estigma y la discriminación de las personas que sufren un problema de salud mental. De hecho, esto mismo es lo que ella quiere, acabar con el estigma. Para empezar, verla ya rompe todos los esquemas: a simple vista parece una persona alegre, a pesar de que sufre una depresión y, además, crónica.

Soledad extrema y desesperación

“No explicaré como me intenté suicidar porque esto no ayuda a nadie, y quien se quiere suicidar ya sabe muy bien como hacerlo”, empieza diciendo, midiendo cada palabra que pronuncia. En cambio, sí que quiere explicar como se sentía cuando aquellos pensamientos fatídicos la martirizaban: “Un sentimiento de soledad extrema, de desesperación, de no ver ningún futuro”. Un sufrimiento tan profundo, asegura, que solo quería que se acabara. Aunque esto comportara quitarse la vida.

Mònica es consciente que estas ideas suicidas pueden volver como un bumerán porque forman parte de la depresión. Pero también sabe que salir del pozo es posible: “Recomiendo a las personas que sufren una depresión que, cuando tengan pensamientos suicidas, lo expresen en voz alta y pidan ayuda: que vayan al CAP, llamen al teléfono de la esperanza o acudan a urgencias psiquiátricas”. Lo que sea. O que hablen con un amigo o la familia. “La gente no quiere hablar del suicidio porque no saben qué solución darte. Pero no hay que dar soluciones: solo escuchar y acompañar a buscar ayuda”, insiste.

Anna Lara no tuvo tanta suerte. Su hermano Jordi no aguantó un día más: se suicidó a los 33 años. Tenía un hijo de un año. Anna es ahora la secretaria de la asociación Supervivents (Supervivientes), que reúne familiares de personas que han muerto por suicidio y que tiene este nombre porque el dolor que sufren los familiares que pierden un ser querido de este modo es equiparable al de alguien que ha estado en un campo de concentración, según la Asociación de Psiquiatras de los Estados Unidos.

“Repasas las conversaciones que tuviste con aquella persona, te planteas qué hiciste mal o qué no viste. Te da la sensación de que te vuelves loca y te sientes culpable por no haberte dado cuenta”, dice Anna. En definitiva, la culpa te come por dentro. Es un sentimiento generalizado entre los familiares de las personas que se mataron por suicidio y entre las que lo intentaron y no lo consiguieron. Lo sintió Anna y lo sintió Mònica. “¿Verdad que no nos sentimos culpables cuando tenemos dolor de muelas?”, plantea la representante de Obertament Ariadna Rogero. ¿O cuando tenemos un síntoma de alguna otra enfermedad física? Entonces, ¿por qué con el suicidio sí?

El hermano de Anna también tenía una depresión, pero no se la diagnosticaron. “Después aprendes a detectar señales no verbales que sirven de alerta, como experimentar cambios físicos bruscos, engordarse o adelgazarse mucho, pasar de ser una persona abierta a ser cerrada, regalar las pertenencias...”, explica ella. Y también señales verbales: “Existe el mito de que quién dice que se quiere suicidar no lo hará. Y no es así”.

Pla de prevención nacional

Precisamente por esto la psiquiatra Fernández Vidal insiste que hace falta un plan de prevención del suicidio a nivel nacional, del mismo modo que en su día se impulsó una estrategia global para reducir los accidentes de tráfico. “Hay que hacer charlas informativas en la escuela y en la comunidad, y poner en marcha servicios específicos de atención”, pone como ejemplo. El psicólogo del Hospital Sagrat Cor de Martorell y vicesecretario de la junta de gobierno del Colegio Oficial de Psicología de Catalunya, Roger Ballescà, destaca que el problema es que, a nivel de salud mental, el sistema sanitario en este país pone la venda cuando la herida ya está hecha, en lugar de prevenir. “Se intenta apagar fuegos cuando el fuego ya está bastante extendido”.

En Catalunya hay centros de salud mental para adultos (CSMA) que, como su nombre indica, son centros especializados en salud mental pero a nivel ambulatorio. Para ser atendido por un CSMA, el paciente tiene que ser derivado por su médico de familia. Y los médicos de familia están totalmente saturados, y más ahora con la pandemia. “En teoría sólo pueden dedicar 6 minutos a cada visita, y en este tiempo es imposible hacer un acompañamiento psicológico, así que se recorre a los fármacos. España es uno de los países donde se consumen más psicofármacos”, continúa explicando Ballescà.

Saturación

Los CSMA, por su parte, también están colapsados. Acostumbran a visitar a los pacientes una vez cada dos meses, dice el representante del colegio de psicólogos, y las sesiones de terapia duran sólo media hora. “En un psicólogo privado las visitas son cada semana o cada quince días, sobre todo al principio”, aclara. Y duran entre 45 minutos y una hora. Eso sí, son carísimas: de 50 a 100 euros. “El panorama es bastante desolador pero no quiero transmitir una idea de impotencia. Los profesionales somos conscientes de las limitaciones. Podríamos decir que el tratamiento que ofrecemos es buenísimo, pero en una dosis que no es la terapéutica”, admite Ballescà.

Mònica tiene suerte: su psicólogo la visita en el CSMA cada mes. Quizás porque ya cruzó una línea roja. El objetivo ahora es que ni ella ni nadie la vuelva a cruzar: aguantar un día más.

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