Barcelona es la ciudad más castigada por la contaminación de los cruceros

Palma es la segunda con más polución, según un estudio entre 50 puertos europeos

Barcelona es la ciudad europea que soporta más contaminación derivada de los cruceros. Es la cara más oscura del éxito que la ha llevado a ser el puerto líder en esta actividad que lleva cada año a millones de turistas a la capital catalana. Las toneladas de gases contaminantes que emiten a la atmósfera cuando llegan y se marchan las naves, pero también mientras están en el puerto con el motor en marcha para garantizar la energía a bordo, hacen que el puerto barcelonés sea el que concentra más azufre, óxidos de nitrógeno (los temidos NOx que tienen en el punto de mira a los vehículos diésel) y también micropartículas contaminantes. Lo recoge un estudio de la ONG Transport and Environment (T&E), con sede en Bruselas, que ha estudiado 50 ciudades de todo el continente.

La emergencia climática no puede ser un gesto “de cara a la galería”

En Barcelona, los 105 cruceros que pasaron por el puerto en 2017 supusieron más de 32,8 toneladas de azufre vertidas a la atmósfera, casi cinco veces más SOx de lo que sale de todo el parque de vehículos de la ciudad. Estas grandes naves de pasajeros también emitieron más de 700 toneladas de NOx, el equivalente al 28% de todo lo que sale de los coches de la ciudad, y 13 toneladas de partículas, que representan el 3,5% de las micropartículas PM2,5 de los vehículos. 

Por detrás de Barcelona en este ranking de polución están las Baleares. El puerto de Palma de Mallorca ocupa el segundo lugar con 28 toneladas de SOx, seguido del de Venecia, con 27 toneladas, y el de Civitavecchia, en Roma, con 22 toneladas.

España es, por países, el que concentra los problemas de contaminación más graves por cruceros: las casi 14.500 toneladas de SOx son 50 veces más que la cantidad de este contaminante que sale de los tubos de escape de los 23 millones de vehículos que hay en circulación en todo el Estado. En segundo lugar está Italia, como segunda gran destinación de los cruceros turísticos, y a más distancia figuran Grecia, Francia y Noruega.

“Los coches, de gasolina o diésel, los tenemos en frente cada día, olemos sus gases y nos molestan, pero los barcos no los ves ni los oyes, aunque también son una fuente contaminante”, defiende en el ARA el coordinador de política marítima de T&E, Faig Abbasov. Lamenta que si bien la tendencia con los vehículos contaminantes —como los diésel— es restringir y hasta prohibir su circulación por la ciudad, las navieras no topan con la misma dureza legislativa a pesar de ser “grandes fuentes de contaminación”.

¿Qué perdería Barcelona sin los cruceros?

Las flotas de grandes barcos tienen un impacto crucial en la calidad del aire: las emisiones de dióxido de azufre de una sola de las compañías gigantes del sector, Carnival Corporation, fueron 10 veces superiores a las de los más de 260 millones de vehículos de pasajeros que recorren Europa. La segunda, Royal Caribbean Cruises, emitió en 2017 el equivalente a cuatro veces más que todo el parque automovilístico.

La organización ecologista T&E, de la cual forma parte Ecologistas en Acción, alerta en el trabajo de que las emisiones de óxidos de azufre forman aerosoles de sulfatos (SO4) que son un riesgo para la salud humana, aparte de ser una amenaza también para los sistemas terrestres y acuáticos.

No es suficiente con impuestos

Las soluciones a la polución de los cruceros ya existen, sólo hace falta valentía a la hora de aplicarlas, sostiene Abbasov. De entrada, debe hacerse realidad la premisa que “quién contamina, debe pagar”, tal como se está intentando hacer con los coches en España y como ya se aplica en muchos países europeos del entorno. Pero la tasa de carbono no es suficiente, subraya el portavoz de T&E.

Los puertos deben convertirse en zonas de cero emisiones. Eso pasa por impulsar inversiones que obliguen a los cruceros a conectarse a la energía eléctrica cuando atracan en una ciudad y apagar sus motores contaminantes, por ejemplo. Aquí, subraya Abbasov, será necesario que los puertos prioricen la inversión para ofrecer esta infraestructura.

La solución parcial que ya existe son las áreas de control de emisiones (ECA) en los mares, con unos requisitos mucho más estrictos con respecto a la contaminación de los barcos. El Mediterráneo todavía no ha declarado ninguna, pero sí que funcionan en el Báltico y el mar del Norte. A pesar de no ser todavía de polución cero, tal como recoge el mismo informe de T&E, son un primer paso para la mejora ambiental. El gobierno municipal de Barcelona dio apoyo a esta iniciativa, que, para ser efectiva, debe contar “con el impulso de estados como España, Italia y Croacia”, insiste Abbasov.

Los cruceros impulsados por gas natural, como el que hace dos semanas atracó en el puerto de Barcelona, no son en ningún caso la solución. “No estamos hablando de barcos con cero emisiones como se anunció, porque, aunque no emitan SOx o NOx, el gas natural emite gases de efecto invernadero que contribuyen al calentamiento global”, recuerda al portavoz ecologista.

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