Dembo Fathy, el peluquero senegalés que emigró con una barca de juguete

Dice que no quiere ayudas, que quiere papeles para poner su grano arena en el país que lo ha acogido

Hace un año se jugó la vida atravesando el estrecho de Gibraltar en una barquilla inflable de juguete. El pequeño de 12 hermanos, quería llegar a Europa para conseguir un futuro mejor y poder mantener a su padre. Este senegalés de 25 años ha conseguido llegar a la Barcelona que siempre había soñado y, aunque no tiene una vida nada fácil trabajando en la agricultura, sólo tiene palabras de agradecimiento. Dice que no quiere ayudas, que quiere papeles para poner su grano arena en el país que lo ha acogido.

No tenía dinero para pagarse una plaza en una patera ni tampoco para comprarse un chaleco salvavidas, y el 15 de junio de 2018 se subió a una barca inflable de juguete con cuatro compañeros más, y con una cámara de aire de neumático como flotador. "Cuando no tienes nada de nada, haces locuras", reconoce Dembo Fathy, un senegalés de 25 años que decidió irse de su país porque con lo que ganaba trabajando de peluquero no podía mantener a su padre, ya muy mayor. También hay clases entre los pobres: pateras de primera, de segunda y de tercera. Y la de Dembo Fathy -una barquita hinchable pensada para que los niños jueguen en la playa bajo la mirada atenta de sus padres- era de las últimas. Cuesta imaginar cómo una persona puede lanzarse a cruzar el estrecho de Gibraltar en una cáscara de nuez como aquella, a menos que lo empuje la desesperación y el peso de cargar en la espalda el futuro de los suyos. Fathy es el pequeño de 12 hermanos y el encargado de ocuparse del padre.

"Traté de trabajar en la agricultura, pero tampoco me salía, y entonces pensé que si iba a Europa podría hacer realidad mis sueños y dar una buena vida en la familia", recuerda sin perder la sonrisa. Habla despacio y a veces con un hilo de voz casi inaudible, y explica sin dramatismo el periplo de cuatro meses que le llevó hasta Barcelona: del Senegal a Mali, donde fue secuestrado por rebeldes tuaregs hasta que pudo pagar por su rescate, después Argelia y Marruecos. A pesar de todo lo que vivió atravesando el Sahara, el tramo de la patera fue el peor: "Nos metimos en el agua a las cinco de la madrugada y pensé que mi vida se acababa allí", recuerda. La policía marroquí, que en virtud de los acuerdos entre Madrid, Rabat y Bruselas hace de guardiana de la frontera española, pilló un grupo de cameruneses que habían salido de la misma playa, pero el grupo de Faty ya había podido avanzar hasta tener el agua al cuello y antes subirse a la barquilla. El joven explica que no pararon de remar durante horas, hasta que a las diez de la mañana Salvamento Marítimo los localizó gracias a la activista Helena Maleno, que alertó a los equipos de rescate. "No puedes conectar el GPS del móvil hasta que no has llegado lejos", explica. Si lo hacen antes de tiempo se arriesgan a que la Guardia Civil o bien la marina real marroquí los atrapen y los vuelvan al punto de salida. Pero él tuvo suficiente coraje (y suerte) para poder cantar boza (como dicen los africanos que saltan las fronteras para expresar alegría, superación, victoria y llegada).

Lo desembarcaron en Tarifa y allí la Cruz Roja le preguntó dónde quería ir. "Barcelona era la ciudad de mis sueños", dice sin más explicaciones. Antes de emprender el viaje no conocía a nadie en Europa. Se estuvo unas semanas en el centro de acogida de emergencia que abrió el Ayuntamiento el pasado verano con motivo del repunte de llegada de pateras

"Estoy orgulloso de lo que he hecho"

Fathy se fue del Senegal con cuatro compañeros y sólo él llegó a Europa. El resto se echaron atrás en algún punto. Él ahora se siente más fuerte y piensa que ya ha pasado lo más difícil: "A veces tienes que jugarte la vida para ganarte un futuro mejor". En el año que ha vivido en Cataluña ha espabilado para sobrevivir sin papeles. Trabaja en los bosques del Maresme y gana entre 25 y 30 euros al día trabajando de sol a sol. Consiguió que unos compatriotas le realquilaran una habitación y ahora su objetivo es aprender catalán. No tiene una vida nada fácil, pero no se arrepiente de haber emprendido el viaje. "Si un día me arrepiento volveré a Senegal. Pero ahora estoy orgulloso de lo que he hecho. Cuando estaba allí no podía darle ni un euro a mi padre. Desde que estoy aquí he podido enviar más de 100 euros".

El joven está dispuesto a trabajar fuerte y estudiar. Se siente más superviviente que víctima, y a pesar del sufrimiento que ha acumulado, sólo tiene palabras de agradecimiento por el país que lo ha acogido. Habla de vez en cuando con su padre pero prefiere ahorrarle la parte fea. "Es grande y soy yo quien tengo que ocuparme de él, y no quiero que le falte nada ni que se preocupe", explica. La frontera no se acaba cuando terminan la travesías, sino que se lleva pegada a la espalda mucho tiempo, a veces toda la vida. La frontera es también una ley de extranjería que lo convierte en un sin papeles, en un sinderechos, carne de cañón, mano de obra barata. Hace unos meses fue a León para trabajar de jornalero en la recogida de ramas que se utilizan para hacer cerrados. "Me pagaban 3 euros por un fardo de 4 kilos y tenía que pagar 300 por el alojamiento y el transporte. No me quedaba casi nada después de estar todo el día en el campo". Una semana más tarde  volvió el Maresme. Necesitará acreditar tres años de residencia continuada y una oferta de trabajo a jornada completa de un año de duración para conseguir legalizar su situación.

"No quiero ayudas, lo que necesito son los papeles"

Pero Fathy no se queja: dice sin aspavientos que ha venido al mundo a luchar para ganarse un futuro para él y para ayudar a su padre. Antes soñaba con llegar a Europa. Ahora sueña conseguir los papeles, estudiar, trabajar y ganarse la vida. Y no necesariamente por este orden. "Si pudiera votar lo que pediría a los políticos es libertad para los inmigrantes: que podamos movernos y trabajar legalmente. Sin papeles no puedes tener un trabajo normal. Si no tienes papeles no eres nadie, eres menos que nada", remacha. "Los políticos deberían cambiar la mirada, porque sufrimos mucho. No quiero ayudas, lo que necesito son los papeles", apunta. Dice que no quiere depender de nadie ni ser una carga sino que tiene cosas que aportar al lugar donde ha llegado. Y se siente capaz con sus fuerzas: quiere vivir de sus manos. "Yo soy un hombre, he cruzado el Sahara y el Mediterráneo para encontrar una vida mejor, y mi esperanza está en Barcelona. Puedo trabajar y aportar mi grano de arena aquí. Todos los inmigrantes, cuando nos vamos a dormir cada noche, pensamos en qué podemos hacer para tener los papeles".

No está dispuesto a permitir que nadie le arrebate el sueño. "Ahora esto es mi casa y quiero poner mi esfuerzo". Pero también confiesa que aún no ha hecho ningún amigo en Cataluña. "Sólo voy de casa al trabajo. A veces te encuentras a gente que te ignora o te desprecia, pero no pasa nada. Un día fui a una discoteca y me dijeron que no podía entrar si no había comprado la entrada por internet, pero ante mí la gente pasaba y compraba la entrada allí mismo. Desde entonces no he vuelto a salir, aunque me gustaría mucho ir a bailar".

Ahora está decidido a empezar clases de catalán y castellano en una escuela de adultos y prepararse hasta que un día pueda conseguir los papeles. Mientras tanto, le llegan falsos rumores que en una oficina de la plaza Joanic de Barcelona el Gobierno mujer papeles si te presentas con el pasaporte y un certificado de empadronamiento. Mensajes como estos se extienden como la pólvora vía audios de WhatsApp. Costa de convencerle de que es un engaño sin ningún fundamento. Siempre hay quien tiene pocos escrúpulos y se atreve a jugar con la vida y con las esperanzas de la gente. 

LO MEJOR QUE LE HA PASADO

Lo mejor que le ha pasado desde que llegó a Barcelona, apenas hace un año, fue la acogida que le ofreció la gente de la Cruz Roja. "Yo no tenía nada. Había que empezar de cero. Y me dieron una cama, me pusieron un plato en la mesa y me curaron, hasta que estuve recuperado de las heridas. Esto es algo que no se puede olvidar. Que alguien te ayude cuando realmente lo necesitas. Cuando no tienes nada".

LO PEOR QUE LE HA PASADO

"No he tenido ninguna experiencia mala hasta ahora. Si hubiera sufrido alguna lo diría, pero por ahora todo ha ido bien. Quizá las cosas se torcerán en el futuro, pero por ahora no me puedo quejar de nada", explica Fathy. Asegura que se ha sentido bien acogido en Mataró: "He conocido a otros senegaleses, marroquíes, gambianos que me han ayudado a encontrar una casa, y también he conocido a catalanes que están a mi lado para ayudarme con los papeles".

LO QUE LE HA SORPRENDIDO MÁS

"El día que llegué a Cataluña me sorprendió la ciudad y sus infraestructuras. Lo había visto en la televisión, pero no me imaginaba que sería así en realidad. Barcelona me pareció una ciudad extraordinaria. Y la primera vez que subí al metro no sabía ni dónde meter el billete", recuerda de su primer día en la ciudad. "Aquello sí era tecnología: me di cuenta de que había llegado al lugar que siempre había soñado", dice.

Més continguts de