¿Ha muerto Eduard Punset? No está demostrado

Punset decía que la muerte física es tan solo un paso más en la dirección de la vida

Los medios anuncian, mecánicamente, la muerte de Eduard Punset. Y no, no está demostrado que haya sido así. Quien haya leído alguno de sus muchos libros, visto alguno de los capítulos de su largo y aclamado —también caricaturizado— programa ‘Redes’ o escuchado alguna de sus charlas, podrá llegar fácilmente a esta conclusión, que la muerte física no es más que un paso más en la dirección de la vida. Punset era así y así lo transmitía. Intentaré explicarlo.

Recuerdo perfectamente el primer día que nos cruzamos. Fue en el Museu de la Ciència, años más tarde reconvertido en CosmoCaixa. En aquellas antiguas y casi obsoletas instalaciones, un grupito de periodistas hacíamos cola para entrevistar a un jovencísimo Ignacio Cirac, con toda seguridad uno de los físicos más prominentes que ha dado la ciencia española en las últimas décadas. Con solo 29 años tenía que sacar en la revista 'Nature' su primera portada sobre física cuántica. Llegó mi turno y Cirac me confió la noticia. Más tarde entraría Punset con sus cámaras de televisión. A pesar de su habilidad y su enorme capacidad para la divulgación, se quedó sin noticia. Le daba igual. El suyo fue uno de los programas más vistos de la temporada.

La vida de Punset, según el calendario, había empezado en 1936 en Barcelona, hoy hace 82 años. Hijo de familia acomodada, estudió Derecho en Madrid y posteriormente Ciencias Económicas en Londres. Su formación como abogado y economista, así como su talante liberal, le llevaron a ser director económico para América Latina de ‘The Economist’, una de las revistas más influyentes del mundo del sector de los negocios (1967-1969), y de allí saltó al cargo de alto funcionario del Fondo Monetario Internacional, primero en Nueva York y después en Haití (1969-1973). En esta etapa, que se alargaría hasta 1980, también ejercería como asesor de grandes empresas, sobre todo españolas. Justo aquel año Jordi Pujol le incorporaría como 'conseller' de Economía y Finanzas de la Generalitat. Más tarde sería Adolfo Suárez quien le nombraría ministro de Relaciones con la Comunidad Europea. Su paso por la política, entre las órbitas de UCD, el CDS de Suárez y también de CiU, se alargaría hasta 1994.

Y después, la ciencia. En 1996 arranca su programa ‘Redes’ y muy pronto alcanza un éxito incuestionable. Su peculiar peinado, la manera de expresarse y la selección de personalidades científicas invitadas al programa, muchas de ellas de primer nivel mundial, le hicieron enormemente popular. Más allá de su personalidad, ciertamente característica, fue su habilidad para conducir un espacio de divulgación en el que invitaba a científicos internacionales y destacaba los nacionales que habían alcanzado hitos trascendentes, lo que le hizo ganarse el respeto de la comunidad científica en un momento, finales de los años 90, en el que la ciencia española aspiraba a tener reconocimiento social. Gran parte del mérito era de Punset, claro, pero también de un equipo que se pasaba horas y horas rebuscando cuál era el mejor tema para explicar y quién podía hacerlo mejor. 'Redes', a veces maltratado en los horarios de emisión, sobrevivió 18 temporadas.

En medio de aquellos años de éxito mediático y reconocimiento de la comunidad científica, Punset empezó a comprimir su pensamiento en libros que también alcanzaron grandes éxitos de venta. ‘El viaje al poder de la mente’ quizás es el más reconocido. Otros, como ‘El alma está en el cerebro’ o ‘El viaje al amor’, basados en sus entrevistas, resumían mejor su pensamiento y su apuesta por la difusión del conocimiento.

Fue en aquel tiempo cuando quedamos para comer en un restaurante del Paseo de Gràcia. Lo que debía ser un encuentro informal muy pronto se transformó en un interrogatorio y un intercambio de citas de nuestros científicos preferidos. Entre ellos, el genetista británico Richard Dawkins, autor entre otros de uno de los textos clásicos de la biología moderna. En su libro ‘El gen egoísta’, Dawkins defendía el concepto de inmortalidad por la transmisión de nuestros genes de una generación a otra. Los humanos, como los animales y los vegetales, somos simples portadores; lo que perdura de verdad son los genes. Y estos vienen durando desde que existen. Punset admiraba esta teoría. Quizás de ahí sale su célebre frase: "No está demostrado que me tenga que morir nunca". Verdad o no, nadie puede demostrar que estuviera equivocado.

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