De Instagram a WhatsApp: el acoso machista se dispara en las redes

Las víctimas a menudo no denuncian este tipo de nuevas violencias 

"Si me hablas te prometo que te hablaré con amabilidad y respeto", "Te quiero", "¿Eres tonta?", "Deja de hacerme enfadar de una vez", "No quiero volver a oir que no te gusto", "que sepas que te hablo así porque te odio","si no me contestas, me suicidaré". Llega un momento que los mensajes de WhatsApp que recibe de él son una ametralladora. Pling, pling, pling. Llegan durante todo el día. Quien los escribe es un compañero de clase que se le declaró hace más de un año, pero ella ya ni los abre. "Tú, contéstame", aparece de vez en cuando en la pantalla bloqueada de Laura (es un nombre falso porque no quiere que se la reconozca). Ella tenía 17 años cuando los mensajes habituales del chico se empezaron a intensificar. Los meses siguientes habló con compañeras y la familia, que la animaron a denunciarlo; pero nunca lo llegó a hacer. Cuando cuenta su historia en ningún momento pronuncia la palabra acoso. Los mensajes hace casi dos años que duran. "Me cuesta considerarme víctima, seguro que hay gente que lo ha pasado mucho peor que yo".

Hay pocos datos del alcance de estas nuevas modalidades de violencia en que el agresor se aprovecha de la protección que ofrecen las redes sociales, pero los expertos advierten de que cada vez más mujeres acumulan en sus móviles el rastro de casos de violencia machista como este. Un estudio de Amnistía Internacional de 2017 dice que una de cada cinco mujeres españolas ha pasado por situaciones parecidas. Pero la cifra podría ser más elevada: estos nuevos canales están "multiplicando" y "facilitando" la violencia que se ejerce contra las mujeres. "La red da oxígeno a los agresores, algunos de los cuales tal vez no se atreverían a hacer en directo según qué comentarios", explica la psicóloga especialista en victimología Alba Alfageme.

Dentro de esta bolsa de violencias machistas que han encontrado su sitio en las redes sociales hay delitos como el acoso virtual, el sexpreading (cuando el agresor amenaza a la víctima de publicar fotografías íntimas para hacerle daño), la sextorsión (cuando el objetivo es económico) o la suplantación de identidad. Todas ellas son modalidades de acoso tipificadas en el Código Penal español desde la reforma del año 2015 que, a pesar de no estar recogidas bajo el paraguas de las violencias machistas, su tipificación sí ha incrementado la protección ante estos casos. Pero la mayoría de situaciones no terminan en denuncia porque se "minimiza" la gravedad de los hechos. Hay casos en que la víctima se siente culpable, porque piensa que dio pie al acoso enviando alguna fotografía o contestando un mensaje o porque, simplemente, no fue lo suficientemente clara a la hora de cortar al acosador. "Hay que tener claro que, si nos pasa, en ningún caso la responsabilidad es nuestra sino del agresor, que nos está privando de nuestra libertad de vivir con tranquilidad; también hay que tener claro que optar por el silencio nos condena a seguir sufriendo situaciones similares", sostiene Alfageme, que explica que una vía es ir a la comisaría a explicar el caso.

A pesar de que estas violencias a priori pueden parecer "más sutiles", la psicóloga insiste en su gravedad. "Hasta ahora las víctimas al menos sabían que tenían espacios donde sentirse seguras [como el domicilio], pero con la red este control traspasa cualquier límite, lo que favorece que el acoso se acabe perpetuando en el tiempo y un día sea insostenible", apunta Alfageme, mientras recuerda el caso de la trabajadora de Iveco que se suicidó cuando un vídeo sexual de ella se hizo viral.

Secuelas psicológicas

Marta también sufrió el acoso de un hombre que se prolongó varios meses. Él le doblaba la edad, lo conoció en una comida y lo que parecían unos mensajes cordiales del día siguiente comenzaron a ahogarla. Ella primero le bloqueó en WhatsApp, en Instagram, en Facebook e incluso en el móvil. Pero él siempre encontraba la manera de contactar con ella. Hasta que la joven lo relegó al spam del correo electrónico el hombre no dejó de acosarla directamente. Después lo probaría también a través de terceros. "Sentí mucho desprecio aquellos meses porque, en el fondo, cuando alguien hace eso es porque considera que su voluntad está por encima de tu libertad", explica. Un año después todavía se está recuperando del impacto que le provocó este acoso, que ella tampoco denunció nunca. "He sido muy 'hater' [enfado] este último año, me he cerrado emocionalmente durante doce meses tanto a la hora de conocer amigos hombres como posibles parejas sexuales". Marta no muestraa ningún mensaje: un día necesitó eliminarlos todos para poder seguir adelante.

Sea como sea, cuando una mujer consigue denunciar un acoso virtual, a pesar de que estos delitos estén tipificados, tampoco hay garantía plena de que la denuncia prospere. Uno de los motivos es que las agresiones psicológicas -como las de las redes- tienen más difícil recorrido que las físicas porque la víctima debe poder acreditar que la intensidad, la duración y las consecuencias del acoso psicológico alteran "gravemente" su vida diaria. La abogada especialista en violencia machista Encarna López Manrique, que forma parte de la comisión de relaciones con la administración de justicia del Colegio de la Abogacía de Barcelona, asegura que las asociaciones profesionales se están formando para ganar "sensibilidad" y "conciencia con perspectiva de género" a la hora de interpretar las normas. La abogada dice que el sector -abogados, jueces, fiscales y fuerzas de seguridad- tienen el "deber" de seguirse formando para no dejar impunes situaciones de acoso que han sido "toleradas históricamente" como, por ejemplo, las palabras de desprecio y vejatorias hacia las mujeres. Se trata también de evitar la "victimización secundaria" que se produce cuando el profesional pone en duda el relato de la víctima. "A ningún hombre se le pone en entredicho si iba bebido cuando le roban el móvil, en cambio aún hay quiénes piden explicaciones a las mujeres: «¿Por qué entraste en tal red?»,«¿Por qué diste este cierto grado de intimidad?»".

Hace ya meses que Laura no responde ningún mensaje de su acosador, que creó hasta dos cuentas falsas de Instagram para seguir contactando con ella. El scroll de la conversación de WhatsApp ya hacía meses que era un monólogo de chantajes, amenazas y disculpas envenenadas. "Si pongo en el buscador palabras como guarra o puta seguro que encuentro más mensajes fuertes", explica Laura tras enviar algunas capturas de pantalla. Ese es, precisamente, una de los pocas ventajas que tiene la red cuando se vuelve cómplice de la violencia machista: que deja rastro.

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