Margarita Lara de Alba, que sobrevivió al tiroteo de la matanza de Tlatelolco.

REPORTAJE

México y mi familia, hace 50 años

La historia de la familia de la periodista Maritza García, marcada por una matanza y unas Olimpiadas

Margarita Lara de Alba, que sobrevivió al tiroteo de la matanza de Tlatelolco. / ARXIU

Hace cincuenta años mi abuela corría entre las balas junto a esa marea de estudiantes que eran perseguidos por los militares. Tlatelolco 68. Plaza de las Tres Culturas. Vivía en Tlatelolco en el edificio Guerrero y ese día también fue a la manifestación. Tendría unos 53 años, pero mi abuela, Margarita Lara de Alba, tenía el corazón y el cutis de una jovencita. Siempre decía que su generación era “muy retrograda”.   

Le encantaba rodearse de jóvenes y ese 2 de octubre estaba entre la multitud escuchando los discursos. No se lo hubiera perdido por nada, era una pregonera natural del movimiento estudiantil y sus demandas. Los quehaceres domésticos no eran lo suyo, si llegabas a visitarla nunca  tenía comida lista, pero si versos recién escritos por ella misma que regalaba con gusto, algún manifiesto comunista o una revista bíblica, porque eso sí, era muy católica. Fue una apasionada por las causas revolucionarias y se ponía furiosa con cualquier injusticia.

Una masacre inesperada

Aquel día de la masacre, iba con su sobrina, mi tía Jena. Las dos se sentaron en la orilla de las escalinatas de la plaza, quizá intuitivamente por si habría que salir corriendo. Junto a ellas, en  medio del borlote, un hombre que lleva puesto un guante blanco en la mano, cuyo significado aprenderían a descifrar con el tiempo. Se sabría que eran militares encubiertos del batallón Olimpia. Les llamó la atención que de pronto desapareció y al poco tiempo  lo volvieron a ver junto a más hombres que llevaban puesto también, un guante blanco en una mano. De pronto se lo toparon frente a ellas y le vieron disparar al suelo. La balacera había comenzado. ¡A correr! La gente enloquecida dispersándose. Mi abuela corrió y corrió con mi tía hasta llegar a una panadería del edificio Chihuahua. Ahí se escondieron entrando agachadas hasta situarse detrás del mostrador. Con los nervios mi abuela cogió una charola, tiró todo el pan y se la puso arriba de la cabeza como escudo. No sé de qué le iba a servir, pero ahí se quedó agazapada creyendo que estaría a salvo. Entraron los soldados y mi abuela con el pánico comenzó a gritarles histérica: ¡No disparen soy esposa de militar! ¡Soy esposa de Militar! Aunque llevaba años separada de mi abuelo, el General Navarro, en casi toda su documentación oficial constaba como su esposa, pero tenía que comprobarlo en ese instante si quería salvar su vida. Eso era harto complicado porque  la bolsa de mi abuelita era como el Archivo General de la Nación y más. Cuando la abría empezaba a sacar de todo: Un mazapán de hacía dos meses, los recibos de la luz sin pagar, la oración de San Judas Tadeo, escapularios, montón de recortes de periódicos antiguos, folletos de todas las causas, cartas que escribía a los presidentes de México -una costumbre que tenía- y hasta juguetes para entretener algún niño aburrido. “¡Por aquí debe de estar! …Por aquí..por aquí”. ¡Bingo! Mi abuela me contaba que le enseñó alguna credencial, me parece que era la del hospital militar donde tenía derecho a recibir el servicio médico. Los soldados no sólo las sacaron del sitio, sino que tuvo la suerte que las escoltaran hasta su casa con la advertencia que se encerraran y no volvieran a salir.

Al llegar a su apartamento estaba mi tía Talina, muerta de miedo  con mi prima Rosalinda de tres años que iban de visita por unos días. Horas antes, mi tía Talina había visto por la ventana un helicóptero dando vueltas que lanzaba  luces verdes y al asomarse y mirar hacia abajo, observó a hombres vestidos de civil con gabardina y guantes blancos perseguir a los estudiantes. Llovía. Bajó las escaleras rápidamente para buscar a mi tío  Pepe que aún era niño y estaría en la puerta del edificio. Lo cogió del brazo y subieron apresurados, cuando de pronto, entraron varios jóvenes huyendo de los militares, detrás de ellos los paramilitares vestidos de civil persiguiéndoles. Ella se encerró en el departamento, pero escuchó los gritos de  jóvenes que eran golpeados en la azotea. El ruido de la balacera, las ambulancias y el helicóptero no cesaron toda la noche.

Al poco rato llegó mi abuela. Les   contaría cómo se refugiaron en la panadería y los muertos  que había visto en el camino, pero fue hasta el amanecer que    supieron la dimensión de la tragedia. Casi 300 muertos que el gobierno nunca reconoció. Las noticias de gente cercana comenzaron a llegar.  Su vecina, quien la noche anterior había enviado a su hijo de 10 años por el pan, no tardaría en saber que su niño había sido alcanzado por las balas. La mujer casi enloqueció y se fue de Tlatelolco. Mi abuela jamás volvió a saber de ella. Días después, regresaron los militares  a su casa, como a tantas más de Tlatelolco. Iban buscando estudiantes para llevárselos, pero mi abuela tenía el don de la oratoria y la persuasión, contaba historias con vehemencia y mucha teatralidad, con un decibel tan alto, que de niña me daba vergüenza en público, pero después era una gozada  escucharla porque te atacabas de la risa. ¡Shshs! y no le podías pedir que le bajara el volumen porque le metía más enjundia. Así que, con ese ímpetu, les echó a los soldados una verborrea tremenda, versos y discursos libertarios que memorizaba enteros y que en la narrativa del siglo XIX parecían inofensivos y muy patrióticos.  Varios de Benito Juárez, su personaje favorito, de quien guardaba una carta de puño y letra, encomendándole en 1865 a su tío abuelo Pedro J. Méndez, el destino de la patria para echar a los franceses del suelo mexicano. Terminaba con lágrimas en los ojos y algo de melodrama: “ Mi tío Pedro J. Méndez cayó herido… en el suelo se desangraba, pero  antes de morir escuchó los clarines de la victoria”. Los soldaditos convencidos o aburridos se largaron. Logró despistarlos. Si hubieran hurgado, habrían encontrado la literatura subversiva de mi abuela y mi madre, las únicas rojillas de la familia. A los pocos días, mis padres regresaban de su luna de miel,  conmocionados por lo que les narró mi abuela y sus compañeros de la UNAM -la universidad donde surgieron los líderes estudiantiles-,  guardaron la masacre en ese rincón del alma que jamás olvida.

Los Juegos

Diez días después: 12 de octubre de 1968. Las olimpiadas habían comenzado. Las primeras que se celebraban en Latinoamérica. Mi padre, Humberto García Garnica, fue de los deportistas seleccionados para acompañar el fuego olímpico. Un año antes había ganado el Mr. México, así que, en representación de los fisicoculturistas, se apretó bien las agujetas de sus deportivas, sacó músculo  y corrió el primer tramo del relevo que salió desde avenida Insurgentes al norte de la Ciudad de México. El fuego lo llevaba también por dentro: Emocionado, escuchaba los aplausos de la multitud y el revuelo de los periodistas que narraban la hazaña a todo el mundo. La de una juventud que a pesar de haber sido humillada y masacrada días antes, mostraba su fuerza vital. Mi padre cedió el relevo y  el último tramo le tocaba a la atleta Enriqueta Basilio, la primera mujer en encender el pebetero en unas olimpiadas. Mientras tanto, mi madre esperaba dentro del estadio olímpico, junto con los miles de espectadores que se dieron cita el día de la inauguración. Aún no sabía que me llevaba en el vientre, tampoco sabía que aquellas olimpiadas pasarían a la historia por sus luchas reivindicativas y las marcas mundiales que se ahí se rompieron. Sólo la certeza de ver  a la multitud estremecerse cuando aquella joven entró corriendo con esa espectacular gallardía. Antorcha en mano, Basilio saludó a los cuatro puntos cardinales y encendió el fuego. Fue la locura. Tanto como cuando Felipe Muñóz daba a México su primera medalla de oro en nado pecho, venciendo al ruso Vladimir Kosinski.

Paradójicamente, el mismo gobierno que había asesinado a sus jóvenes, ahora requería de ellos para alcanzar la gloria y, en medio de los sentimientos de júbilo y dolor que vivía el país, mi abuela, a quien el deporte le importaba un cacahuate, vibró de emoción   cuando Tommie Smith y John Carlos al ganar los 200 metros planos levantaron el puño. Esta vez, mi abuela no vio un guante blanco, señal del brazo represor del gobierno de Díaz Ordaz. Sino un guante negro. El símbolo del Black Power en protesta contra el racismo en Estados Unidos.

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