CRÓNICA

"No puedo ir a la Terra Alta, pero para viajar a Londres la cosa cambia"

Papeleo y cuarentenas imposibles: coger un avión en tiempos de covid

A la larga lista de prohibiciones que definen la nueva normalidad se ha sumado un concepto que a los que vivimos en Barcelona pero somos otros lugares de Catalunya nos cayó encima como una losa: confinamiento municipal. Parece que cuando se supere el municipal, de aquí a no mucho, pasará a ser comarcal, pero me sirve de poco: para llegar desde la capital hasta la Terra Alta, donde tengo mis raíces, tengo que atravesar unas cuantas comarcas.

Por lo tanto, ¿no me puedo mover de Barcelona durante estas largas semanas? Para ir a casa los fines de semana, no. Pero por motivos familiares necesito ir también a Londres, y aquí la cosa ya cambia.

Con la facilidad que caracterizaba el proceso antes de que la pandemia nos trastocara la vida, busco vuelos para el fin de semana que me interesa (me voy el jueves y vuelvo el domingo) y los compro sin ningún obstáculo. La misma compañía aérea me avisa, una vez pagados los billetes, que para viajar al Reino Unido desde territorio español tengo que rellenar obligatoriamente un formulario sin el cual me arriesgo a tener que pagar una multa (de entre unos 115 euros por la primera infracción y unos 3.500 si soy reincidente) y a volver a mi país (pagando yo el billete, of course) sin haber salido del aeropuerto británico.

Después de responder incansablemente a preguntas y más preguntas sin ofrecer resistencia (no solo me piden más datos personales de los que sabía que tenía, sino que el gobierno de Boris Johnson quiere saber, entre otras cosas, en qué países he estado en los últimos 15 días, con quiénes conviviré y dónde estaré mientras esté en el Reino Unido), llegamos a los puntos clave.

¿Estás exenta de hacer cuarentena?, me pregunta el formulario. Y yo, sincera: no. ¿Dónde harás la cuarentena los primeros 14 días de estancia en el Reino Unido? Y yo, inquieta: ¿14? Pero si ya te he dicho que solo estaré tres... Y ahora, ¿qué? Preocupada porque el sentido común indica que si tengo que hacer una cuarentena obligatoria de dos semanas quiere decir que no puedo ir solo por pocos días, interrumpo el proceso y busco información. Y resulta que sí que puedo ir, pero con una condición: no me puedo mover de la dirección donde he dicho que estaré aquellos días... excepto si tengo que ir al aeropuerto para volver a mi país, un trayecto que, además, puedo hacer en transporte público. Ilógico, ¿no?

Con la paciencia que no me caracteriza, retomo el formulario (donde también indicaré qué asiento tengo asignado en el avión para que me puedan avisar si algún compañero de viaje da positivo próximamente), lo envío y se genera un código QR que me aseguran que tendré que enseñar cuando llegue a Londres. Espóiler: no me lo pedirá nadie.

PCR por Navidad, caos y ley de la jungla

Ahora sí, empieza el viaje. En el aeropuerto de El Prat me hacen enseñar la tarjeta de embarque justo antes de entrar: solo dejan pasar a las personas que tengan que volar, nada de acompañantes. Entro, evidentemente, con la mascarilla obligatoria que no tengo intención de quitarme hasta que llegue al piso donde estaré en Londres.

En 10 minutos de reloj he pasado el control de seguridad y el de pasaporte: el aeropuerto está prácticamente vacío. El avión, en cambio, irá lleno: lo sospecho cuando estamos embarcando y lo confirmo cuando veo que me toca sentarme entre un hombre y una mujer británicos, que también viajan solos, y rodeada por tres personas más en la fila de delante y tres más en la fila de atrás.

Con los compañeros de viaje intercambiamos un saludo breve y una mirada con que nos queremos tranquilizar los unos a los otros: somos responsables, no cuestionamos la importancia de la mascarilla y no sufras, no tengo ningún síntoma.

Me siento y me dispongo a pasar las siguientes casi dos horas sin moverme mucho e intentando no tocar lo que no sea necesario (excepto el asiento del delante con las rodillas, pero eso ya se sabe).

Poco después de despegar, veo a las dos azafatas que me han dado la bienvenida y gel hidroalcohólico cuando he entrado en el avión empujando un carrito por el pasillo y regalando una bolsa de patatas y una de galletas a cada pasajero.

Cuando llega nuestro turno, los tres aceptamos el obsequio y yo me lo guardo a la bolsa. No hacen el mismo mis acompañantes: parece que la flema que los presuponía desaparece ante la idea del aperitivo. De golpe me doy cuenta de que todo el mundo quien me rodea (desde donde estoy controlo con precisión tres filas con seis asientos cada una, es decir, 17 personas además de mí) se ha quitado la mascarilla , y lo único que veo son bocas que se abren y se cierran a cámara lenta y lo único que oigo es lo cric-cric de la comida cediendo a las mandíbulas. Y, ahora sí, me siento como un rey al que le han hecho jaque 17 piezas a la vez. Con la mirada los interrogo para saber si no les da miedo el riesgo de contagio. “¡Patatas!”, me contestan unos ojos. “¡Galletas!”, me responden los otros.

Sin más sobresaltos, aterrizamos plácidamente, salgo con muchas ganas del avión y, sin que nadie me pida ningún formulario, entro en el metro, donde las primeras personas que me encuentro sin mascarilla me recuerdan que aquí la gente no la lleva, ni mucho menos, tanto como en nuestro país.

Tres días después desandaré el camino para volver. Ahora también tendré que rellenar un formulario del gobierno de España, pero más sencillo que el británico porque no estoy obligada a hacer cuarentena. Y, en cambio, este sí que me lo pedirán cuando aterrice en El Prat.

Ahora las cosas han cambiado un poco: desde el 23 de noviembre el gobierno español exige, también, una PCR negativa hecha en las 72 horas previas al aterrizaje.

Así, desde ahora y hasta Navidad puedo volver a Londres tantas veces como quiera, pero veo difícil poder coger un coche y llegar a mi pueblo. En parte por las restricciones y, sobre todo, por un pánico compartido con amigos y conocidos de llevar el virus a una zona con una población muy envejecida donde podría ser letal. Y, honestamente, esto hace más fácil tener que esperar hasta Navidad para abrazar a mis padres.

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