Fuera de Foco

“No hay autocrítica como país y eso dificulta que la sociedad se vea a sí misma como racista”

Laura Rosel entrevista a Tania Adam, fundadora de RadioAfrica Magazine

TEXTO: LAURA ROSEL / FOTOS: FRANCESC MELCION

A Tania Adam el hecho de ser mujer y negra le ha supuesto tener menos oportunidades que otras personas. Menos oportunidades que alguien como yo, que soy mujer y blanca. Hace años que nos conocemos, pero es ahora que hemos superado la barrera invisible de la discreción mutua, que sé quién es Tania Adam. Una vez aceptada la entrevista con ARA (dedica un tiempo a pensárselo) quedamos en diferentes días para prepararla. Hablamos durante horas, reímos, me hace salir de la comodidad innata que tenemos los blancos nacidos en Cataluña, me envía textos que ha publicado, me descubre a autores a los que admira, me enlaza con los referentes que la motivan. Me explica su vida, los traslados con la familia a Lisboa y a Madrid, la insatisfacción constante y la progresiva investigación del sentido de su trabajo.

Tiene una trayectoria que ella describe como una serie de cambios abruptos: estudió ingeniería técnica aeronáutica y administración y dirección de empresas, trabajó de modelo y de camarera, lo dejó todo atrás en Madrid para empezar de nuevo en Barcelona, se dejó llevar por la pasión por la música y el enamoramiento por Sant Jordi, organizó eventos y festivales, trabajó para ONGs, quedó decepcionada muchas veces y siguió buscando siempre espacios para aportar valor a la sociedad y recibir a cambio alguna recompensa intelectual. Yo creo que su trayectoria es el resultado de una personalidad inquieta, autodidacta, perfeccionista y muy reflexiva. Dice que vivimos rodeados de diversidad pero que rechazamos la diferencia, y ella quiere luchar por cambiarlo. Tiene una idea romántica: transformar la sociedad desde la cultura. Confía ciegamente en el poder de la cultura, entendida como un espacio ilimitado desde el que experimentar, crecer, romper formas preconcebidas, exponer la variedad de formas de ser y estar.

Lleno un montón de páginas de la libreta mientras ella habla, se detiene para reflexionar, va y viene, se hace preguntas y admite dudas. “Eso lo tengo que pensar mejor”, repite. Me doy cuenta de que hemos dado por sabidos algunos conceptos que tenemos mal entendidos, como la integración. Cuando un extranjero habla catalán, ¿está integrado? ¿Lo está tras veinte años trabajando aquí? ¿Dónde empieza y dónde acaba la integración? Tania hace quince años que vive y trabaja en Barcelona, habla catalán y sus hijos han nacido aquí, pero ni se considera catalana ni tiene ningún interés en formar parte de una sociedad que no la tiene en cuenta. Me pregunta qué quiere decir ser catalán y no tengo respuesta. Lleva tiempo reflexionando y perfilando el sentido de todos estos conceptos: acogida, integración, pertenencia, desarraigo. Defiende la integración entendida como una negociación, como el esfuerzo por reducir al mínimo el choque cultural, y no el intento de homogeneizar a los colectivos recién llegados. Las migraciones son irreversibles e imparables, ella es un ejemplo.

Tania está convencida de que este es el siglo de los pueblos en movimiento y que las políticas identitarias son peligrosas. Por eso reivindica que la nueva población catalana debe estar representada, no reflejada. Eso pasa por cuestionar la hegemonía y visibilizar las minorías. Nos despedimos siempre con un abrazo y dos besos. Ella se marcha arrastrando pensamientos, ideas que quiere perfilar mejor y un inconformismo constante. La admiro. Yo me voy cuestionándome qué soy, cómo es la sociedad en la que vivo, qué barreras y cuántos estereotipos he ayudado a consolidar. Ella no lo sabe, pero creo que es filósofa.

Naciste en Maputo, creciste entre Lisboa y Madrid, y desde hace quince años vives en Barcelona. ¿Si te pregunto de dónde eres, qué me respondes?

Soy de Maputo. De orígenes, raíces y sentimiento soy mozambiqueña, pero cuando voy a Maputo es muy evidente que no soy de allí. Aquí surge el conflicto: no soy ni de allí ni de aquí, ni de ninguna parte.

¿Eres una inmigrante?

Lo soy porque quiero serlo. Hay personas que consideran que la categoría de inmigrante es negativa y solo la aplican a las clases sociales bajas. Cuando se refieren a inmigrantes de clases medias o altas, hablan de extranjeros. Para mí, el debate es en qué momento se considera que alguien deja de ser inmigrante o si, contrariamente, siempre lo es. Por eso me gusta decir que soy de la diáspora.

¿Qué es la diáspora?

La diáspora la hacen aquellas personas que han nacido en un lugar pero que viven en otro con la idea de establecerse y de construir un hogar. Yo soy de la diáspora africana en Barcelona. Estoy buscando mi lugar y a veces pienso que lo he encontrado porque me gusta mucho esta ciudad, me siento muy cómoda, tengo trabajo y mis hijos han nacido aquí, pero el sentimiento de pertenencia siempre es complicado. El hecho de que alguien quiera pertenecer a un lugar no implica que automáticamente lo consiga. Tiene que haber una negociación, y si en esta negociación se imponen los discursos basados en el nosotros y los otros, las oportunidades de pertenencia se reducen.

“Estoy buscando mi lugar y a veces pienso que lo he encontrado en Barcelona, porque me gusta mucho esta ciudad, me siento muy cómoda, tengo trabajo y mis hijos han nacido aquí. Pero no me siento catalana. Me gusta decir que soy de la diáspora y la diáspora no se acaba nunca”

¿Estos ‘otros’ quiénes son? ¿Cuál es la diferencia con el ‘nosotros’?

Tiene mucho que ver con la idea de ser de aquí que los partidos políticos de derecha y de extrema derecha utilizan tanto. De alguna manera, es patente la idea de nosotros asociada a los occidentales, que tendrían más conocimientos y formarían parte de una sociedad privilegiada, mientras que la de los otros se asocia a colectivos inferiores que vienen aquí porque necesitan trabajo y que incluso pueden comer nuestro pan. Estos discursos son muy peligrosos, porque la categoría nosotros es tan diversa como la de los otros. Motivos para la migración hay muchos, no uno solo. Todo el mundo tiene derecho a desplazarse, es un derecho humano. Todos somos libres de movernos y es cosa nuestra superar las fronteras de cada espacio, también las mentales. Cuando llegas a un lugar nuevo tienes que superar muchas fronteras, no solo las físicas.

En tu caso, ¿el hecho de sentirte diferente ha sido negativo?

¡En absoluto! Creo que todos somos diferentes, pero si te refieres a la diferencia por mi negritud o por el hecho de ser africana, no me ha causado problemas. De pequeña, cuando vivía en Madrid, nunca me condicionó porque no tenía conciencia de lo que suponía ser negra. Además, en aquel momento la gente me veía como afroamericana, no como africana, y esto —aunque no lo parezca— me dio ventajas. Los afroamericanos están asociados al Primer Mundo, pertenecen al sistema de los occidentales. En cambio, los estereotipos que afectan a los africanos los sitúan en el Tercer Mundo y, por lo tanto, en un plano muy diferente. Actualmente mi trabajo consiste en intentar subvertir toda la carga negativa que puede implicar el hecho de ser diferente.

¿Te has sentido parte del ‘nosotros’?

El hecho es que no hace falta que alguien te señale con el dedo para que te recuerden que eres de los otros, es más sutil: en el momento en que no tienes las mismas oportunidades que los autóctonos, ya te están recordando que tú no eres de aquí. Y yo no he tenido las mismas oportunidades, pero no culpo a nadie. Mi trayectoria profesional es compleja, he hecho una apuesta personal por encontrar un espacio que no es convencional, y he encontrado muchas trabas de todo tipo.

¿Qué potencialidades tiene la cultura?

Todas. Para mí la cultura es un espacio de crecimiento para crear subjetividades libres, y es donde está el potencial auténtico. Me interesan especialmente la fotografía y la música porque creo que son los espacios más democráticos para subvertir, transformar y aportar. La cultura es fundamental para subvertir los estereotipos. Es cierto que es un proceso lento, hace falta compromiso, y quizá ni yo ni mis hijos lo veremos, pero tengo claro que la cultura crece cuando deja de ser una programación cerrada y entra en un escenario de prueba y error. El objetivo de las instituciones culturales debe ser la transformación, crear ciudadanía, aportar pensamiento, pero no llenar el aforo. Desgraciadamente, la cultura se está utilizando muy mal en este país y se está obviando todo el potencial que tiene. Las instituciones culturales se limitan, por una parte, a convertirla en un instrumento para reforzar una hegemonía y, por la otra, a asimilarla con el ocio o el entretenimiento. Barcelona tiene un gran potencial como ciudad, pero lo estamos desaprovechando. Lo tenemos que hacer conjuntamente todos los que vivimos en este territorio, no solo unos.

“No hace falta que alguien te señale con el dedo para que te recuerden que eres de los otros, es más sutil: en el momento en que no tienes las mismas oportunidades que los autóctonos ya te están recordando que tú no eres de aquí. Y yo no he tenido las mismas oportunidades, pero no culpo a nadie”

Cuando hablas de hegemonía, ¿a qué te refieres?

Es una idea relacionada con el concepto del Estado nación. Hasta ahora se ha intentado que la ciudadanía que pertenece a este territorio fuera homogénea, sobre todo basándose en la cultura. Se han creado culturas desde las instituciones pensando que existe un lugar donde los barceloneses son todos iguales, los catalanes son todos iguales y los españoles son todos iguales. Eso no es verdad, porque existe una pluralidad que necesita una respuesta, y es allí se dan las pugnas de poder. El poder de quién determina cuál es la hegemonía del territorio. Hasta ahora esto era así y no pasaba nada. Pero el mundo se está moviendo y, como apunta el profesor Mbuyi Kabunda Badi, hemos entrado en “la era de las migraciones”. En el territorio asociado a un Estado nación han entrado bagajes culturales diferentes, muchas maneras de entender el mundo, diferentes maneras de vivir que hacen que la hegemonía que se perpetuaba y que la ciudadanía aceptaba empiece a dejar de funcionar. Las minorías también quieren sentirse representadas. La hegemonía no se lo permite, les impone un techo de cristal y procura continuar haciendo cultura como si la sociedad fuera la misma. La sociedad está cambiando y es importante pensar cómo podemos crear un espacio de cultura en el que todos podamos participar. La hegemonía la tenemos que crear entre todos.

Por lo tanto, todo va más allá del racismo.

En el fondo todo tiene mucho que ver con el constructo de lo que es Occidente. No es solo un espacio físico como pueden ser África, Asia o América. Occidente es una idea, un concepto que abarca el mundo desarrollado, donde hay las epistemologías, la filosofía y el pensamiento. Por primera vez esto se empieza a cuestionar porque las poblaciones que hasta ahora no tenían voz poco a poco están avanzando. Es la emancipación de los subalternos: las personas del sur, las mujeres, los pobres. Empezamos a tener herramientas de representación para lanzar un grito que no se había oído nunca. En este proceso hay diferentes formas de opresión, y una de ellas es el racismo.

¿Los catalanes son racistas?

No me atrevería a decirlo así. Hay una manera de hacer tan inherente a esta superioridad occidental que acaba teniendo derivadas racistas. Por ejemplo, aunque España ha sido uno de los países que ha comerciado más con esclavos, en las escuelas esto no se estudia. Los libros de texto dibujan a Cristóbal Colón como un salvador y a los indios como unos héroes. No hay conciencia del daño que España ha hecho en su afán colonizador. No hay autocrítica como país, y esto dificulta que la sociedad se vea a sí misma como racista. Forma parte de la manera de ser, de las instituciones, de los imaginarios que se han creado en referencia a los demás.

¿La sociedad en la que vives te tiene en cuenta?

[Silencio largo.] No. Soy yo quien tiene que ir a buscar los espacios. Hay unas élites, unos círculos de poder que se protegen entre sí y no dejan entrar a los demás. Pero esto me pasa a mí como negra y le pasa al vecino que vive en Cornellà de Llobregat, o a aquel que vive en Ripollet o en Nou Barris, porque no es una cuestión de raza, sino de clase.

¿Crees en las políticas de integración, o quizá nos hayamos equivocado a la hora de plantearlas?

Sí que nos hemos equivocado, porque en realidad estamos hablando de asimilacionismo: se exige a la gente que viene de fuera que sea como los autóctonos, y esto a menudo es imposible porque el choque cultural es demasiado fuerte. ¡Y no tiene nada que ver con la lengua! El catalán, en este caso, solo es un paso. El hecho de que yo lo hable no implica que esté asimilando ciertos patrones de la cultura catalana, porque, aunque los respeto, no puedo hacerlo, no forman parte de mí. Yo soy otra cosa y me gusta que sea así. No puedo reproducir unas maneras de hacer cultura que no siento porque incluso las encuentro anacrónicas. Hay una teoría que comparto: el hecho de pensar un Estado nación con las fronteras cerradas y con la población homogénea es anacrónico. Es tan sencillo como que hay que respetar a cada uno como es.

Cuando dices que aspiras a transformar la sociedad desde la cultura, me suena a utopía.

[Se ríe.] ¡Claro que lo es, mujer! Pero todas las transformaciones son utópicas, ¿no? Y la transformación es el espacio previo a la revolución. Insisto: se tiene que poner el pensamiento en la esfera pública, o al menos se tiene que intentar. Hay que empoderar a la gente para que pueda dialogar y transformar. El último proyecto que he hecho se titula Microhistorias de la diáspora (La Virreina Centre de la Imatge) y buscaba hablar solo con mujeres (escritoras, teóricas, artistas...) que hayan tomado conciencia de su diferencia. Es decir, mujeres que, a pesar de formar parte de un territorio, la ciudadanía y las instituciones de este territorio no las están escuchando porque tienen unos discursos muy alejados de los hegemónicos, y los consideran marginales. ¡Pero son muy interesantes! Pueden aportar muchas cosas a la sociedad y gracias a este proyecto las hemos encontrado y hemos empezado a hablar.

La cultura es un espacio de crecimiento para crear subjetividades libres y transformar y subvertir los estereotipos. El objetivo de las instituciones culturales debe ser la transformación y el pensamiento, no llenar el aforo

¿Crees que se sienten interpelados todos los que viven aquí?

La sociedad se está amodorrando. Debemos tener espacios, porque si no habrá gente frustrada y esto no nos lo podemos permitir. La frustración combinada con las nuevas tecnologías es una bomba. Quizá sea demasiado fatalista, pero si quieres transformar tienes que ir al espacio más radical y conseguir que se entienda que todo eso va en serio. No se puede seguir tratando con paternalismo a las personas que se instalan a vivir aquí procedentes de otro país. Esta gente ha tenido hijos, y los hijos son catalanes y no se sienten parte de esta sociedad. ¿Cómo lo gestionamos esto? Yo soy de fuera y en cierta manera lo tengo asimilado, pero mis hijos son catalanes y hay que darles un espacio. Sin enfocar las políticas identitarias, tenemos que hacer que todos podamos tener un espacio de diálogo. Quizá sí sea utópico, ¿no?

La diáspora, ¿cuándo se acaba?

Nunca. Tengo la voluntad de volver, pero no sé adónde volver. También tengo la voluntad de crear mi hogar y pertenecer a ese espacio, pero no me llegan todas las oportunidades. Me gusta sentirme de la diáspora. Es una especie de limbo que me resulta muy rico para pensar, entender, absorber, aportar. No quiero salir de él. Por lo tanto, para mí la diáspora no se acaba.

La entrevista sí que se acabará.

[Ríe mucho.] 

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