MEMORIA HISTÓRICA

Rafael Latorre, el general antifranquista de Franco

Jaume Claret revela la corrupción de la dictadura a través de los escritos que dejó un militar

“Para entender la sociedad contemporánea actual, está muy bien estudiar el exilio y la represión, sin embargo, no nos engañemos, de quienes hemos bebido más y los que tuvieron 40 años para perpetuarse son los franquistas”, dice el profesor de Historia de la UOC, Jaume Claret. Y la mejor forma de conocer el poder franquista es desde dentro. Claret ha tenido la oportunidad de hacerlo gracias a los manuscritos que dejó el general Rafael Latorre (Zaragoza, 1880-1968), que detalla y analiza en el libro Ganar la guerra. Perder la paz. Memorias del general Latorre Roca (Crítica). “Cedió todos sus papeles a su tercera mujer y, cuando murió, los dos sobrinos me dejaron entrar en su casa, en Oviedo, y llevarme los papeles. Latorre era un grafómano, lo escribía todo”, dice Claret.

Latorre no se mordía la lengua, pero debió saber bien qué hacía porque tan solo en una ocasión le llamaron la atención. Fue porque uno de sus escritos se publicó en una revista antifranquista de Nueva York. Le llamó Pacón (Francisco Franco Salgado-Araujo, el primo del dictador) y le dijo que fuera con cuidado. El general con obsesión para documentarlo todo era bastante crítico con los generales que no tenían preparación. Latorre era un militar de carrera, con estudios de artillería y que había obtenido algunos premios que le habían permitido viajar al extranjero. “Consideraba que no se merecían los ascensos, los tenía como inútiles, porque habían enviado a muchos soldados a morir, sin que les importara utilizarlos como carne de cañón, y se llenaban los bolsillos”, dice Claret. Del general Mola decía que era un hombre de horizontes limitados y soberbio. Condenaba la falta de cultura y las ilimitadas ambiciones de José María Pemán. Se atrevió a ser crítico con Franco destacando algunos de sus terribles errores estratégicos o sus pocas capacidades, que hacían que se tuviera que rodear de personas a las que podía dominar fácilmente.

Latorre concreta muchos casos de corrupción, sobre todo referentes a la familia del dictador o a los generales africanistas. Detalla cómo estos últimos utilizaban los coches oficiales para hacer contrabando y cómo sus mujeres hacían lo mismo con los cupones de gasolina. Se organizaban puestas de largo en la capitanía que pagaba la misma capitanía y, además, el resto de capitanías pagaban los regalos con el dinero público.

Latorre describe una corrupción sistemática que ocupa decenas de páginas de sus escritos. “El arte de vivir eludiendo austeridades y asperezas no se ha practicado nunca con más devoción que hoy”, escribe. Y señala directamente al hermano del dictador, Nicolás Franco, presidente, vicepresidente y consejero de una infinidad de empresas. El yerno del dictador, “el pompón marqués de Villaverdre”, representante de varias empresas extranjeras que tenían una íntima relación con los servicios públicos estatales, también sale bastante maltrecho: “Y no digamos nada de sus espléndidas y lucrativas incursiones por el extranjero que el suegro le proporciona, incluidas las de su hija Carmencita, que tampoco se pierde con facilidad, ya que es una buena hormiguita”.

Muchos se enriquecieron bastante a lo largo de aquellos años. “Franco permitía aquella corrupción porque era una forma de tener cautivos a los generales”, dice Claret. Además, muchos acabaron vinculando el mantenimiento de sus intereses particulares a la supervivencia del franquismo y de su líder. “A menudo nos olvidamos de hablar de la dinámica de los vencedores. Detrás de cada sanción había alguien que se beneficiaba de ella —cuenta Claret—. Si te cogían la cátedra, el trabajo, el coche o las tierras, alguien más se lo quedaba y, por lo tanto, le interesaba que el régimen continuara. Un régimen totalitario solo puede durar tanto tiempo si hay cierto consenso social”.

¿Somos herederos de aquella corrupción sistemática? Claret cree que el peso que tuvieron los hombres poderosos del franquismo es muy importante. “No somos franquistas, pero seguramente acabaron teniendo mucho más peso Samaranch o Mateu [Miquel Mateu, alcalde de Barcelona durante la posguerra y presidente de la Caixa de Pensions hasta 1972] que otras personas que estaban en el exilio o en la oposición”. Todo ello dejó un poso importante: “El franquismo entendía el Estado como un botín de guerra que se debía repartir, y esta patrimonialización de lo que es público es una de sus malas herencias”, reflexiona Claret.

Algunos de los comentarios que hace Latorre en sus escritos son muy ácidos. Escribe que, si casi todo el mundo estaba en prisión, es que en algo se había equivocado Franco. Fustiga verbalmente a la Falange: “Eran, pertenecían y siguen perteneciendo al partido de los enchufistas actuales, de los que cobarde y vilmente se dedicaban a hacer tragar por la fuerza a sus víctimas el aceite de ricino, a cortarles el pelo. Eso cuando todo no iba a más y paseaban a las víctimas”. Sin embargo, Latorre había participado en el golpe de Estado. Dirigió a los hombres que tomaron Bilbao y San Sebastián y fue gobernador de Asturias y de Teruel. Cuando fue demasiado mayor para continuar como militar activo le dieron cargos: fue presidente de la Confederación Hidrográfica del Duero y consejero del Banco de España. En casa tenía libros clandestinos. “Dentro del franquismo también había disidencias”, concluye Claret.

Latorre no tuvo problemas, pero no llegó a ser ministro. Documentó muchas conversaciones (conocía a muchísimas personas importantes) con cuidado. ¿Cuál era su objetivo? No lo sabemos, pero haber localizado sus manuscritos ha permitido a Claret hacer una interesante inmersión en las interioridades y vergüenzas del franquismo.

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