Historia de una fotografía rescatada de los campos nazis

Francisco González-Cuadrado fue deportado a Mauthausen y Dachau. Los nazis le requisaron fotografías

El pasado y el testimonio de muchos deportados españoles se han ido borrando. Nombres perdidos entre los papeles de los archivos y lápidas medio escondidas con historias que quizás nunca sabremos. Sin embargo, a veces alguien decide seguir una pista y, de repente, estos hombres y mujeres vuelven. Es el caso de Francisco González-Cuadrado, que fue detenido por los nazis en Besançon el 22 de junio de 1940, pasó unos meses en dos campos de prisioneros de guerra, con más de un millón y medio de soldados franceses y, como Franco no quiso saber nada de los republicanos, fue deportado a Mauthausen en enero de 1941 con 7.532 españoles más -4.435 de ellos no pudieron salir nunca más-. Un año después lo trasladaron a Dachau, campo que no abandonó hasta mayo de 1945. Cuando los nazis lo arrestaron llevaba entre sus pocas pertenencias un sobre con tres fotografías. Los hombres de Hitler, que lo documentaban todo escrupulosamente y lo guardaban, se las quedaron junto con sus calcetines, sus camisas y su gorra, porque una vez se cruzaban las alambradas del campo, sólo se tenía derecho a un traje de rayas.

Durante casi 80 años las tres fotografías han estado en Arolsen Archives, un archivo alemán que acumula más de 30 millones de documentos sobre la persecución nazi. Entre las instantáneas en blanco y negro de este deportado español, perfectamente conservadas, había una niña de 6 o 7 años fotografiada en un estudio. ¿Quién era aquella niña? ¿Consiguió sobrevivir durante cinco años en el infierno nazi González-Cuadrado? ¿Por qué no se quiso desprender de esos recuerdos? Todas estas preguntas se las hizo el historiador Antonio Muñoz, que desde hace más de ocho meses busca a los herederos de más de 80 deportados españoles que tuvieron que dejarlo todo atrás. Ninguna institución se ha interesado nunca por todos aquellos objetos guardados en Arolsen Archives. De momento, este investigador del programa 'Beatriu de Pinós' de la universidad Rovira i Virgili y algunos aliados que ha ido encontrando en su búsqueda han podido contactar con veinte herederos de republicanos que terminaron en aquellos agujeros negros y dantescos ideados por los nazis.

La niña con trenzas de la fotografía, que mira con una media sonrisa a la cámara y lleva unas alpargatas blancas que no le solían durar ni un mes, es la hija de Francisco González-Cuadrado. La fotografía se la hicieron en un estudio de Sallent y aquella niña era y sigue siendo una persona de espíritu intrépido y muy vital. Se llama Paquita Jourda, está casada con un militar francés retirado y el 30 de julio pudo recibir por mensajería las tres fotografías que se guardaban desde hacía décadas en Alemania. "Es como si todo volviera", explica mientras conduce el coche por una carretera de Font Romeu, donde vive y donde sus padres se instalaron después de la Segunda Guerra Mundial. No entiende como su padre, al que no pudo conocer hasta que tuvo diez años, consiguió aquella fotografía. Él y su madre se despidieron durante la Guerra Civil y no se pudieron ver hasta 1945.

Ni Francisco ni su mujer, Teresa, quisieron volver nunca a España. Paquita tiene una hija y dos nietos. "Todos son muy franceses, pero a uno de mis nietos le interesa mucho todo lo que nos pasó, él seguramente guardará todo esto", explica. Muñoz cuando comenzó a buscar sólo tenía el nombre de Francisco y algunos datos incorrectos, como que su lugar de nacimiento estaba cerca de Ulldecona, donde hay un pueblo que se llama Miliana. Pero la Miliana donde nació este deportado español era otra que se encuentra en el norte de Argelia. Investigando, Muñoz descubrió que Francisco trabajaba en las minas de potasio en Argelia y continuó trabajando de minero en Sallent. Fue allí, en el pueblo de Cabrianes, donde conoció a Teresa. Muñoz empezó a hacer llamadas y, como Cabrianes es un pueblo pequeño, pudo hablar con una sobrina de Paquita. Y, a partir de ahí, hemos podido reconstruir su historia.

Paquita explica que durante la Guerra Civil su padre no combatió nunca en primera línea, porque era conductor de camiones y se dedicaba al avituallamiento. Durante la retirada llegó hasta Llívia con el camión, que abandonó antes de pasar la frontera. No sabemos si estuvo en algunos de los campos donde cerraron a cientos de miles de republicanos españoles, pero el 21 de julio de 1939 pasó a formar parte de la 9ª Compañía de Batallones de Trabajadores Extranjeros. El 29 de julio de 1939 escribió un carta a su mujer: "Espero que estés en buen estado de salud, la mía es buena. Teresa, salí el día 21 en una compañía de trabajadores. Estoy a unos 21 kilómetros de Lyon. Nos hemos podido sacar de encima la maldita miseria. Trabajaremos en los Alpes. Nos han dado ropa, dos mudas y zapatos y comemos mejor y con más abundancia. Te he escrito pronto porque estoy ansioso por recibir noticias tuyas ". Francisco pudo escribir también desde el campo de prisioneros de guerra. Siempre decía que su salud era buena.

Teresa se casó cuando tenía 15 años y, tres años después, en 1936, nació Paquita. "¿Si estaban enamorados? Y tanto -dice Paquita-. Para mi madre, papá era como un dios". Teresa siguió a su marido. "Cuando ganaron los franquistas a la madre la echaron de la fábrica, la Guardia Civil la llamó y le dijeron que podía irse a la frontera o ingresar en prisión. Ella y una amiga se fueron a pie esa misma noche. Hicieron un viaje por etapas y cruzaron solas la frontera. Había que tener valor para hacer algo así ", explica Paquita. Aquel 1939, Paquita tenía tan sólo dos años y se quedó con los abuelos en Cabrianes. Teresa consiguió llegar a Francia y comenzó a trabajar de lo que podía mientras esperaba al marido. Estuvo en Bolquera, Eina ..., allí donde le ofrecían un plato y un techo.

No fue hasta 1946, cuando Paquita tenía 10 años, que volvió a ver a sus padres. En febrero de ese año, el abuelo de Paquita la llevó en autobús hasta el Coll de Nargó: "Allí me dejó con un hombre que se dedicaba al contrabando de tabaco, para que me pasara. Me daba un poco de miedo, pero ¿qué hacer? El abuelo me dio un beso y un abrazo, nunca me había abrazado antes -explica emocionada-. Cruzamos la montaña a pie, recuerdo que bebí agua de la nieve porque tenía mucha sed, aquel hombre no tenía agua, y se me hinchó mucho el cuello". En Andorra la Vella le esperaba su padre, era la primera vez que lo veía. "Un camión de correos nos subió hasta arriba de la Valira y luego fuimos a pie hasta la Ospitalet (Francia). Había mucha nieve, todo era blanco y la niebla no nos dejaba ver nada".

De su experiencia en los campos nazis el padre prácticamente no le contaba nada, pero en un armario del comedor de la casa de Font Romeu hay cajas con todos los documentos. No quiso borrar su pasado. Además, Francisco volvió a visitar Mauthausen con la mujer y compró muchos libros sobre los campos que continúan en la casa guardados en cajas. "Contaba que tenía que subir y bajar escaleras cargado con piedras y que los perros les mordían, tenía muchas cicatrices. Cuando salió pesaba 40 kilos, era un cadáver. Decía que todo no se podía explicar con palabras", dice Paquita. Cuando salió de Dachau trabajó como cocinero. "Era un hombre muy alegre, muy generoso, siempre cantaba, le gustaban mucho los tangos", explica Paquita, que recuerda que su padre vio entrar en Mauthausen otro vecino de Cabrianes. "Era corpulento y muy guapo pero sobrevivió muy pocos días. Se desesperó, mi padre decía que no podías sobrevivir si no tenías la moral muy alta". Francisco murió en 1987.

En busca de otros hijos y nietos de deportados

En Arolsen Archives quedan muchos objetos personales de los deportados españoles que acabaron en los campos nazis después de que Franco los convirtiera en apátridas. Tan sólo se han localizado veinte familiares a quienes se les ha podido devolver estos objetos. Hace medio año, desde el diario ARA localizamos a los dos hijos de Braulia Cánovas (1920-1993), que estuvo en el campo de concentración de Ravensbrück, donde murieron 92.000 mujeres. Recuperaron un reloj y un anillo de su madre. 

Quedan, sin embargo, muchas otras historias por descubrir: no hemos podido encontrar las dos hijas de Baldiri Soler Artau, el alcalde de Sils que estuvo encerrado en Neuengamme y que dejó un reloj que sigue en los archivos. Tampoco hemos encontrado a los herederos de muchos otros catalanes como Francisco Anguila Pascual (Vírgenes), Ernesto Braulia Amador (Gandesa), Ramon Duch Carreras (Maials), José Vírgenes Fuente (Sales de Llierca), o Joan Vilain (Girona). ¿Nos ayudáis a encontrarlos?

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