¿Tenemos que dejar de volar?

Greta Thunberg lidera el asedio mundial a la huella ecológica de los aviones

Greta Thunberg, la niña sueca que ha conseguido desatar por fin la alerta por la emergencia climática, dejó de volar en avión a los 12 años y ha conseguido popularizar en Suecia el término 'flygskam', que literalmente significa "vergüenza de volar ", por la gran huella de carbono de los aviones. Greta, que se ha convertido en usuaria asidua de los trenes nocturnos para poder mantener su agenda de movilizaciones internacionales, quiere participar en septiembre en la cumbre climática de la ONU en Nueva York y en diciembre en la COP25 de Chile. Pero ya ha advertido que piensa atender sin coger ningún avión.

¿Por qué? La aviación comercial genera el 12% de las emisiones del sector del transporte y el 2,4% de las emisiones globales de CO2, aunque si se cuentan las emisiones que no son CO2 su impacto en la atmósfera se duplica . Un 2,4% puede parecer un porcentaje bajo: ¿por qué entonces todo este alboroto?

En primer lugar, porque no es tan bajo: los 900 millones de toneladas de CO2 emitidos por la aviación en 2018 implican que si el sector contara como un país sería el 6º más contaminante del mundo, por delante de Alemania. En segundo lugar está el enorme potencial de crecimiento, porque lejos de disminuir se prevé que las emisiones de la aviación se tripliquen en 2050: la eficiencia ecológica de los aviones aumenta cada año un 1,5%, pero el número de vuelos y de pasajeros crece alrededor del 5% anual. En tercer lugar -y aún más importante-, están las emisiones per cápita.

"Es cierto que los coches en conjunto emiten mucho más que los aviones, pero hay muchos más desplazamientos en coche. Y si hablamos de emisiones per cápita, tal como hacen el Protocolo de Kyoto y el Acuerdo de París, con un solo vuelo puedes llegar a consumir todas las emisiones que una persona tendría que hacer en un año", explica por teléfono desde Suecia Stefan Gössling, profesor en la Universidad de Lund especializado en sostenibilidad del transporte y el turismo.

Efectivamente, el vuelo que Greta Thunberg no cogerá entre Estocolmo y Nueva York emite por pasajero más de las 2,3 toneladas de CO2 que se calcula que debería emitir cada persona como máximo en todo un año. Esto quiere decir que cada uno de los pasajeros del vuelo, con sus 2,9 toneladas de CO2, provoca el deshielo de 8,7 metros cuadrados de hielo estival en el Ártico.

Sólo vuela el 20% del mundo

"La industria dice que está buscando alternativas verdes pero admite que en las próximas décadas no habrá aviones eléctricos, y no podemos esperar tanto: los científicos nos dan sólo 11 años para reducir las emisiones", apunta Magdalena Heuwieser, portavoz de Stay Grounded, un movimiento nacido en 2016 en Austria y que ya agrupa a 130 organizaciones sociales de todo el mundo movilizadas por el "decrecimiento de la aviación". Aseguran que no se trata de dejar de volar completamente - "no queremos decir a los migrantes que quieren ir a casa a ver a la familia no pueden tomar el avión", dice- pero reclaman acabar con el modelo de consumo que ha hecho que coger un avión sea la opción más fácil y habitual. O que lo sea al menos para una parte muy pequeña del mundo: "Entre el 80% y el 90% de la población mundial no ha cogido nunca un avión", asegura Heuwieser.

Gössling admite que no hay ningún estudio que constate este dato, pero aún así le otorga credibilidad. "Los 4.100 millones de pasajeros de 2018 son contando que cada pasajero equivale a dos, el del viaje de ida y el de vuelta; si vuelas a un hub y haces escala, cada vuelo nuevo cuenta como otro pasajero; y, todo ello, aparte del hecho de que hay mucha gente que vuela asiduamente, hasta 300 vuelos por año en el caso más extremo contabilizado", explica el analista. Y añade que, de acuerdo con sus cálculos, "sólo un 3% de la población mundial coge vuelos internacionales". La mayoría de las emisiones de los aviones provienen de la aviación internacional, lo que significa que un grupo muy pequeño de personas contribuye de forma desproporcionada a las emisiones mundiales.

Pero si se tienen en cuenta las emisiones per cápita, los vuelos interiores de cada país son los más contaminantes. "La mayor parte del combustible se utiliza para el despegue, de forma que si se vuela muy lejos la contaminación por kilómetro recorrido es menor. Además, los vuelos interiores que se pueden hacer en menos de cuatro horas en tren son también los más ineficientes para el viajero ", remarca el experto. Stay Grounded, de hecho, defensa, entre otras cosas, limitar o eliminar los vuelos de corta distancia, una propuesta que se debatió el mes pasado en el Parlamento francés pero que no obtuvo votos suficientes para ser aprobada.

Incumple el Acuerdo de París

"Las emisiones de CO2 de los aviones deberían reducirse un 80% en 2050 para ser coherentes con el límite de 2ºC [que fija el Acuerdo de París], pero el crecimiento de emisiones no se para y aún no se han puesto en marcha medidas para la descarbonización de la aviación", alerta Dan Rutherford, del International Council for Clean Transportation. Si se sigue el ritmo anual, advierte, en 2030 la aviación superará la parte proporcional de emisiones que le toca para mantener el calentamiento global en 1,5ºC y 2040 las superará hasta producir un augmento de 2ºC.

Y esto sólo en cuanto al CO2. Pero, tal y como explica el investigador del CSIC Xavier Querol, la contaminación procedente de los aviones no se acaba aquí: incluye tres bloques más. Por un lado están las estelas, que se forman por la condensación de vapor de agua y generan una nubosidad que tiene cierto efecto de enfriamiento (que en todo caso no compensa los efectos del calentamiento global). Por otro lado, los aviones emiten grandes cantidades de monóxido de nitrógeno (NO), "que en una hora se convierte en NO 2 y afecta a la calidad del aire", explica Querol. Y como último bloque contaminante de la aviación señala "toda la maquinaria de tierra, como los generadores eléctricos, que generan también gran cantidad de partículas ultrafinas" perjudiciales para la salud.

El movimiento Stay Grounded, de hecho, centra buena parte de su acción en la protesta contra proyectos de construcción o ampliación de aeropuertos: hay 58 en marcha en Europa y 1.200 en todo el mundo, dice Heuwieser. Un mapa elaborado en colaboración con la Environmental Justice Atlas del ICTA-UAB documenta unas cincuenta protestas como éstas en los cinco continentes. El ICTA, de hecho, colaboró con Stay Grounded en la organización de las jornadas Decrecimiento de la aviación que Barcelona acogió a mediados de mes, en las que Gössling participó por videoconferencia, sin tener que coger un avión.

Stay Grounded también se opone a algunos de los proyectos de compensación de las emisiones de la aviación: la inversión que ofrecen algunas aerolíneas como medida ecológica. "La mayoría son proyectos de plantación de bosques o construcción de centrales hidroeléctricas en países como Honduras, para captar CO2 o dejar de emitir, pero a menudo estos proyectos provocan desplazamientos de población local o restringen el uso de la tierra a los pueblos indígenas de la zona ", explica la portavoz de Stay Grounded. "El norte quiere seguir emitiendo CO2 para mantener su modelo de vida a costa de los pueblos que menos han contribuido a la emergencia climática y que más sufren las consecuencias de ella". Esta dinámica ha llevado a los activistas a acuñar un nuevo término: el CO2 colonialismo. Con un 2 al medio, de CO2.

Propuestas para reducir las emisiones de la aviación

Incluir las emisiones de los aviones al cómputo estatal

Stefan Gössling cree que es fundamental que las emisiones de la aviación que se generan en cada país formen parte del cómputo de CO2 de aquel estado, en el marco del Acuerdo de París contra el cambio climático, para que el país en cuestión tenga la responsabilidad de reducirlas.

Tasas al queroseno

El combustible de los aviones está a menudo exento de impuestos. Y eso a pesar del hecho que, según los activistas, la única forma de reducir el número de vuelos al año -y por tanto las emisiones- es encarecer los vuelos. "El sector está tan subvencionado que puedes volar a un coste inferior de lo que vale el combustible que lleva el avión", dice Gössling.

Tasa a voladores frecuentes

Hay un pequeño porcentaje de gente que vuela muchísimo: ¡hasta 300 vuelos en un año! Para estos voladores frecuentes, Stay Grounded propone también una tasa que se sume al precio del billete a partir del segundo vuelo y vaya subiendo exponencialmente.

Favorecer las alternativas

A menudo sale más caro coger un tren que un avión que hace el mismo trayecto, o las conexiones por tierra no son fáciles. Los gobiernos deberían potenciar los transportes alternativos, pero también deberían hacerlo las empresas y la población: más encuentros por videoconferencia.

Limitar los vuelos interiores

Proporcionalmente, los vuelos de corta distancia son más contaminantes. A menudo, el mismo trayecto se puede hacer en tren con una huella ecológica mucho menor. Por ello, Stay Grounded propone limitar o eliminar estos vuelos cortos.

Límites al turismo de masas

La inmensa mayoría de los turistas viaja en avión y su trayecto es el que genera más huella de carbono. Stay Grounded propone como posible medida limitar el número de vuelos o cruceros turísticos que llegan a las ciudades, una medida difícil de llevar a la práctica. Los activistas también piden detener la expansión de infraestructuras aeroportuarias.

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