“A los ocho años nadie creía que tuviera anorexia”

El confinamiento destapa casos de trastornos alimentarios, cada vez más frecuentes entre los menores de diez años

“Los trastornos alimentarios no se acaban de curar nunca. Aprendes a convivir con ellos”. Greta tiene 22 años y ha pasado la mitad de su vida luchando contra la anorexia, un trastorno de la conducta alimentaria (TCA). Tenía ocho años cuando pasó de ser una niña muy alegre y vital a temer no encajar y que criticaran su cuerpo. “No tenía sobrepeso, pero no era como las otras niñas de clase. Tenía barriga, ya lo sabía, pero cuando me lo empezaron a decir algo dentro de mí me presionaba para esconderlo. Es poco original –explica– pero no era el cuerpo que quería mostrar y dejé de comer. A los ocho años nadie creía que fuera anorexia”. Y no se supo hasta que tenía doce.

La historia de Greta no es anecdótica: aproximadamente una de cada veinte chicas menores de 20 años en el Estado tiene un TCA, anorexia o bulimia en la mayoría de los casos. Y cada vez las menores –el 90% son mujeres– empiezan antes de los doce años, entre los siete y los nueve; un dato muy preocupante que las entidades y unidades de atención trabajan para evitar, sobre todo en las escuelas.

La insatisfacción con el propio cuerpo y la pérdida brusca de peso es solo la cara más visible de un trastorno estrechamente relacionado con la autoestima, las dificultades para gestionar las emociones, la depresión o la ansiedad. Y ahora la pandemia ha favorecido el adelanto, a la vez que ha hecho que se detecten más casos, algunos graves.

Según datos de la Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB), el confinamiento entre marzo y junio ha dinamitado los casos que se habían controlado o estaban ocultos y ha agravado los ya destapados. Solo en tres meses las cifras de atenciones duplicaron las de toda la actividad registrada en 2019. “Preveíamos que llegaran más demandas de ayuda de familias. Lo que no esperábamos era que se dispararan tanto los casos y se detectaran tantos de golpe. El alud ha sido muy superior al que nos esperábamos”, alerta la psicóloga y directora de la ACAB, Sara Bujalance.

La convivencia familiar las 24 horas del día ha permitido identificar casos de TCA, sobre todo por parte de padres y madres o parejas preocupadas por el comportamiento de sus seres queridos. “El hecho de quedarse en casa aumenta la sensación de vulnerabilidad, el estrés y la ansiedad. Además, se pasa a hacer una vida más sedentaria, más comidas compartidas en familia. Todo ello favorece el camino al trastorno”, explica Bujalance. Pero también la oportunidad de detectarlo. Algunos de los síntomas más claros son el ejercicio físico excesivo, los atracones y el vómito o la restricción de prácticamente todos los alimentos. ”Destapar casos es bueno, pero el acceso al sistema sanitario ahora es más complicado”, explica Bujalance, que denuncia que hay afectados que no han podido ni empezar el tratamiento siete meses después de pedir ayuda. Y esto se ha traducido, dice, en más casos graves y en un aumento de los ingresos.

Dietas sin control

Una encuesta hecha a 2.300 alumnos de entre 12 y 16 años de toda Catalunya constata que un 34% de las chicas y un 22% de los chicos han hecho algún tipo de dieta para bajar de peso sin ningún tipo de control profesional. Pero todavía es más alarmante el hecho de que el 60% de estos chicos y chicas dicen que lo han acompañado de conductas de riesgo, como una actividad física compulsiva o la provocación del vómito. “Si ven que sus hijos adolescentes hacen cambios repentinos en la alimentación para adelgazar, las familias se tienen que alertar tanto como si los vieran probando algún tipo de droga”, señala Bujalance.

“El primer año con anorexia es el año de la euforia porque el cuerpo se parece al que tú quieres. Pero la sensación dura muy poco: después viene la obsesión, el no saber vivir sin controlar lo que comes o sin pesarte. Cada vez pierdes más el interés en el exterior y te aíslas del mundo”, explica Greta. Rebelándose contra los médicos y obligada a convivir con un peso que no quería, la joven recaía una y otra vez en la trampa del trastorno, y la rueda de los ingresos no se paró los siguientes cuatro años: adelgazaba, ingresaba, recuperaba peso y salía. “Hasta que hice un intento de suicidio que me hizo reflexionar. Estuve a punto de no poder volver a andar. Entonces fui consciente de que había tocado fondo y de que no quería ser una adulta enferma”, recuerda.  

En algún momento, cuando ya era consciente de que quería cambiar, la anorexia viró hacia la bulimia. Greta tenía ansia con la comida, como si quisiera recuperar todo lo que no había comido en años. “Me llenaba, vomitaba, y sentía que aquello estaba totalmente descontrolado. Y agradezco el cambio, porque la bulimia no me gustaba y facilitó que pidiera ayuda y que me dejara ayudar”. Con quince años, pues, empezaba una búsqueda de terapias y profesionales “lejos de las batas blancas”, con una inversión de dinero y una pérdida de tiempo enorme. Tuvieron que pasar tres años más, hasta los dieciocho, cuando conoció a una profesional en quien pudo confiar.

Ahora, con 22 años, Greta dice que todavía “negocia” con su TCA y que “interfiere” en su vida de vez en cuando. Durante el confinamiento ha tenido momentos “más obsesivos” y más necesidad de controlar lo que comía, y cree que es lógico pensar que otras personas han tenido conductas peligrosas. “Estoy mucho mejor que hace unos años y seguro que dentro de unos cuantos más lo estaré todavía más. No quiero estar en infrapeso porque sé la tristeza y la apatía que comporta y no me gusta. Quiero estar delgada, sí, pero no enferma ni hacerme daño”, asegura.

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