CRÓNICA

“De aquí no nos moveremos hasta que nos maten”

La restauración no esconde su pesimismo ante el anuncio de nuevas restricciones

Siempre que necesito una mirada clara y clarividente sobre el mundo de la restauración recurro a Toni Martí. Es como un metrónomo, preciso, calmado, siempre con el buen consejo y la palabra medida. Hace 35 años que regenta el bar La Tassa, en la calle Sèneca de Barcelona, y todo el mundo en el barrio conoce su optimismo. Los primeros días de la reapertura después del confinamiento hacía, él solo sin sus trabajadoras, cafés y bocadillos para llevar. La inminencia de los quince días de cierre no lo ha cogido desprevenido: "Es la primera vez que nos encontramos en una situación como esta y siempre digo lo mismo: a grandes males, grandes soluciones". A pesar de las restricciones de aforo, tratará de salvar el octubre y continuar facturando con la misma fórmula de servicio para llevar. Están ahogados pero no muertos.

"Aquí seguiremos hasta que nos maten", exclama Joan, propietario del Marisco de la calle Còrsega. Por la tarde tiene previsto reunirse con los trabajadores para ver cómo afrontan las dos semanas de severas restricciones. La fórmula podría ser descontar vacaciones del año próximo o algo similar. Continuarán con el modelo de la comida para llevar que tienen a pleno rendimiento desde hace semanas y darán gas a la campaña de promoción por Instagram. Por suerte, habían pedido una ayuda ICO para poder estar un poco cobijados en caso de que las cosas se volviesen a torcer.

Más pesimista está el camarero de La Flauta, de la calle Balmes, que pone cara de circunstancias y de "ya estamos otra vez". No cree que puedan salir adelante con el mecanismo de delivery y lo más posible es que tengan que cerrar. Un poco más arriba está el histórico Maria Castaña de Via Augusta al lado de Gal·la Placídia. Reabrieron en julio y durante tres meses han podido surfear bastante bien el posconfinamiento. A la hora de comer, cinco camareros están al pie del cañón. Uno de ellos, Albert, me explica que por la tarde los amos decidirán qué hay que hacer. "Intentaremos no dejaros desatendidos", explican a unos cuantos clientes que aprovechan la hora de pagar la cuenta para interesarse por la situación. Y es que hay mucha gente a la que se le hace una montaña volver a prescindir de la sagrada liturgia de salir a desayunar a media mañana. Lo que el común de los mortales conoce como escaqueo es un sostenimiento económico muy importante para los bares y cafeterías.

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delivery, claro. Ya hace semanas que la táctica de captar clientes en la calle ha pasado de ser una opción a convertirse en imprescindible. Un histórico, La Poma, lleva semanas cerrado, las hojas secas y el polvo se le acumulan en la entrada. Carles, uno de los pocos vecinos que deben de quedar en el barrio, está desesperado. Le han cerrado el Viena, donde iba a cenar cada día, y ahora cerrarán el Cafè de l'Òpera, donde toma siempre la copa o el café de antes de ir a dormir.

Las terrazas, que a principios de año podían estar a pleno rendimiento, hoy están desiertas a la hora de comer. Ni las promociones –tapa & paella– funcionan ni hay turistas ni nada de nada. La terraza del Pita House parece un poema a la decadencia: un mojito, una caipirinha y una sangría que supuestamente tendrían que actuar como cebos agonizan sobre una mesa, medio aguados y medio sucios. "Hace semanas que aquí sobrevivimos de milagro", me explica un camarero que prefiere ahorrarse el nombre. Los tiempos de vacas gordas y bidones de cerveza a precio turístico –o sea, precio de oro– han pasado a la historia. El mismo camarero reconoce los abusos cometidos con los turistas y lamenta que la burbuja haya explotado: "Si no viene nadie a comer, ¿quién vendrá a buscar comida para llevar?". "¿Crees que se han respetado (en general, no solo vosotros) las distancias de seguridad en las terrazas?", le pregunto. " Pasapalabra", dice. Más elocuencia, imposible.

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