TECNOLOGÍA

Una experiencia virtual de la muerte para perderle el miedo

Los expertos estudian los efectos de morir simuladamente y su aplicación en las curas paliativas

Más de una quincena de mujeres catalanas han experimentado la muerte y, sin embargo, continúan vivas. Eso se explica porque la suya fue una muerte virtual, enmarcada en un experimento del grupo de investigación en neurociencias Event Lab, de la Facultad de Psicología en la Universidad de Barcelona (UB). Los científicos querían saber qué pasa cuando se expone a alguien a una vida y a una muerte ficticias. Y han descubierto que vivir y morir en un entorno virtual provoca cambios vitales en el mundo real y reduce la angustia que puede provocar el horizonte del final de la vida.

“La muerte es un campo en el que no puedes experimentar si no es a través de la realidad virtual”, explica Ramon Oliva, doctor en informática y uno de los investigadores. Pone en marcha el ordenador y lo prepara todo para reproducir un extracto del último experimento relacionado con la muerte que han impulsado. La mitad de la habitación está recubierta de una tela negra y, en medio, sobre una silla, hay un casco y unas gafas de realidad virtual que invitan a sumergirse en otro escenario, en este caso una isla. Es el experimento en el que han participado una quincena de mujeres y en el que han querido simular una vida y una muerte virtuales en una isla diseñada para la ocasión. “Las usuarias entraban durante seis días consecutivos en este mundo virtual —cuenta Oliva—, en el que sus avatares van evolucionando”. Nacen, maduran y dejan de existir.

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Cambios después de un repaso vital

Las mujeres ignoraban el propósito del experimento, no se conocían en el mundo físico y no podían hablar entre ellas, sólo interactuaban por gestos en un mundo virtual en el que tuvieron que aprender a colaborar para hacer determinadas tareas. Después experimentan la muerte de sus compañeras y, finalmente, la suya. Morir virtualmente ha sacudido su vida fuera del laboratorio, su vida real, y les ha aportado cambios positivos. Lo cuenta el codirector de Event Lab y profesor ICREA de la UB, Mel Slater: “El principal hallazgo psicológico que hemos hecho es que hay algunas similitudes con lo que pasa cuando la gente vive una experiencia próxima a la muerte: se preocupan más por los otros, se interesan más por cuestiones globales y se dejan de preocupar por aspectos materiales”.

Los investigadores han publicado los resultados de la investigación en la revista científica PLOS ONE, en la que describen cómo han recreado la muerte de las participantes en el proyecto. Todo empieza con una visión que se vuelve borrosa, el sonido de los latidos del corazón virtual y, más tarde, un grito de dolor. Después, el punto de vista cambia y las participantes pueden ver su cuerpo —el de su avatar— inerte debajo de sus ojos. Más tarde, las usuarias viven un rápido resumen de sus experiencias en la isla ficticia —un ejercicio que simula el repaso de la vida en imágenes, una revisión que algunas personas que han estado a punto de morir aseguran que experimentan—. Y siguiendo estas fabulaciones o relatos, el proceso continúa con una luz al final del túnel.

“Al principio —explica Oliva— la gente no entendía lo que estaba pasando. Pero una vez estaban arriba, cuando veían su cuerpo en el suelo y les pasaba la vida por delante, tomaban conciencia de que se habían muerto en aquel momento. No lo describían como algo doloroso. Simplemente, cuando se acababa el experimento, sentían pena por no poder volver a ese mundo virtual”. La prueba ha contado con el visto bueno de la comisión bioética de la Universidad de Barcelona. Slater deja claro que no es que él crea que hay cierta existencia después de la vida, sino que han tomado estos relatos o creencias como punto de partida para el experimento. “Es posible que nuestro mundo real sea como la realidad virtual —apunta Slater— y que, al morir, pasemos a otro plano desde el que podamos observar esta vida como si fuera virtual”. Además, el investigador añade que, “de forma inconsciente, el cerebro puede tomar esta experiencia como modelo de nuestra existencia”.

Un miedo apaciguado

La isla de la mortalidad virtual no es el único ensayo que Event Lab ha realizado sobre la muerte. En otro experimento exponen a algunas personas a una experiencia en realidad virtual en la que se identifican con un avatar, que poco después sobrevuelan y pueden visualizar desde fuera, creando la ilusión de que hay una especie de “alma” o conciencia desatada del cuerpo. El equipo de investigación del experimento concluyó que vivir esta conciencia fuera del cuerpo virtual reduce la ansiedad por la muerte en el mundo físico. Slater cuenta las razones que hay detrás de esto: “Apunta a la posibilidad de algún tipo de supervivencia a la muerte. Aunque el cuerpo muera, todavía hay algún tipo de conciencia”.

El experimento deja claro que si se consigue engañar al cerebro, el dolor por la muerte es menor. Tanto es así que algunos oncólogos y otros profesionales del mundo de la sanidad ya se han interesado por el experimento y han analizado su posible aplicación a enfermos terminales. Para la psicóloga Anna Romeu, experta en la atención en emergencias y tratamiento del luto, la realidad virtual puede ayudar a mitigar el miedo a la muerte en las personas de la misma forma que lo pueden hacer las creencias religiosas: “Si tienes una respuesta de lo que pasará después, te quedas más tranquilo. En este sentido, puede ayudar como ayuda la religión, porque te construye una posible situación después de la muerte”.

“La realidad virtual es una herramienta muy potente”, recalca Pierre Bourdin, doctor en psicología que, junto a la profesora Itxaso Barberia, completa el equipo investigador. Bourdin resalta las potencialidades de los entornos virtuales para la terapia o la prevención del riesgo. De hecho, Event Lab está colaborando con la Generalitat con el objetivo de aplicar la realidad virtual en la rehabilitación de maltratadores y también ha probado la eficiencia de esta técnica en la lucha contra el racismo.

Más preocupados por la muerte de los seres queridos que por la propia

¿Tenemos miedo a la muerte o vivimos ignorando este final? ¿Nos asusta nuestra muerte o más bien la de los demás? “Generalmente vivimos sin tener miedo a la muerte o sin pensar en ella”, afirma la psicóloga experta en la atención en emergencias y tratamiento del luto, Anna Romeu. “Sólo pensamos en ella cuando alguna situación nos obliga a hacerlo, como por ejemplo una enfermedad terminal o alguna experiencia que nos ha hecho sentir que en algún momento nuestra vida corría peligro”. Según la psicóloga, a los humanos nos asusta más la muerte de alguien querido que la propia. Al menos así lo constata en los grupos de duelo con los que trabaja. Para Romeu, la propia muerte no horroriza a los humanos porque ignoran realmente en qué consiste; lo que asusta, según la psicóloga, es el sufrimiento previo a la muerte, el hecho de perderse cosas importantes o irse con algo pendiente. Pero si la muerte amedrenta, para Romeu, “poco se puede hacer, porque es un miedo muy realista”. La experta cree que en estos casos es necesario que los profesionales sanitarios sean empáticos y la familia y el entorno próximo, muy respetuosos: “Hay que respetar la forma de ser de la persona que está al final de su vida. Hay personas que necesitarán compartirlo, obtener respuestas o arreglar temas pendientes. Y desde el entorno se les debe facilitar eso”.