“Me conformo con que me dejen salir una hora”

Los abuelos de una residencia expresan su temor: no poder estar con la familia ni por Navidad

Carme se levantó el 17 de marzo con fiebre y sensación de ahogo. Era una señora que estaba muy bien físicamente y que se pasaba el día atareada en el Casal Oller: que si poner la mesa, que si barrer el patio, que si hacer esto, que si hacer lo otro... No paraba. Al día siguiente la hospitalizaron y al cabo de dos días murió. De coronavirus. Así empezó la pesadilla en esta residencia de gente mayor de los Hostalets de Balenyà.

Su directora, Anna Sallent, explica que lo que ellos siempre han intentado es que los abuelos se sientan como casa: si uno quiere cocinar, que cocine; si otro quiere hacer las tareas de casa, pues que las haga. Pero en este caso resultó contraproducente. Carme lo había tocado todo. A pesar de que nadie sabe con seguridad cómo se esparció el virus por la residencia, porque aquello era siempre un entrar y salir de gente. “Esto es una casa abierta. O, mejor dicho, lo era”, se corrige la directora. Después de que en la primavera ocho de sus 42 abuelos murieran por coronavirus y el 85% se contagiaran, la vida en el Casal Oller ha cambiado por completo.

Desde fuera la residencia parece una casa más del pueblo: una construcción discreta de apenas dos plantas -tres en la parte más nueva- en la calle Major que, a pesar del nombre, es una calle estrecha por la que casi no pasan coches. El visitante, cuando entra en el vestíbulo de la residencia, tiene que pisar una alfombra de donde sale jabón. También le toman la temperatura, le ponen gel hidroalcohólico en las manos y le rocían el cuerpo con una máquina que parece una aspiradora pero que expulsa desinfectante evaporizado. Ah, y también le dan una especie de bata de quirófano para que se la ponga.

Según Sallent, siguen este ritual con cualquiera que entre en la residencia, ya sea un médico, un fontanero o, en esta caso, una periodista.

“Antes diez voluntarios venían cada martes y sacaban a los abuelos a pasear por el pueblo. También teníamos vecinas que enseñaban a las abuelas a hacer ganchillo y un grupo de lectura literaria, o incluso los niños de la escuela participaban cada jueves en un proyecto intergeneracional: venían y cantaban canciones, hablaban con los abuelos...”, explica la directora recordando la infinidad de actividades que hacían. Pero todo esto se ha acabado con la pandemia. Ahora no les queda más remedio que reinventarse.

Sala aséptica

Del mismo modo, también se ha acabado que las familias puedan entrar en la residencia sin comunicarlo. Ya no vale eso de ir cada día a saludar al padre o la madre, darle un beso, intercambiar cuatro palabras y volver al día siguiente. Ni tampoco estar un rato mirando la tele o charlando en la sala de estar con otros residentes. Ahora hay que pedir hora para las visitas, que se hacen en una sala aséptica que parece casi un quirófano -hay dos butacas, una mesa, una planta y nada más- y los besos están prohibidos. Las visitas duran una hora y, según explica Sallent, algunas familias confiesan que se les hace larga. Porque, ¿qué le dices a una persona con demencia durante tanto tiempo en una sala casi vacía donde no puedes interactuar con nadie más?

En la sala de estar del Casal Oller algunos abuelos pasan el tiempo mirando la tele o leyendo. Otros se sientan en las butacas medio adormilados o mirando absortos hacia el infinito. Una mujer se entretiene haciendo punto y dos más juegan con una tablet, a pesar de que confiesan que no saben muy bien cómo funciona. “¿Ya vienen a meternos el palo otra vez?”, suelta una mujer de 75 años, Juana Ramos, haciendo un gesto como si le introdujeran algo por la nariz, cuando ve a esta periodista vestida con la bata de quirófano. Porque este es otro cambio: ahora hacen pruebas PCR a la gente mayor y al personal del Casal Oller al menos una vez al mes. El CAP del pueblo y el Ayuntamiento se volcaron en ayudar a la residencia desde el inicio de la pandemia y lo siguen haciendo, asegura Sallent. Pero no todos los centros son tan afortunados.

La presidenta de la patronal de residencias ACRA, Cinta Pascual, explica que muchos CAPs están saturados y no están haciendo PCRs en los centros. Y esto pasa “sobre todo en las zonas donde hay más contagios”, que es donde precisamente las pruebas hacen más falta, se queja. “Hay residencias que se están planteando comprar pruebas rápidas para tener algo para saber si su personal está contagiado”, apunta también Montserrat Falguera, presidenta de la FEATE, la Federació d’Entitats d’Assistència a la Tercera Edat.

De momento, para evitar jugar con fuego, la Generalitat ha prohibido las salidas de los abuelos de las residencias: ya no hay paseos ni visitas a casa de la familia, que tan poco hacía que se habían retomado. La decisión ha caído como un jarro de agua fría. “Yo me conformo con que me dejen salir una hora. Ya ves qué poco pido”, se lamenta Antonia Ortiz, de 82 años, visiblemente afectada. Asegura que en el Casal Oller está muy bien pero que ella necesita salir a la calle.

El protocolo para entrar

Otra mujer, Paquita Giralt, de 83 años, dice que lo que la preocupa más es que sigan así por Navidad y Reyes, y entonces no puedan ni pasar las fiestas con la familia. “Lo que me enfada más de salir es que después me hacen cambiarme toda la ropa cuando vuelvo a la residencia”, comenta. Así lo establece el protocolo de la Generalitat. Hablando de manera informal con el personal del Casal Oller, las auxiliares explican que la teoría de este protocolo está muy bien pero que muchas veces es imposible llevarlo a la práctica: “Si varios abuelos no autónomos salen a dar un paseo, no hay suficientes manos después para lavarlos y cambiarles a todos la ropa cuando vuelven” al centro.

Si salir es difícil, también lo es entrar, porque el mencionado protocolo también dice que todos los abuelos que ahora ingresan por primera vez en una residencia de gente mayor tienen que estar aislados durante 14 días en una habitación y el personal tiene que tratarlos como si estuvieran infectados, es decir, tiene que protegerse con uniformes especiales.

“Si ya es siempre una conmoción para una persona mayor ingresar en una residencia, imagínate si encima lo aíslas y tiene poca interacción social durante catorce días”, comenta Sallent. Lo que sí ha mejorado respecto a la primavera, sin embargo, es que ahora al menos material de protección no les falta: “Tenemos las buhardillas llenas”.

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