De playas y piscinas inmorales

La playa barcelonesa era declarada "inmoral" por los nostálgicos supervivientes del siglo XIX

S. se acuerda del día en que, de muy joven, alquiló un patín de pedales con tobogán con una amiga para adentrarse en el mar. Rodeada de agua, peces y posidonia, se sintió segura para liberarse de la parte superior del bikini. Sin darse cuenta, pedalearon durante una hora y, de resultas de la experiencia, S. acabó con los pechos chamuscados durante quince días y mudando la piel como las serpientes. Desde entonces sus tetas no han vuelto a ver el sol. Así me justifica S., irónicamente, por qué no practica 'topless', además de admitir que la vergüenza se lo impide.

Es una de la retahíla de mujeres a las que he encuestado para hacerme una idea de qué pasa con el 'topless'. Porque es una realidad que cada verano se ven menos pechos femeninos descubiertos en las playas. Ni que decir tiene que en las piscinas, en nuestro país, el 'topless' es un anglicismo aún más exótico, aunque la campaña de Pezones Libres haya puesto el debate sobre la mesa para conseguir que los equipamientos públicos levanten el veto a esta práctica y abolir una discriminación de género evidente.

Con motivo del Día Internacional del Topless, que se conmemora cada 25 de agosto, por las calles de Manhattan se han dejado ver mujeres con el torso desnudo para reclamar su derecho a quitarse la camiseta al igual que lo hacen los hombres sin temor a ser multadas. "¿Por qué el hombre puede enseñar el pecho y la mujer, no?", se cuestiona allí y aquí. Es lo que planteó hace diez años el movimiento feminista sueco Bara brotar (Pecho desnudo), que consiguió cambiar las normas de las piscinas públicas de Malmö. Es la misma pregunta que en 1964 había tras la reivindicación del monokini, el primer bañador que dejaba los pechos al aire.

Más allá de la elección individual

En el libro 'Dones que surten del paper. Periodistes catalanes que expliquen un país' ('Mujeres que salen del papel. Periodistas catalanas que cuentan el país') de Elena Yeste y Francesc Canosa, se recoge un artículo publicado por Irene Polo en 1930 bajo el título "La playa de hace 30 años". En dicho artículo Polo relataba como la playa barcelonesa era declarada "inmoral" por los nostálgicos supervivientes del siglo XIX que preferían las bañistas con faja y "vestidas de pies a cabeza", que sólo enseñaban medio brazo y media pierna. En los años treinta muchos denunciaban la impudicia del uso del jersey por "la presunción descarada de las mujeres que incita a los hombres a los malos pensamientos". Quién sabe si en las normas que hasta hace poco regían las piscinas públicas de hoy no haya reminiscencias de aquella moral católica recatada.

Entre las mujeres consultadas dentro de mi círculo, hay algunas que en la playa o en el río se quitan la parte de arriba del bikini (sólo cuando se sienten cómodas o si el estado de ánimo acompaña) y hay otras (la mitad del total de ellas) que no. La inmensa mayoría de las que se destapan lo hacen por cuestiones estéticas, para evitar marcas del bronceado. Entre las que toman el sol con las dos piezas, alguna lo hace por motivos de salud, y todo lo demás, por la mochila cultural patriarcal que cargamos. A M. incluso le gustaría hacer 'topless', pero ¡se siente incapaz! Ninguna de las mujeres con las que he hablado se plantea hacer 'topless' en la piscina, pero ninguna de ellas tampoco concibe la prohibición de hacerlo por motivos de género. La liberación de la mujer va mucho más allá de los pezones descubiertos. Pero sí va de la igualdad de derechos, de poder decidir y dejar atrás la cosificación del cuerpo femenino en el espacio público. Porque hoy discriminar sí es inmoral.

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