“Necesitamos estabilidad”: la vida después de un desahucio

Un mes después de quedarse en la calle, Kelly y su familia buscan un piso que puedan pagar

"[Los policías] Son muy habilidosos con la comunicación no verbal; saben cómo hacerte pequeña. Me iban cogiendo del brazo y me repetían: «Señora, entremos dentro a negociar, entremos »". Después de horas resistiendo al desahucio de su familia, en plena pandemia, Kelly, de 26 años y madre de dos hijos, cedió. "Una vez adentro, no hubo ninguna negociación: me pidieron el contrato y, como no tenía, nos pidieron que nos marcháramos", relata. "El abogado de la propiedad consultó a los juzgados si se podía aplazar, pero dijeron que no tenían fechas y que tenía que ser ya". Les hicieron recoger rápido "cuatro juguetes y cosas de los niños y un poco de ropa" y salieron a la calle: "Como perros, muy fuerte". Pasó el 27 de septiembre. Ella tiene el día grabado en la memoria.

"Nos hicieron salir del piso como perros. Yo tengo sueños, no quiero vivir siempre de ayudas"

"Yo tengo sueños, ¿sabes? Soy joven, tengo dos hijos, una carrera de ingeniería a medias; yo no quiero vivir siempre de ayudas, yo tengo proyectos". La historia de Kelly Rodríguez, su marido, Antonio Gómez (36 años), y sus dos hijos, de 9 y 6 años, ha impactado duramente en el barrio de Sant Andreu, y en especial en el sindicato de vivienda del barrio. Ahora la familia, que apenas empieza a superar el susto, ha explicado al ARA cómo ha sido su vida desde aquel día, cuando se quedaron sin techo en medio de la crisis sanitaria y a las puertas de la segunda oleada del covid-19. A pesar de ser muy jóvenes, no es la primera vez que esta pareja se reinventa. Primero les tocó huir de su pueblo, en las montañas de Colombia, amenazados de muerte por los grupos guerrilleros: "Mi hombre era policía", aclara Kelly. Bogotá los mantuvo seguros durante un tiempo, pero después decidieron emigrar a España. Lejos de encontrar seguridad, su vida aquí se ha convertido en otra carrera de obstáculos.

Después de un año y medio de albergue en albergue –mientras arreglaban el asilo, el permiso de trabajo e intentaban convalidar la carrera de ingeniería de ella–, Antonio encontró trabajo de albañil: un contrato indefinido. Con la seguridad que da un sueldo en la cuenta bancaria, dieron voces para encontrar piso. Pero los estafaron. Así llegó el desahucio y la pesadilla. "Contactamos con el propietario porque queríamos arreglarlo a pesar de pagar un alquiler normal. Teníamos un sueldo, pero no aceptó", explica esta joven.

El barrio se movilizó, pero el sindicato no tuvo tiempo de hacer nada. Pidieron aplazamientos y tenían un informe favorable de los servicios sociales y, además de los menores, en el momento del desahucio, la familia también estaba acogiendo a una mujer mayor del barrio, que había sufrido covid con secuelas de larga duración –que le impedían trabajar– y a quien echaron de la habitación donde malvivía realquilada. Nada paró a la comitiva. A partir de aquí, la historia es parecida a la de muchos desahucios.

"No dejaron que se acercara ningún vecino ni nadie a asesorarme"

"Ese día seis furgones de los Mossos cortaron la calle desde las 6 de la mañana. Habíamos hecho alguna maleta, pero confiábamos en que no nos dejarían en la calle", relata Kelly todavía nerviosa. "No dejaron que se acercara ningún vecino ni nadie a asesorarme", asegura. Una vez en la calle, esa misma tarde se presentaron en las oficinas de vivienda y finalmente les ofrecieron una "residencia para familias". La mujer mayor que vivía con ellos se quedó sin alternativa oficial.

"Queremos y podemos pagar un piso"

"Fuimos a parar a una habitación muy pequeña con dos literas", recuerda Kelly, que no paró de presionar a la administración con su caso. "Ahí no podíamos rehacer la vida, los niños no pudieron empezar el cole y estábamos anímicamente todos destrozados", recuerda. Ahora les han cedido un piso. Pero continúan sintiéndose en falso.

"Ahí no podíamos rehacer la vida, los niños no pudieron empezar el cole y estábamos anímicamente todos destrozados"

"Necesitamos estabilidad; estamos buscando piso propio: podemos y queremos pagar un alquiler, solo falta que encontremos un propietario que lo tenga a un precio razonable", defiende Kelly, que explica que no reciben ninguna otra ayuda además de este piso temporal porque su marido dispone de sueldo y contrato indefinido. "No entramos en el perfil, pero es que tampoco queremos vivir de las ayudas", remarca. "No entiendo el concepto que tiene la administración de los inmigrantes. Los latinoamericanos tenemos fama de no querer trabajar, parece que vengamos a pedir, que solo queramos dormir y comer. No es nuestro caso", insiste esta madre de familia que guarda escrupulosamente todas las facturas para llegar a todo y poder demostrar cada gasto familiar.

"Yo tengo sueños, objetivos –insiste–, y quiero sentirme feliz como mujer y útil para la sociedad. No quiero que mis hijos crezcan con un referente de una madre que solo cocina, plancha y recoge. Quiero acabar mi carrera –y concluye– porque yo tengo sueños, ¿sabes?"

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