MEDIO AMBIENTE

Adrian Parr: “Ser mejores consumidores no acabará con el cambio climático”

Entrevista con la filósofa y presidenta de Agua y Asentamientos humanos de la Unesco

Si el cambio climático es un crimen contra la humanidad, todos somos culpables; pero no por igual. Así lo cree Adrian Parr, filósofa y presidenta de Agua y Asentamientos de la Unesco. Su última publicación, Birth of a new Earth: the radical politics of environmentalism, explora el vínculo de la gobernanza neoliberal y el cambio climático, una idea que también recogió en la conferencia que pronunció en abril en el Palau Macaya de Barcelona, en el marco de la Escuela Europea de Humanidades.

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¿A quién podemos rendir cuentas?

A todo el mundo y, al mismo tiempo, a nadie en concreto. El problema es que no podemos responsabilizar a una sola persona, porque todos somos responsables de forma colectiva. Pero en esto hay una limitación: si tenemos en cuenta la cantidad de gases que han ido a parar a la atmósfera desde la industrialización, los países ricos tienen más responsabilidad histórica. Además, dentro de estos países encontramos miembros que se han beneficiado más de las emisiones que otros, como la industria fósil, que todavía recibe subvenciones del gobierno.

¿Cómo afecta el sistema económico y político a la lucha contra el cambio climático?

El neoliberalismo interfiere constantemente en la forma en la que abordamos el cambio climático. Lo hace a través del libre mercado, la concentración de riqueza, el individualismo y la competitividad masiva, entre otros. El sistema nos ha hecho creer que dejando de comprar bolsas de plástico, conduciendo coches híbridos y reciclando más, podremos acabar con la crisis medioambiental. Sin darnos cuenta de ello, nos han convencido de que convirtiéndonos en mejores consumidores acabaremos con el cambio climático, pero, aunque estos gestos son necesarios, no son suficientes.

Muchos de los efectos ya pueden percibirse hoy en día.

Los últimos cinco años han sido los más calurosos de la historia y los científicos advierten que el incremento general de la temperatura puede llegar hasta los 2 °C. A esto hay que sumarle un índice más elevado de incendios, un ritmo de extinción de especies nunca visto antes y episodios más frecuentes de tormentas y huracanes por todo el mundo. Estamos superando todos los límites y son muchas las señales que nos alertan de la entrada en un estado crítico que ya nos está afectando.

Las reservas de agua no paran de disminuir. ¿Nos estamos enfrentando a una crisis global de este recurso?

A medida que aumenta la población, hacen falta más recursos hídricos, que al mismo tiempo no paran de ser contaminados y degradados por todo tipo de procesos. Se necesita una gran cantidad de agua para producir no sólo nuestra comida, sino también nuestras comodidades. Llegará un punto en el que el equilibrio que tenemos ahora será insostenible. Tenemos que saber anticiparnos a eso.

¿Puede ser fuente de conflicto?

Totalmente. De hecho, muchas de las tensiones entre israelíes y palestinos están relacionadas con el agua. Lo que es interesante de esto es que este problema se puede abordar de dos formas: puedes centrarte en el potencial de este recurso para el conflicto, lo que te llevará a una discusión sobre emergencia y seguridad, o puedes, aspecto que yo prefiero, ver el agua como un recurso común; como tal, hay un interés colectivo de cuidarlo. En la medida en que puede ser la base para generar conflicto, el agua también puede ser la base para generar paz y unidad.

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Los mensajes de alerta han llegado a la ciudadanía, pero el sistema se resiste a cambiar.

Creo que estamos en un momento de cambio, y la aparición de líderes climáticos jóvenes como Greta Thunberg lo demuestra. Nos hemos encontrado con una brecha generacional: los adultos estamos acostumbrados a los lujos de una vida con una huella de carbono elevada y no queremos renunciar a ella, pero mientras tanto los jóvenes ven el planeta al que deberán hacer frente y nos exigen responsabilidades. Es cuestión de tiempo que su voz sobre la crisis empiece a tener influencia política.

¿Qué hay que hacer para no llegar a este punto?

Debemos replantear la forma en la que se estructuran las sociedades y cuestionarnos nuestras actitudes como individuos dentro de este conjunto. Debemos volver a plantearnos cómo nos relacionamos con el resto y, en especial, con las personas más vulnerables a esta crisis: las generaciones futuras, las especies y las comunidades con menos recursos en los países más desfavorecidos. Cuando consigamos ser más empáticos, deberemos trasladarlo a cómo nos organizamos socialmente.

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