“Soy hija de una víctima y soy hija de su asesino”

El padre de Julia mató a su madre en 1993

Julia tiene pocas imágenes de su madre y no sabe si son recuerdos o sueños: aún la ve recogiéndose el cabello negro con una pinza y abriendo los brazos en cruz contra una puerta que alguien golpeaba al otro lado. “Ya había violencia cuando eran solteros, y también cuando se casaron. Mi madre decidió separarse de él, pero él pensó: «Si no eres mía, no serás de nadie»”. El 22 de junio de 1993 el padre de Julia mató a su madre clavándole 16 puñaladas. Ella tenía tres años.

“Soy hija de una víctima y soy hija de su asesino”, dice Julia, que prefiere explicar su historia con un nombre ficticio. La relata con crudeza y al mismo tiempo con serenidad. Haber vivido una experiencia como esta le ha hecho percibir el dolor de otra manera: “Yo pensaba que después de esto pocas cosas me podían hacer daño”. Desde 2013, 244 niños han quedado huérfanos por culpa de la violencia machista en España. Pero ni ella ni su madre forman parte de las estadísticas oficiales, que empezaron a registrarse en 2003. En los periódicos de entonces, el asesinato de la madre de Julia se definió como un “crimen pasional”.

Después del suceso, la abuela materna de Julia se hizo cargo de ella. Aconsejados por profesionales, la familia decidió no esconderle lo que había pasado. “Tenía ataques de histeria contra mi madre porque pensaba que me había abandonado. Cuando me lo explicaron lo entendí y dejé de llorar”. Para su abuela, sin embargo, fue imposible digerir lo que había pasado: “Arrancarle a una madre a su hija es más ilógico que a una hija su madre”.

Con el tiempo, Julia ha encontrado en las artes plásticas una herramienta para “poetizar y asimilar” su infancia. “Ahora todo lo que hago está atravesado y teñido por esta historia porque tengo esta cicatriz”, dice. También atribuye al caso el trastorno alimenticio que sufre desde que es adolescente. “Tengo bulimia nerviosa. Buscaba afecto y lo encontraba en la comida. Creo que tiene que ver con lo que le pasaba a mi madre, porque también estaba muy gorda”, explica, consciente de que “los trastornos son una alerta que nos indica que hay alguna herida por curar”.

El feminismo como salvación

Como para tantas otras mujeres, el movimiento feminista ha sido para ella una tabla de salvación. “El lema No estás sola es precioso porque me dice que no estoy sola con el feminicidio de mi madre ni con la bulimia”. Julia lamenta que a veces se la encasille solo como víctima de violencia machista por el asesinato de su madre porque es lo más grave que le ha pasado, cuando al mismo tiempo hay “muchas otras violencias contra la mujer”. No me gusta que victimicen con este rol porque yo también he sido atacada por violencias como la gordofobia. Y mi padre también fue víctima de convertirse en un asesino. Todos bebemos del mismo veneno, algunos más y otros menos, pero todo el mundo participa en el sistema patriarcal”, avisa. Para ella, el feminismo es una lucha diaria y al mismo tiempo un agradecimiento. “Ha sido muy importante ver a mis amigas coger el altavoz en una manifestación. Es bonito ver cómo nos reeducamos, ver cómo nacen nuevas masculinidades”, dice esperanzada.

Ahora participa en el proyecto Cendres (Cenizas), una exposición fotográfica de sensibilización sobre la violencia machista. Justo ayer hizo las fotografías, utilizando objetos de su madre, como el vestido de novia o imágenes en las que sale su padre. “Aparece con la cara tachada porque mi abuela lo quería borrar”, dice. Ella tampoco tiene ningún interés por saber nada de su padre, a quien condenaron a 30 años de prisión por el crimen. Sin embargo, mantiene su apellido. “Solo conozco el rol de víctima de ella y el rol de asesino de él. Pero mi nombre es mi historia y no quiero negarla ni ocultarla”, argumenta. Y sentencia: “Yo no estoy avergonzada de mi vida, sino del sistema”.

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