ARTE

Cuando la cultura fue víctima de la represión

El libro 'Arte y cultura de posguerra' propone un recorrido por el arte que surgió entre 1939 y 1962

¿El 26 de enero de 1939 la lengua y la cultura catalanas desaparecieron de Barcelona? Iconos de la cultura como Pau Casals y Pompeu Fabra se fueron al exilio y sus puestos fueron ocupados, como parte del botín de guerra, por los afines a la dictadura. Se fueron cuadros políticos y sindicales, dirigentes institucionales y funcionarios públicos, profesores universitarios y maestros, intelectuales, escritores, poetas y artistas, campesinos y obreros, comerciantes y estudiantes. ¿Qué consecuencias tuvo todo este éxodo para la cultura? En un contexto opresivo y oscuro, en el que dominaba el miedo, ¿era posible crear una cultura asimilable a la del resto de países europeos?

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Aleix Catasús y Bernat Puigdollers están convencidos de que hasta ahora la bibliografía sobre la cultura durante la posguerra era más bien escasa. Por eso decidieron impulsar Art i cultura de postguerra. Barcelona 1939-1962 (Àmbit / Ayuntamiento de Barcelona), un recorrido por diferentes disciplinas artísticas con múltiples voces. “Creemos que hemos roto tabúes y hemos repasado la complejidad del momento, porque no sólo podemos hablar de Dau al Set y del Grupo R como si fueran islas”, asegura Puigdollers. Los autores decidieron acabar la posguerra en 1962: “Es orientativo, pero en 1962 pasaron muchas cosas, nació Edicions 62, un año después se inauguró el Museo Picasso, empezó el desarrollismo, se disolvió el Grupo R y empezaron a aparecer nuevas generaciones con nuevas estéticas que no habían vivido la Guerra Civil”, dice Puigdollers.

Hay una frase que utilizan Jordi Amat y Marc Gil, en el capítulo dedicado al poder cultural e institucional del franquismo en Barcelona, que sintetiza bastante bien cómo fue aquella época oscura de la posguerra: “Existía un plan para hacer desaparecer la cultura en catalán. Pero mientras tanto había una gran cantidad de catalanes que querían seguir haciendo cultura”. Prácticamente, según defienden Catasús i Puigdollers, no había fisuras por donde el arte pudiera declararse en rebeldía. La mayoría de los que se quedaron tuvieron que adaptarse, se transmutaron: hubo un proyecto de folklorización muy claro. En literatura, como destaca Abel Cutillas en el capítulo “Una ciutat sense novel·la”, las alternativas para los escritores catalanes supervivientes eran pocas. Cutillas detalla tres. La primera era cambiar de lengua y publicar en castellano, como hizo Josep Pla con Historia de la Segunda República, Viaje en autobús o Un señor de Barcelona. Otros optaron por traducir sus originales, como Víctor Català o Josep Maria de Sagarra. Algunos, como Carles Riba, Agustí Bartra o Josep Carner, publicaron en el exilio. La tercera opción fue la clandestinidad: Josep Palau i Fabre, por ejemplo, publicó Aprenent de poeta. Pero las obras clandestinas no llegaban al gran público. “Su incidencia cultural —afirma Cutillas— no podría medirse de tan pequeña como fue”. Sin embargo, fue precisamente durante la dura posguerra que Barcelona se convirtió en un núcleo importantísimo de la edición española. Eso sí: prácticamente nadie miró atrás. El silencio cayó como una losa sobre el pasado.

Arte pretencioso

“La escultura se volvió más académica. Es interesante observar cómo a ciertos artistas que colaboraron con el franquismo, después, en democracia, nadie se lo cuestionó y, en cambio, a otros se les atacó mucho”, dice Puigdollers. El arte, según Puigdollers, también se adaptó a los gustos de la nueva burguesía. “Es una nueva burguesía poco formada y enriquecida con rapidez y quería demostrar su posición social coleccionando retratos, y los artistas encontraron en el retrato una buena fuente de ingresos”, explica. Si antes de la guerra se hacían retratos sobrios y de cierta dureza, con el franquismo había la tendencia de hacer grandes retratos con grandes vestidos ostentosos y de cierta pretensión.

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“En arquitectura existe una voluntad de monumentalizar la ciudad, y no hubo una disidencia clara, porque los disidentes se habían exiliado o habían sido inhabilitados —explica Catasús—. A partir de los años 50 hubo una cierta disidencia, pero era muy sutil”. Fue también una época en la que dominó el cemento y una arquitectura de un cierto brutalismo: se construyeron los primeros polígonos modernos. “En pintura, los vanguardistas se marcharon al exilio o murieron, y los que se quedaron y triunfaron fueron los herederos del novecentismo y los que se acercaron a la estética del régimen”, detalla Puigdollers. El régimen franquista fue particularmente beligerante con la arquitectura racionalista y con la pintura y escultura abstractas. Los dos movimientos se vinculaban a las izquierdas y eran sospechosos de comunismo.

El libro dedica un capítulo entero a los Salones de Octubre, que hicieron posible 10 exposiciones colectivas entre 1948 y 1957 y ofrecieron un espacio a más de un centenar de pintores y escultores, la mayoría jóvenes que empezaban su trayectoria. “Sí que hubo una cierta resistencia y un cierto proceso de reafirmación. El IEC, por ejemplo, continuó activo de forma clandestina”, afirma Puigdollers. Hubo perdedores, como Joan Brossa, y vencedores, como Frederic Marès. La posguerra no fue un agujero vacío, hubo cierta creatividad. Pero quizás lo más interesante del libro, que también repasa fotografía, artes gráficas o las artes decorativas, es que plantea qué consecuencias tuvo la opresión de la posguerra. Y cómo se resistió la propuesta nacional-católica oficial.

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