POBRESA

“Lo que vosotros llamáis basura para nosotros es oro”

Los manteros de Barcelona se dedican ahora a recoger chatarra para poder sobrevivir

Khadi empieza a colocar en la báscula del trapero lo que llevaba dentro del carro, para saber cuánto le tienen que pagar

Las cinco y media de la tarde es la hora punta. Es entonces cuando jóvenes subsaharianos y todo tipo de gente variada hacen cola en el trapero con sus correspondientes carros de supermercado llenos hasta arriba de trastos que han recogido en la calle durante todo el día. El trapero es una nave industrial en el distrito de Sant Martí de Barcelona. En el interior, todo tipo de hierros y plásticos forman una enorme montaña en la que se puede distinguir alguna bicicleta retorcida, sillas cabeza abajo, bañeras e, incluso, calentadores de agua despanzurrados. El senegalés Abdul Karim Cissé es el encargado, y el resto de trabajadores también son subsaharianos. “Lo que vosotros llamáis basura para nosotros es oro”, afirma. Lo controla todo desde una especie de garita donde hace cuentas con un ordenador cubierto por una gruesa pátina de polvo. En 2020, con la pandemia, el negocio fue mejor que nunca, asegura antes de soltar una sonora carcajada de satisfacción: facturaron el doble que el año anterior gracias al cada vez mayor número de desheredados que se dedican a buscar chatarra.

Khadi es uno de los desheredados. Antes era mantero, vendía imanes para la nevera y ganaba unos 15 euros al día. Ahora, con la pandemia, hace cola como tantos otros en el trapero. “Con la chatarra gano lo mismo que haciendo de mantero, pero es mucho más peligroso”. Tiene que recorrer las calles durante horas removiendo dentro de los contenedores de basura, manipular todo tipo de trastos -lleva guantes para protegerse- y empujar un carro de supermercado que llega a pesar una barbaridad. Hoy traslada una plancha, un fregadero, una campana extractora y una infinidad de otros cachivaches que son difíciles de identificar. Todo pesa noventa kilos. Así lo indica la báscula del trapero. Después Khadi inicia el ritual de siempre.

Separar los metales

El chico se lía a martillazos con la campana extractora, y después continúa con los otros trastos: ¡pim, pam, pum! Intenta separar las partes de hierro de las que no lo son, aunque tenga que sudar de lo lindo. Las distingue con un imán: el imán se engancha al hierro, pero no al resto de metales. Khadi lanza las partes de hierro a la montaña de chatarra que hay en medio de la nave industrial, y las que son de otros metales las vuelve a meter dentro del carro para volverlas a pesar. El resto de desheredados hacen lo mismo. Un concierto de golpes metálicos inunda la nave industrial.

“Por el hierro pagamos 0,11 euros el kilo. En cambio, 0,55 euros por el kilo de acero, 1 euro por el de cable, y 2,2 euros por el latón”, explica Cissé para justificar esta obsesión por separar el hierro. Si los metales están mezclados, siempre prevalece la tarifa del más barato. Los precios son válidos para hoy, pero pueden cambiar mañana perfectamente. Se fijan en función del valor que la bolsa de metales de Londres, la llamada London Metal Exchange, establece para cada metal. Así de surrealista: hombres con traje y corbata deciden qué cobran los que tienen menos en la sociedad.

Ndongo también es de Senegal y también era mantero. Vendía fulares en la Barceloneta y ganaba unos 20 euros al día. Cuando tenía mucha suerte incluso conseguía 30. Ahora recorre las calles de Barcelona con una bicicleta y un remolque que se ha fabricado él mismo con trozos de chapa y con las ruedas de una silla para personas sin movilidad. “Empecé con un carro de supermercado, pero me dolía la espalda”. Como tantos otros, ha sustituido el top manta por la chatarra. “Cuando me dedicaba a vender la policía me requisaba los fulares muchas veces. Por suerte, ahora con la chatarra no me pasa”. Es la única ventaja.

El portavoz de los manteros de Barcelona, el senegalés Mame Mor, confirma que todos los jóvenes subsaharianos que se dedicaban a la venta ambulante en la capital catalana sobreviven ahora recogiendo chatarra. Algunos también se han marchado al campo a probar suerte, pero ahora no es la mejor época para encontrar trabajo como temporero. De lo que no cabe duda es que el top manta ha dejado de ser una fuente de ingresos desde que los turistas desaparecieron de Barcelona con la pandemia.

La directora del Gremio de Recuperación de Catalunya, Victòria Ferrer Maymó, también afirma que “ha aumentado la venta particular” de metales, o sea, la gente que se dedica a recoger chatarra. Ahora bien, aclara, esto no quiere decir que el volumen de residuos que se recuperan sea más grande. “Muchas industrias han cerrado o han reducido su actividad con la pandemia, y producen menos residuos”, argumenta. Lo que sí que han detectado, asegura, es la aparición de traperos que no están registrados como gestores de residuos, y su manera de trabajar deja mucho que desear.

Cissé lleva un control exhaustivo de todos los desheredados que pasan cada día por la nave industrial. Los tiene registrados en el ordenador, porque si no después es él quien tiene problemas si hay una inspección, justifica. “No aceptamos metales que sean del Ayuntamiento, como pilones o señales de tránsito”. Pero no tienen manías con las sillas metálicas que se usan en las terrazas de los bares. En la nave industrial hay un montón apiladas. “Nosotros no somos policías. Si alguien las trae, las compramos”.

Ndongo continúa recorriendo Barcelona buscando chatarra. Khadi ya se ha deshecho de los 90 kilos. Le han pagado 20,03 euros. El trapero está a punto de cerrar, son las siete de la tarde, y dos camiones esperan en la entrada para ser cargados. Los metales serán trasladados a otro gestor de residuos con más capacidad para separarlos, y de allá quizás a otro y después a otro, hasta que lleguen a una fundición, donde entonces sí que valdrán oro.

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