PANDEMIA

Las secuelas del covid: dificultades para respirar, tragar y moverse

Tres personas que estuvieron en la UCI explican cómo están meses después de haber superado la enfermedad

Jordi Valldaura tocando la armónica para recuperar fuerza muscular para respirar

Lo intenta una vez y no puede. Lo vuelve a intentar y tampoco lo consigue. Lo intenta una tercera vez y ya mira de reojo a su alrededor avergonzado por si alguien lo está observando. Su brazo izquierdo parece un trapo y no hay manera de dominarlo. Solo tiene que trasladar un pequeño objeto de la litera donde está sentado hasta un taburete que tiene justo al lado. Una cosa tan sencilla es una odisea para él.

Jordi Alba hace rehabilitación en el polideportivo del Institut Guttmann, en Badalona, un lugar que es una auténtica bofetada de realidad para todos los que continúan minimizando la pandemia. Cuando entras te das cuenta de que el coronavirus no acaba ni cuando la PCR sale negativa ni cuando te dan el alta en el hospital. Jordi lo sabe: estuvo tres meses en la unidad de cuidados intensivos (UCI), tres semanas más en una habitación convencional del Hospital de Granollers y ahora viene cada día al Guttmann. Y eso que solo tiene 55 años y estaba en plena forma antes de enfermar: “Todavía jugaba a fútbol”, asegura.

Ahora el brazo y la pierna izquierdas no le responden y lleva una prótesis en un pie. Dice que también le cuesta mucho hacer cálculos sencillos -“Al principio no sabía ni sumar 9 más 7”-, tiene problemas de memoria y de concentración y ni siquiera puede hacer una cosa tan aparentemente fácil como organizar su día a día. “Y esta voz de Don Corleone tampoco la tenía”, aclara. Le hicieron una traqueotomía y le quedó así, completamente ronca. Lo dice con sorna, pero admite que tiene la moral por los suelos, que no ve “la luz al final del túnel”.

Las causas

El subdirector médico del Institut Guttmann, Cristian Figueroa, explica el porqué de todo esto. “Cualquier músculo que esté mucho tiempo en reposo se atrofia -afirma-. Así que cualquier persona que haya estado un largo periodo en la UCI después tiene problemas de movilidad. Eso no es nada nuevo. Pero lo que sí es nuevo -sigue detallando el doctor Figueroa- es que la atrofia que sufren los pacientes que han tenido coronavirus es superior a la habitual e incluso afecta a los nervios que hacen que los músculos se contraigan”.

Si además estos enfermos han sido intubados -como ha pasado con la mayoría de pacientes graves de covid-19-, tampoco les funciona la musculatura del esófago o el diafragma, que permite cosas aparentemente tan sencillas como tragar o respirar. El resultado es que haber superado el coronavirus no significa acabar la convalecencia. Y un dato más: la enfermedad también puede dejar secuelas cognitivas -problemas de concentración, memoria, etc.- tanto en los pacientes que estuvieron graves como en los que ni siquiera necesitaron hospitalización.

Jordi Valldaura sí necesitó. También hace rehabilitación en el polideportivo del Guttmann, aunque a primera vista sorprende verlo ahí. Es un hombre alto, atlético, de solo 41 años y que juega a bádminton, hace bicicleta, abdominales... Parece que esté perfectamente bien. “En julio llevaba pañales porque no tenía fuerza ni para ir al baño” es una de las primeras cosas que suelta cuando le preguntas por qué está aquí. También sufrió el coronavirus: estuvo 88 días en la UCI y perdió hasta 37 kilos, a pesar de que al principio él también pensaba que esto del covid-19 era solo “una gripe fuerte”.

“Estuve una semana en casa con fiebre y, cuando fui a pedir la baja, me recomendaron que me hiciera una radiografía por si acaso, para ver cómo tenía los pulmones”, relata. Y así es como acabó en el hospital: lo ingresaron porque le detectaron una pequeña neumonía. Lo peor es que, en cuestión de días, se extendió como una mancha de aceite. Ahora todavía lleva una prótesis en un pie y, lo más grave, le cuesta respirar. Por eso en el Institut Guttmann le hacen practicar deporte o hacer ejercicios tan llamativos como tocar la armónica, para que recupere la fuerza muscular que hace mover la caja torácica.

Francesc Aguilera, en cambio, hace ejercicios para recuperar la movilidad de los brazos. Tiene 71 años, estuvo 64 días en la UCI -también por covid, claro - y, cuando salió, explica, era “como un bloque”, no se podía mover. “Creía que me había quedado tetrapléjico”, recuerda. Ahora ya puede andar, pero con dificultad, y, como él dice, todavía le quedan “algunas cosas por resolver”: tiene una llaga en el sacro, le falta movilidad en una mano, no tiene fuerza en un brazo, le cuesta respirar... “Mi mujer y mi hija lucharon para que pudiera venir aquí [al Guttmann]”, afirma. Y cuando lo dice, no puede evitar emocionarse: se le entrecorta la voz y se le escapan las lágrimas, porque le daban el alta -porque ya no tenía el coronavirus- pero apenas se podía mover.

Y este es el problema: miles de personas han sido dadas de alta porque ya no tienen el coronavirus, pero no está claro cuántas sufren secuelas. En el Guttmann ya tienen pacientes programados para visitarse hasta diciembre, y lo peor es que la segunda oleada de la pandemia ya está aquí. “Si no se actúa rápido, estas secuelas quedarán por siempre jamás”, advierte el doctor Figueroa. Pero la prioridad ahora posiblemente será atender a los nuevos pacientes de coronavirus.

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