TERRITORIO

“Soy tan rico que trabajo de 7 a 23 h”

Los vecinos de Matadepera reciben con escepticismo el título del municipio del Estado con la renta más alta

Si alguien hubiera nacido para ser millonario, seguramente viviría en una mansión con más baños que habitaciones en las urbanizaciones Cavall Bernat o las Pedritxes de Matadepera. Estaría en una parcela grande como un campo de fútbol, equipada con caseta para el personal de servicio y piscina, y flanqueada por el macizo de Sant Llorenç y la montaña de la Mola. Sus hijos irían a la escuela privada Montcau - La Mola, donde en el patio podrían elegir si jugar en la mesa de ping-pong o en la pista de hockey hierba. Y, cuando cumplieran quince años, les regalarían un microcoche que no requiere carnet -y que es más seguro que las motos- y lo celebrarían con una gran comida en el Celler de Matadapera, donde el menú diario cuesta 30 euros.

Esta utopía de lujos no siempre se corresponde con la realidad que viven los habitantes de este pueblo del Vallès Occidental. Esta semana, cuando ya hace tiempo que están cansados de su fama de esnobs, han asumido con resignación el hito de haber escalado a la primera posición del ranking de los municipios con la renta per cápita más alta del Estado: 218.788 euros anuales de media, es decir, más de 15.000 euros mensuales. Y todo gracias a una sola operación de uno de sus vecinos: la que firmó Manuel Lao en 2018, cuando se deshizo de la empresa de juego Cirsa por más de 2.000 millones, que ha acabado disparando el sueldo medio de todo el pueblo.

Entre bromas y temores

“A la comida invita el señor Lao, ¡apúntaselo a él!” Los chistes sobre la venta no han parado desde que salió la noticia. “Dicen que cobramos más de 200.000 euros al año. Pues ¿dónde están los 190.000 que me faltan?”, pregunta socarrón Sergi a Agustí. Los dos vecinos están en la terraza de uno de los bares del centro del pueblo, donde viven menos de la mitad de los 9.326 habitantes que registró el Idescat en 2019. “A la gran mayoría no los ves nunca. En la fiesta mayor, que es el único momento en el que nos encontramos todos, siempre pienso: «Vaya, ¡sí que somos gente!»”, confiesa Miquel, que se fue a vivir a Matadepera cuando se casó con una vecina del pueblo de toda la vida. Y, a pesar de que hace más de 40 años que vive ahí, para algunos siempre será un “merdeante”. “Así se como nos llamos a los que veníamos solo en verano”, aclara.

En las últimas décadas, Matadepera ha pasado de ser el pueblo de veraneo de los barceloneses a convertirse en el domicilio principal de grandes fortunas que han conquistado el macizo de Sant Llorenç con casas de alto standing y coches de precio prohibitivo. Pero ¿cuál es el secreto de su éxito? Su situación geográfica y tranquilidad. “Estás al lado de Sabadell y Terrassa, a 20 kilómetros de Barcelona. Pero aquí estás rodeado de bosques, sin ruido, y los niños pequeños pueden correr solos por el pueblo, sin ningún peligro”, explican Josep y Mariona, una pareja joven que hace unos diez años que vive ahí.

Pero más allá de las bromas, la mayoría de los consultados sufren por si la publicidad que se ha generado se transforma en un reclamo para los ladrones, que ya tuvieron atemorizados a los vecinos el año pasado. “No te encontrarás un vecino al que no le hayan entrado a robar, a él o su familia”, asegura Dolors. Un miedo que se hace patente, especialmente, en las urbanizaciones: continuamente se advierte de que hay un sistema de videovigilancia y es muy común cruzarse con el vehículo de la seguridad privada que han contratado los propietarios, ante la imposibilidad de la policía local de llegar a las más de 2.500 hectáreas que tiene el término municipal.

La otra cara de las fortunas

Según los vecinos, hay “dos Matadeperas”: la del casco urbano y la de las urbanizaciones. Y mientras que a los grandes tenedores “no los ves nunca por el pueblo”, sus hijos y sobrinos sí se mezclan con el resto de jóvenes, sobre todo en las pistas de hockey hierba, el deporte insignia de Matadepera. Además, es una de las pocas poblaciones con un campo de golf municipal, a parte de pabellón y piscina. “¡Y el Ayuntamiento tiene un superávit de un millón y medio!”, dice Miquel.

Pero más allá de lujos, en el municipio también se viven otras realidades, que se pueden retratar, por ejemplo, a primera hora de la mañana, cuando de los autobuses baja una hilera de mujeres que se van calles arriba para limpiar los amplios comedores que dan al jardín. O a la hora de comer en el bar del pabellón, donde se reúnen jardineros y forestales que trabajan en las urbanizaciones. “¡Soy tan rico que trabajo de 7 a 23 h por mil euros! Como todos los que ves aquí”, dice irónicamente Albert, que concluye: “Yo de mayor quiero ser como el señor Lao, así os haré ricos a todos, ¡aunque sea mentira!”

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