'Stranger things': la paranoia americana

'Stranger things' devuelve a la nostalgia de los ochenta y a la narrativa de la Guerra Fría

Netflix ha estrenado la tercera temporada de la serie 'Stranger things'. Un consejo: si estás de vacaciones junto con adolescentes apáticos pegados al móvil con quien tienes poco a compartir a nivel mediático, consumirla desde la primera temporada puede ser una buena idea para las noches de verano y un generador de temas de conversación extraordinario para las horas de sol. 'Stranger things' es la serie que te devuelve a la nostalgia de los ochenta de manera impecable, pero también a la narrativa que desarrolló la Guerra Fría entre los Estados Unidos y el bloque soviético. La Norteamérica profunda donde no pasaba nada y los niños campaban libres en bicicleta hasta altas horas de la noche y jugaban en los sótanos recibe la inoportuna visita de un intruso malhechor. El terror de los espías, el temor a un gobierno que esconde información a sus ciudadanos, la carrera por la investigación como elemento clave para ser una potencia mundial, los fenómenos paranormales como consecuencia y argumento narrativo de trasfondo, la puesta en valor de los conocimientos científicos y tecnológicos, los concursos de cultura general en la televisión como elemento de distracción masiva ... Es la confrontación entre la inocencia y el ingenio infantiles y la prepotencia y abuso de las fuerzas gubernamentales. La libertad versus el poder. 'Stranger things' es el retorno al espíritu de 'ET' y de los 'Goonies'; esta vez, sin embargo, el intruso es un monstruo creado por el hombre en sus experimentos para descubrir nuevas dimensiones y el poder de la mente como arma de destrucción del enemigo.

Uno de los elementos clave de 'Stranger things' es el casting, con un elenco de niños que establecen una sintonía entre ellos que da unos resultados extraordinarios a nivel interpretativo. No da miedo, pero todos los recursos narrativos y la habilidad de gestionarlos crea un argumento trepidante aunque las estrategias sean obvias. Son tópicas, pero siempre están bien hechas. Y esta evidencia forma parte de la marca de la serie.

Ahora bien, tal vez la tercera temporada se les ha escapado un poco de las manos. Parece una parodia pasada de rosca de la primera y la segunda temporada. Los niños les han crecido demasiado rápido y se han convertido en unos adolescentes a veces un poco desconcertantes. Las referencias culturales e iconográficas de los años 80 configuran un catálogo tan impresionante que, como espectador, te obliga a una doble lectura permanente que te distrae de la acción. La incorporación de los militares rusos en el argumento termina transformándose en una paranoia exagerada. El enemigo es tan diferente que todo cambia: hay un incremento de la violencia física y un humor más torpe que te distancia de la serie. Sin embargo, el estreno de la tercera temporada es la excusa perfecta para verla desde el inicio estas vacaciones.

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