El suicidio, una realidad incómoda que hay que abordar

Hay que reforzar los servicios de atención a la salud mental y acabar con el estigma

Durante años el periodismo se ha planteado como abordar el fenómeno del suicidio. Había voces que alertaban de que hablar era perjudicial, porque podía tener un cierto efecto mimótico. Con el tiempo, sin embargo, los especialistas se han ido decantando por arrojar luz sobre esta realidad tan incómoda y que afecta cada vez más gente. El suicidio es ya –a raíz de la bajada de los accidentes de tráfico– la primera causa de muertes entre los hombres de 25 a 44 años y la segunda entre las mujeres de esta misma franja de edad. Y la mayoría sufrían una depresión o alguno otro tipo de trastorno mental. Este es el caso de Mònica, la testigo que ha accedido a explicar su historia al ARA: por qué intentó suicidarse y como por ejemplo intenta luchar contra el estigma de las enfermedades mentales.

Cada vez hay más conciencia de la importancia de prevenir los suicidios reforzando la atención a la salud mental dentro de la red pública, puesto que muchas personas acaban suicidándose sin haber sido diagnosticadas y, por lo tanto, sin ninguna ayuda. Por desgracia, el sistema público de Salud, tan eficiente en otros tipos de afecciones, no está preparado para atender la demanda creciente en este ámbito, y esto hace que sea habitual entre los que se lo pueden permitir optar por la privada. En Catalunya hay centros de salud mental de adultos (CSMA), donde llegan los pacientes derivados por los médicos de familia. La saturación hace, sin embargo, que solo puedan ofrecer visitas de 30 minutos cada dos meses, cuando las terapias necesitan un seguimiento más continuado.

Por su parte, el Ayuntamiento de Barcelona ha puesto en marcha un servicio pionero en forma de teléfono de prevención del suicidio (900 92 55 55). Lo atienden voluntarios y asisten a las personas que tienen pensamientos suicidas y no tienen ninguna otra opción. La cantidad de llamadas atendidas, 384 desde agosto, a pesar de ser un servicio bastante desconocido, demuestra hasta qué punto es una necesidad. Resulta significativo también que la gran mayoría de los usuarios, un 80%, sean mujeres.

Pero nada de todo esto funcionará si la sociedad en su conjunto no toma conciencia primero de la importancia de detectar los síntomas de las personas que necesitan ayuda y, en segundo lugar, de la necesidad de luchar contra los estigmas que todavía sufren la personas que admiten algún tipo de trastorno mental. Se calcula que por cada suicidio consumado ha habido al menos ocho intentos fallidos, de forma que la cifra total de víctimas mortales es solo la punta del iceberg de un fenómeno mucho más extendido de lo que podría parecer. Y, además, las cifras también indican que la pandemia, y todo lo que comporta de miedos e incertidumbres, ha provocado un aumento de las depresiones en general.

Es hora, pues, de empezar a abordar esta realidad incómoda, de sacar a la luz pública testigos y experiencias, de hablar de un tema que es especialmente grave en el caso de los adolescentes, sometidos hoy a formas de presión social desconocidas hace solo unos años. Y en este caso, como en las enfermedades físicas convencionales, la prevención y la detección precoz resultan esenciales.

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