ANÁLISIS

Donald Trump, un tonto con suerte

Las mentiras de las autoridades iraníes sobre el avión abatido minan la credibilidad el régimen

En la crisis del asesinato del general Soleimani, la más improbable concatenación de circunstancias se traduce en una potencial victoria para Donald Trump. El empeño de Teherán en manipular la información sobre el avión ucraniano ha generado una rabiosa repulsa interna, colofón de décadas de frustración. Jugar con vidas humanas es algo difícilmente tolerable por ninguna población, incluso en dictadura. Quizás por primera vez, los iraníes se rebelan contra la enorme mentira en la que viven gracias a una teocracia que controla al milímetro los medios y es capaz de mentir sobre 176 muertes. 

Cientos de miles acudieron a los funerales de Soleimani, movidos por el nacionalismo y la sensación de estar bajo ataque. Teherán tenía todo a su favor para salir reforzada. Todo, salvo suficiente honestidad para admitir desde el primer momento que el avión ucraniano fue un daño colateral. La patraña de los 80 norteamericanos muertos en el ataque iraní contra bases militares, difundida por Teherán, resultó indignante, pero las noticias falseadas sobre un avión derribado en el que perecieron 82 iraníes fue demasiado. No hubo homenajes ni duelo para las víctimas en un país sumido por obligación en el luto por Soleimani. Las 176 víctimas del “fallo mecánico” del avión no existían en los medios oficiales. 

La verdad llegó acompañada de nuevas bofetadas contra la opinión pública, como el anuncio del arresto del autor del vídeo que desmontó la manipulación. Ocurrió lo que nunca ocurre en dictadura: el rechazo público de figuras históricas. Las presentadoras de la televisión estatal Zahra Khatami y Saba Rad no sólo renunciaron: pidieron perdón por las mentiras pronunciadas en antena. También lo hizo la presentadora Gelare Jabbari, que ya había dimitido. “Perdonadme por 13 años de mentiras”.

Los periódicos imprimen disculpas, decenas de artistas se retiran del Festival Fajr -equivalente a los Oscar- y la única iraní medallista olímpica, Kimia Alizadeh, deserta. La asociación de la prensa de Teherán ha escrito que “estamos de funeral por la confianza del público. Los primeros féretros son para la televisión estatal y los medios”. Y en la calle, bulle la indignación. En Isfahan y Teherán, las protestas vuelven, a pesar de la represión de la Guardia Revolucionaria.

En noviembre, Amnistía Internacional estimó, en 300 muertos y miles de detenidos, las víctimas de las marchas que denunciaban la enésima subida de combustible. Hoy, gases y balines vuelven a ser disparados contra iraníes hastiados de una teocracia anclada en el poder, frustrados por la injusticia, la represión, la corrupción y por la interminable crisis económica que implica ser enemigo de Occidente.

Cuestionando lo incuestionable

Las mentiras del régimen son tan flagrantes que la clase media y los universitarios se suman a la clase trabajadora, motor de las manifestaciones de años pasados. Hoy, cuestionan algo que solía ser intocable: el sentimiento anti-americano. En la Universidad Shahid Bejeshti de Teherán, los manifestantes evitaban cuidadosamente pisar las gigantescas banderas norteamericana e israelí pintadas en el suelo, mientras cantaban: “Muerte al líder supremo” o “Habéis matado a nuestros genios y los habéis reemplazado con clérigos”. Eso no implica que simpatizen con Washington, sino que los iraníes pueden estar en contra de Washington y de Teherán.

El presidente Hasan Rouhani exige responsabilidad a los militares y califica todo de “error imperdonable”. 90 diputados reformistas han sido vetados por los clérigos en las próximas elecciones legislativas, y algunos anuncian boicot. El líder supremo, Ali Jamenei, ha presidido el rezo este viernes en Teherán por primera vez en ocho años para mejorar su imagen. Pero el hastío de los iraníes es difícil de medir, hasta el punto de que diputados de todo el arco denuncian la irresponsabilidad del régimen. 

Las mentiras han logrado en tres días lo que Estados Unidos no consiguió en 40 años: minar la credibilidad del sistema. No está nada mal para un líder que afirma que su “máxima presión” contra Irán no está destinada a cambiar el régimen. Trump es, sin duda, un tonto con suerte.

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