VISCA EL SISTEMA

3 yihadistas y 480 senegaleses

Lo único que tienen en común es que eran jóvenes y que ahora están todos muertos

En principio, lo único que tienen en común las personas mencionadas en el título es que eran jóvenes y que ahora están todos muertos. Los tres yihadistas, en los atentados del 17-A que estos días se juzgan en la Audiencia Nacional; los cuatrocientos ochenta senegaleses, en cambio, han muerto ahogados en el mar, intentando en balde llegar a las Canarias. Cuatrocientas ochenta personas muertas en apenas ocho días, según denuncia la ONG Caminant Fronteres, bajo la fuerzas contrarias de la propia desesperación y de la inoperancia de una Unión Europea incapaz de desarrollar una política migratoria diferente a la de convertir sus aguas en cementerios. En el Senegal han decretado luto nacional, pero más allá de esto sus gobernantes tendrían que responder del hecho de haber desmantelado su industria pesquera, ahora en manso de multinacionales, para consagrar la economía del país (claro) al turismo. Como ahora no hay turismo debido a la pandemia, el resultado son miles de personas sin trabajo, muchas de las cuales acaban arriesgándose a salir en patera.

Los tres yihadistas estaban decididos, literalmente, a morir matando, cosa que hicieron. Ahora nos provoca escalofríos verlos grabados en un vídeo, horas antes de la masacre, haciendo preparatorios con armas y explosivos y riendo como ríen los jóvenes de su edad cuando se reúnen para hacer cualquier cosa juntos: jugar a la Play, ver una película, editar un fanzine o fumar unos porrillos, o todo a la vez. En lugar de cualquiera de estas cosas, estos preparaban una carnicería humana, en la cual ellos mismos se tenían que inmolar. Causa estupefacción, ciertamente, que unos muchachos crecidos y educados dentro de nuestra manera de entender el mundo, que hablan catalán y castellano y conocen y tienen asimilados nuestros valores y comparten nuestras preocupaciones, que lo tienen –también literalmente– todo por vivir y que, en definitiva, son indudablemente miembros de nuestra comunidad, decidan cometer una acción que va tan absolutamente en contra de todo aquello en lo que creemos, de todo aquello a lo que aspiramos, de todo aquello de bueno que puede haber en nosotros. Que hay, porque motivos para la esperanza también tenemos, a pesar de que la rabia sea más popular.

Ahora bien, nuestra comunidad –Europa, para resumir– también es capaz de las injusticias más clamorosas y de las desigualdades más crueles: ahora tenemos por muestra estos cuatrocientos ochenta muertos senegaleses, pero este es el pan de cada día, como también lo es el trato infrahumano que reciben migrantes y refugiados en nuestras costas y fronteras. No es difícil imaginar como toda esta falta de compasión puede ser utilizada por malos predicadores, hasta el punto de persuadir algunos jóvenes que matar a europeos es un acto, precisamente, de piedad. De piedad y justicia, merecedor de recompensa en la otra vida. Es un disparate, pero al menos tendríamos que saber que la mente humana es capaz de adaptarse enseguida a cualquier tipo de disparate. No se trata de hacernos culpables de nada, pero sí de tener presente que el mal que nosotros hacemos alimenta el mal que nos harán otros.

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