ABANSD’ARA

Causas del contagio (1918)

De l’article de Manuel Rodríguez Codolá, Siliceo (Barcelona, 1872-1946), a La Vanguardia (26-X-1918). Foto d’un ramat de cabres, cap al 1910, a la Rambla de Barcelona (al fons, el Palau Moja). L’epidèmia de la grip anomenada també “febre mediterrània” travessava en aquella tardor del 1918 una fase crítica, tot i que havia entrat a Catalunya l’hivern anterior.

Que la limpieza es media vida, de puro sabido se tiene olvidado, tan olvidado que en algunas partes, como en nuestra capital, es menester que constantemente sea recordado a quienes la gobiernan. Las cuestiones de suciedad no les viene de ahí, y así clámase en vano cuando se les dice que debieran ocuparse en tener aseadas las calles y plazas. No, para esto no se dispone de un segundo, y como el Ayuntamiento no da el ejemplo, no considerase obligado el vecindario a respetar una limpieza que no existe. Por esta razón, desde el aprendiz de la tienda a la muchacha de servicio, pasando por las porteras, no han tenido, por lo general, aquel cuidado que en otras partes se tiene -que en Bélgica existía, y es de suponer que aun seguirá igual- de tener las aceras limpias como una pechera de camisa salida de manos de la planchadora, y de no tirar a la calzada papeles ni basura. Y lo que entra por los ojos en la calle y ofende a menudo el olfato, no es más que un reflejo de la carencia de sentido higiénico en el interior de las viviendas. Bien, muy bien hizo pues el alcalde decretando que no estén las galerías, ni los terrados convertidos en una suerte de arca de Noé; bien muy bien hizo al dictar medidas sanitarias, obligando a los propietarios a que cumplan con lo que la salud del vecindario reclama. Lo que debe hacer es que sea comprobado si quienes tienen a su cargo la inspección de lo por él dispuesto, obran sin contemplaciones, que son estos unos días en los cuales ha de exigirse con rigor la extinción de cuanto puede constituir un peligro para la salud pública, y más vale crearse un enemigo por exigirle que no tenga su casa convertida en una pocilga, que por esta pausa haya terreno abonado, ambiente propicio para cualquier pestilencia. Todos los extremos del bando publicado por la alcaldía, requieren, pues, un aplauso, aunque constituya una manifestación, -desde el momento que ha de exigirse a los vecinos y a los dueños de fincas a que no desatiendan los preceptos higiénicos más elementales,-de que no se otorga aquí alcance alguno a la higiene ciudadana. Porque no hay que colocar el para-rayos al descargar un temporal, sino cuando ni amago de él exista. En lo que se quedó el representante de Barcelona a la mitad del camino, fue en lo de la circulación de las cabras por las calles, que prohíbe a partir de las diez de la mañana ¿Y por qué la prohibición no es absoluta? Achácaselas el ser propagadoras de la “fiebre mediterránea”, van por ahí arrastrando las ubres, descansando sobre ellas, limpiando el suelo, recogiendo de él polvo y esputos. Y no es limitando las horas que van por las calles como se evita el que sean vehículo de contagio: es no permitiéndose que siga dándose el espectáculo que ha merecido tantas veces las censuras de los higienistas.