Miles de chicas, supuestamente vírgenes, danzan a finales del invierno austral con grandes juncos en una ceremonia que servía para que los reyes swazis eligieran nueva esposa. Ahora se celebra en un estadio de fútbol y sólo es un acto folclórico

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Suazilandia, el último reino absolutista de África

En la ex colonia británica, Mswati III controla los tres poderes mientras lleva una vida de lujo

Miles de chicas, supuestamente vírgenes, danzan a finales del invierno austral con grandes juncos en una ceremonia que servía para que los reyes swazis eligieran nueva esposa. Ahora se celebra en un estadio de fútbol y sólo es un acto folclórico / SIPHIWE SIBEKO / EDUARDO MUÑOZ /REUTERS

La dinastía de los Dlamini tiene raíces en Suazilandia desde el siglo XVI e incluso con los colonos británicos la casa tenía tratamiento real. Cuando el país se independizó, Sobhuza II reinó sin imposiciones hasta su muerte y entonces la corona pasó al hijo único de la reina favorita, un adolescente educado en Londres que tuvo que esperar a cumplir los 18 años. En 1986 Mswati III se convirtió en el rey más joven del mundo y hoy es el último monarca absolutista de África. Es el hombre que todo lo controla, a pesar de que la Constitución consagra la división de poderes de Robespierre y admite los partidos políticos, pero en la práctica encaja en un retrato de señor feudal. Concentra el poder ejecutivo, legislativo y judicial para castigar la más mínima crítica. Amnistía Internacional ha denunciado su ley contra el terrorismo, que ha servido para criminalizar y vetar la disidencia y restringir la libertad de expresión. Pudemo, el partido más grande, tiene aún a varios líderes en libertad bajo fianza, después de que hayan pasado temporadas entre rejas.

Como una brizna de aire fresco, las calles de Mbabane se llenaron el pasado junio de banderas del arco iris en el primer desfile del orgullo gay. Grupos de trabajadores perdieron el miedo y reclamaron públicamente mejoras laborales que les permitan salir de la pobreza extrema en la que viven dos tercios de los 1,3 millones de habitantes. Aunque las legislativas evidenciaron la farsa. Sin que participara la oposición y con el rey eligiendo a 10 de los 69 diputados, muchos observadores vieron una vía para legitimar el régimen despótico. Por sorpresa y unilateralmente, el año 2018 el monarca se hizo el regalo de sus 50 años, los mismos de Suazilandia independiente, rebautizando el nombre del país para volver a la denominación anterior al colonialismo: eSwatini, la tierra de los swazis. "Nos confundían con Suiza en el extranjero", justificó Mswati, una equivocación que tiene sentido en inglés (Suazilandia / Switzerland). Los abusos de poder, sin embargo, continúan y las familias se enfrentan a desalojos forzosos cuando la familia real reclama sus tierras en propiedad.

Los datos de desarrollo humano que presenta este país -que ocupa la mitad de la superficie de Cataluña- dan pavor. La epidemia del sida ha dañado a una generación entera y sus efectos aún se arrastran, a pesar de los esfuerzos exitosos para ampliar la cobertura con los antirretrovirales. Según la ONU, hay 44.000 huérfanos por culpa del sida y cada año 17.000 bebés se exponen al contagio en el momento del parto. Casi tres de cada 10 adultos conviven con el virus y cada año se contagian 7.000 personas nuevas. Las mujeres son con diferencia las que más sufren los estragos de la enfermedad y la estigmatización que se deriva para los seropositivos. Más de un tercio de las swazis son portadoras del VIH, frente al 19% de los hombres.

No ayuda a frenar el contagio el hecho de que el mismo rey Mswati recomiende como único método anticonceptivo la castidad. Un consejo que es casi un insulto, teniendo en cuenta que ni él hace caso. Es verdad que se mantiene lejos del balance de su padre, que tuvo más de 200 hijos y 70 esposas, pero Mswati III ha seguido con la tradición familiar de la poligamia, una práctica que se defiende por la "unidad de los clanes". Se le calculan 15 mujeres y 25 hijos. Suazilandia se rige en cuestiones civiles por la ley tradicional, que permite sólo a los hombres sumar esposas.

La modernidad del monarca es que ya no elige nuevas esposas en el 'Umhlanga' (la Danza de los Juncos), en que se glorifica la virginidad y fertilidad -siempre de las mujeres, por supuesto-. Tradicionalmente, el monarca swazi aprovechaba este festival para ampliar el harén. Ahora la celebración es básicamente un reclamo turístico, pero sigue siendo una manera de perpetuar el machismo con la exhibición de los cuerpos desnudos de jóvenes y niñas. La activista Nomboniso Gasa defiende el Umhlanga en nombre de la identidad de la cultura swazi -también se hace en la zulú-, porque "se enfatiza sólo la pureza de las mujeres".

Hay otros motivos que explican por qué cuesta tanto acabar con el sida en un país donde la vía más habitual de transmisión son las relaciones heterosexuales: las altas tasas de violencia machista y el estreno prematuro en el sexo. Un tercio de las chicas denuncian haber sufrido algún abuso sexual antes de cumplir los 18 años y un alto porcentaje de las adolescentes activas sexualmente tienen más de dos parejas en un año. Luego está el efecto de los llamados 'suggar daddies', hombres que salen con jovencitas, 10 o más años más jóvenes que ellos, inexpertas y aún con el peso cultural de que deben someterse al macho. Esta desigualdad en la cama se traduce en relaciones sin protección y, por tanto, en un mayor riesgo de contagiarse del virus. El rey tampoco se aplicó la prohibición de mantener relaciones con menores de edad durante cinco años -una prohibición que decretó él mismo- y poco después se casaba con una chica de 17 años. Para hacerse perdonar, Mswati se autoimpuso el castigo de pagar una vaca por multa. Todo solucionado.

La vida sentimental del rey es digna de los 'play-boys', con denuncias incluidas del rapto de una chica y una esposa a la fuga. Amo y señor del país, Forbes le calcula una fortuna de más de 100 millones de dólares, que le permiten llevar una vida de lujo desenfrenado: de coches, aviones, casas y viajes. Además, tiene 'amigos' generosos, como el que le regaló 32 BMW. Y si no le basta, la ley obliga a la población a cederle vacas, un auténtico tesoro en un país de economía rural y de subsistencia.

Suazilandia, a diferencia de la racista Sudáfrica gobernada por el segregacionista 'apartheid', no dio problemas al Imperio Británico. En los años de racismo, acogía a los hijos de luchadores negros en las escuelas, racialmente mixtas y con un buen nivel educativo. Quizá por eso la dinastía Dlamini siempre ha sido bien recibida en celebraciones de los Windsor. El adolescente Mswati estudió en los exclusivos colegios británicos y fue nombrado con 14 años el heredero del trono al morir su padre, Sobhuza II. Hasta el 1986, con los 18 años cumplidos, no lo coronaron, y por su juventud le dieron el apodo del Tutankhamon Africano. Tirando del hilo de la estirpe, el autoritario Mswati está emparentado, cosas de la vida, con los Mandela, otra dinastía africana que se situaría en las antípodas. Zenani Mandela-Dlamini, la hija diplomática del ex presidente sudafricano, había estudiado en la elitista Waterford Kamhlaba de Mbabane y se casó con un príncipe swazi. Una noticia de prensa rosa africana.

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