Pianistas y burdeles

El anunciado choque de trenes se producirá el miércoles. El Parlamento aprobará previsiblemente la ley del referéndum y el presidente lo convocará. Veremos si solo con su firma o la de todo el gobierno. Acto seguido el TC y el ejecutivo del PP pondrán en marcha el plan para evitar que se celebre el referéndum anunciado para el 1 de octubre. Como dice un protagonista en primera línea: "Sabemos que viene una bofetada con la mano abierta, pero no sabemos por dónde exactamente". Los actores principales han aceptado las consecuencias que se derivarán de ello y la conjura es firme. El gobierno del PP actuará con inmediatez para intentar dejar el referéndum sin garantías o evitar su celebración. Al mismo tiempo, la mayoría parlamentaria independentista intentará garantizar la convocatoria y que la ley de transitoriedad se convierta en "fundacional de la República". Hasta aquí el guión, pero la incertidumbre es alta y, cuando se intenta hacer una previsión de acontecimientos, se abren muchas incógnitas que van desde la situación en que quedará la presidenta del Parlamento hasta el grado de respuesta que darán los ciudadanos a la llamada política, pasando por si se acabarán poniendo las urnas en forma de referéndum. Sin embargo, si algo está claro es que los catalanes acabarán votando, porque por primera vez en la historia de España la coexistencia se debate desde un régimen democrático y dentro del marco de la Unión Europea. Sea como sea la respuesta de Cataluña, siempre será un voto.

La aceleración de los acontecimientos pide líderes con mirada a largo plazo, conscientes de que se juegan más que su futuro, y con nervios de acero. Ya tienen la mirada en el día 2 de octubre y será entonces cuando el gobierno catalán sabrá cuáles son sus fuerzas reales. Será necesario que los políticos se decidan a hacer política y dejar grietas para pactar una salida que sea coherente con el resultado del referéndum.

Intoxicados

Mientras tanto, el ambiente se va intoxicando, utilizando los atentados y la artillería mediática para desprestigiar a los Mossos, que parece que para algunos actuaron con demasiada diligencia y profesionalidad a pesar de los obstáculos. Una operación tinta de calamar ha hurtado el debate importante: ¿por qué los Mossos obtienen más información de otras fuentes que de los organismos de coordinación internos del Estado? ¿La deslealtad política afecta a la seguridad de los ciudadanos? Los próximos días se producirá el choque de legitimidades y hará falta templanza en la política, en la calle y también en los medios.

Toma sentido estos días lo de esconderle a la madre que se es periodista y decirle que, en realidad, se es pianista en un burdel. El atentado en Barcelona y en Cambrils nos ha retratado con nuestras grandezas y nuestras miserias. La prueba la han pasado con nota otros gremios -fuerzas de seguridad y servicios sanitarios especialmente, taxistas...- mientras que el prestigio de los periodistas boquea como un pez que se asfixia. Probablemente no estamos peor que nunca, pero se ve más. El acceso inmediato de los ciudadanos a cualquier dato a través de las redes nos hace más imprescindibles que nunca, pero también nos deja a la intemperie. Ahora el escrutinio público es más duro porque todo corre como la pólvora. Cuando los ciudadanos reciben en el móvil las salvajes imágenes del minuto posterior a la tragedia en la Rambla o reciben la fotografía de la cara ensangrentada del cadáver del último terrorista abatido, el periodismo tiene sentido solo si se impone una obligación de análisis y contextualización. Es decir, un punto de vista. Solo tenemos sentido si los medios buscamos la relevancia de los hechos, seleccionamos, contextualizamos y ayudamos a interpretar. Si buscamos y encontramos a quien sea capaz de analizar cada cuestión en concreto para hacer un debate público de calidad. Porque nosotros, como decía Pla, somos ignorantes enciclopédicos.

Edwy Plenel es un periodista francés que trabajó en la dirección de Le Monde (1996-2004) y hace unos años fundó Mediapart, un diario digital conocido por sus investigaciones y que tiene 150.000 suscriptores. Esta semana, en Barcelona, Plenel hablaba de los tres enemigos tradicionales del periodismo: "La propaganda, los rumores y las emociones". Hacía diana, visto que la crispación política ha puesto en marcha la propaganda y que las emociones comienzan a desbordarse entre llamadas al atrincheramiento.

Lo que hemos vivido solo es un ejemplo de lo que pueden ser las próximas semanas. Propaganda, rumores y emociones que no por ser más intensas son mejores. No son nuevos los peligros ni tampoco lo son los antídotos. De la calidad del periodismo depende en buena medida la calidad de la democracia, y es obligatorio tener en cuenta la relevancia de las informaciones, separar los hechos de la opinión y saber quién es el propietario del medio. La tercera cuestión solo tiene una respuesta y así lo han entendido los grandes editores de la historia. Los propietarios últimos de la cabecera son los lectores. No lo son ni los periodistas, ni los directores. En el ARA nuestro objetivo común es preservar que la cabecera informe a los ciudadanos y lo haga con rigor. Solo será posible ser leales a los lectores desde el exterior de las trincheras que algunos están cavando con entusiasmo.

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