ABANSD’ARA

La eterna presencia. Marie Curie

De l’article de María Luz Morales (la Corunya, 1898 - Barcelona, 1980) publicat a La Vanguardia (13-VII-1934) a propòsit de la mort de Marie Curie (Varsòvia, 1867 - Passy, 1934), pionera en el camp de la radioactivitat, primera persona en rebre dos Nobels. Ahir es va celebrar el Dia Internacional de les Dones i les Nenes en la Ciència, instituït per l’ONU el 2015.

Una brusca pirueta de la Historia habrá dejado en la mente de muchos españoles -¿para bien; para mal?- el recuerdo imborrable del mes de abril de 1931. En mi vida, el surco más trascendente de ese abril, lo dejó el hecho de haber vivido, por unos breves días, en la intimidad de Madame Curie, la Maga del Radium, en quien Madona la Muerte -su enemiga, su rival de siempre- ha hecho presa ahora... Estaba la República española recién estrenadita; el horizonte cuajado de promesas y esperanzas, […] Se daba gran realce a las cosas del espíritu... Fue justamente en esos días -días ¡ay! de duración muy corta- cuando la República española nombró a María Sklodowska Curie su primer Huésped de Honor. […] Extraordinariamente agotada en sus sesenta y tantos años gloriosos, sostenidos sólo por el temple de su voluntad, por la fuerza tremenda del espíritu, era curioso contemplarla, en su inmovilidad y su silencio habituales, y ver asomarse a sus ojos, a su rostro, a su figura, las “otras mujeres sucesivas” de su vida fecunda: La niñita de Polonia, huérfana de madre viva y llamada a ocupar prematuramente, junto al padre viejo, sabio y bondadoso, el lugar de responsabilidades que dejara la joven y ligera ausente; criaturita que hizo su cuarto de juegos del laboratorio paterno, y en cuya mente los prodigios de los cuentos de hadas fueron unidos a las maravillosas revelaciones de la ciencia. Luego, la joven institutriz calladita y humilde, que ha de abandonar su vocación científica, sus estudios y el laboratorio de su infancia, porque la ciencia pura, en la Varsovia oprimida de fines del siglo XIX, no da para comer... y que se gana el pan cuidando a los chiquillos de una pudiente familia rusa. Poco después, muerto ya el padre viejo y sabio, la osada, la rebelde, en quien la vocación triunfa, que parte hacia París, sin dinero ni ayuda; la estudiante polaca, sola anónima, insignificante, que, luchando a brazo partido con la miseria, se matricula en la Sorbona, y come poco, pero estudia mucho, viste mal, pero investiga bien... Luego, la Licenciada, la Doctora en Ciencias Físicas y Naturales, cuya tesis doctoral versa ya sobre las substancias radioactivas. En seguida -¿un paréntesis? No…- la novia, la esposa: Madame Pedro Curie... Más tarde la madre de dos deliciosas criaturas: Irene, Eva... Y, al mismo tiempo, la co-descubridora del radium, cuya rebusca emprendió “primero sola; luego con su marido”... (En el instante álgido y conmovido del descubrimiento, es ella, tan débil, tan menuda, tan femenina, quien sostiene la energía, el espíritu. Es un ensayo íntimo. Un grupo de amigos, profesores todos, ha sido invitado a la prueba, que debe mostrar algunas de las propiedades de la nueva substancia, desconocida, maravillosa... y en el momento supremo, el sabio Pedro Curie solloza, se estremece, va a desmayarse... Su debilidad, su emoción, están a punto de malograr el ensayo. Y es ella, la frágil figurita de la estudiante polaca, quien, imponiéndose a todos y a todo, halla en sí misma serenidad, fuerza, para terminar la prueba, el ensayo, ante el asombro de todos, aun del propio marido. […]

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