ABANSD’ARA

Un viejo problema. La catalanidad (1926)

De l’article d’Agustí Calvet Gaziel (Sant Feliu de Guíxols, 1887 - Barcelona, 1964) publicat a El Sol, de Madrid, tal dia com avui (24-III-1926). Eren també temps crítics i convulsos en política. Alfons XIII havia cedit al general Primo de Rivera el govern d’Espanya, en règim de dictadura. La causa catalana va ser el pretext principal del cop d’estat militar.
AGUSTÍ CALVET, ‘GAZIEL’ 1926

Cataluña, catalanidad y catalanismo. He aquí tres palabras que están fuertemente trabadas, como los eslabones de una cadena. La primera y la tercera -Cataluña y catalanismo- desde hace un cuarto de siglo suenan casi a diario en toda España. En cambio, la intermedia -catalanidad- es poco menos que desconocida. Y en ella precisamente se contiene la clave del problema que las tres encierran. ¿Qué es el catalanismo? Un movimiento popular que se ha producido modernamente en Cataluña. Mas ¿por qué se produjo? Porque en Cataluña existía desde muy antiguo la catalanidad. Cataluña, catalanidad y catalanismo son realidades escalonadas e interdependientes. Cataluña es un cuerpo. La catalanidad es su alma. El catalanismo es el movimiento resultante, es la acción. A Cataluña y al catalanismo podemos verlos y tocarlos todos los días. No así a la catalanidad. Por eso, porque es impalpable e invisible, casi nadie se fija en ella, a pesar de ser la más importante de esas tres realidades. Incluso son muchos los que sinceramente niegan su existencia o dudan de ella. No obstante, la catalanidad es algo anterior e infinitamente más importante que el catalanismo. En términos de química histórica podría definirse así: es uno de los cuerpos simples de que se compone la Península Ibérica. Puede muy bien existir catalanidad sin catalanismo. Así ha ocurrido durante largos períodos históricos. Pero lo contrario es absurdo: no es posible que haya catalanismo sin catalanidad. Cataluña es el árbol, la catalanidad es la savia, el catalanismo es el fruto circunstancial. El árbol y su savia pueden existir sin el fruto. Mas éste presupone necesariamente la existencia de aquéllos. […] El saber deslindar la catalanidad del catalanismo es, por lo tanto, una operación esencial. […] No todos los catalanes son catalanistas. Pero todos, incluso los más encarnizados enemigos del catalanismo (con algunas excepciones teratológicas que confirman la regla) acaban por sentir -tarde o temprano, de una manera definitiva o con intermitencia, consciente o inconscientemente- la catalanidad. Al hombre que llega a percatarse de esto, la terapéutica para tratar el catalanismo se le complica en grado sumo. A sus ojos el catalanismo pierde mucha importancia, y en cambio adquiere una insospechada la catalanidad. […] La catalanidad aparece en su profundo sentido cuando se admite que es un elemento esencial de una hermandad ibérica, diversa y fecunda, que pareció inminente con los Reyes Católicos, que luego el Destino malogró mediante influencias advenedizas e intereses extraños, germanos o franceses, de Austrias o de Borbones, y que hoy todavía no pasa de ser la más lógica, la más bella, la más natural… y la más difícil de las quimeras.