La UE y Biden: un giro en la lucha contra el cambio climático

Cinco años después del Acuerdo de París, se abre una nueva ventana de oportunidad a nivel global

El cambio en la presidencia de los Estados Unidos, con el fin del negacionista Donald Trump y la entrada de un Joe Biden que pone la lucha contra la emergencia climática como una de sus prioridades programáticas, y el acuerdo de la Unión Europea para reducir las emisiones de CO 2 en un 55% en la próxima década, devuelven a la comunidad internacional un punto de sensatez para frenar la deriva autodestructiva. En ningún caso se pueden echar las campanas al vuelo, porque todavía faltará ver hasta donde llega el compromiso tanto norteamericano como europeo, y qué capacidad tienen de arrastrar China e India en esta renovada dinámica positiva que llega exactamente cinco años después de la aprobación del Acuerdo de París. Si a este giro añadimos el movimiento popular de denuncia, sobre todo juvenil, encabezado por Greta Thunberg, y una pandemia que ha abocado a gran parte de la población a reconectar con su sensibilidad naturalista, estamos realmente ante un nuevo  momentum que habría que aprovechar a fondo para lograr adelantos irreversibles, tanto cuantitativos (con la reducción de emisiones y, por lo tanto, de consumo de energías fósiles) como cualitativos (con la concienciación ciudadana).

En el primer apartado, el acuerdo de la UE es importante. Habría podido ser todavía más ambicioso, como reclamaba el Parlamento Europeo (que había pedido una reducción de emisiones del 60% para el 2030) o las ONG climáticas (que habían fijado el objetivo del 65%), pero el compromiso del 55% es notable y se ha conseguido venciendo las resistencias de países como Polonia, muy dependiente del carbón . Es verdad que el esfuerzo de reducción se hará de manera asimétrica, de forma que no todos los países tendrán que cumplir el 55%, pero si en efecto se llega al umbral marcado para el conjunto, será un nuevo paso adelante. También es cierto que el acuerdo acepta mixtos energéticos de transición que incluyen el gas. El avance, sí, tiene un punto titubeante. Pero aun así es un avance claro. Si, además, a esto le suman unos Estados Unidos de nuevo alineados con los objetivos de París y los que se fijen en la cumbre COP26 que se hará el año que viene en Glasgow (se tuvo que atrasar por la pandemia), la comunidad internacional puede recuperar un cierto optimismo. Lo que pase en Glasgow sin duda será clave.

El balance actual es ambivalente. Por un lado, este 2020 puede ser el año más cálido jamás registrado, pero del otro también es verdad que los gobiernos, regiones y ciudades que se han comprometido a reducir las emisiones a cero ya suman el 50% del PIB mundial. Se puede ver, pues, el vaso medio lleno o medio vacío. Lo importante es que la opinión pública mundial siga presionando y que Europa y Estados Unidos se tomen seriamente el liderazgo en cuestiones climáticas. La salida de la crisis económica provocada por el coronavirus solo puede ser verde. Parece que, como mínimo en Bruselas, esto lo tienen claro. Hará falta, pero, que los estados de la Unión, uno por uno, asuman sin subterfugios su cuota de responsabilidad climática. Y que todos los ciudadanos, en nuestra vida cotidiana, actuamos en consecuencia.

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