No nos echaréis

No pretendemos linchar a nuestros compañeros sino disponer de protocolos fiables para prevenir agresiones

Imagen de una asamblea de la CUP / CÈLIA ATSET
48 mujeres del espacio político de la CUP

Estamos rodeadas de violencias machistas. De agresores y de agredidas. Más de la mitad de las mujeres hemos sufrido varias formas de violencia machista. Esto significa, inevitablemente, que en nuestro entorno hay muchas víctimas y muchos agresores. En la familia, en el grupo de amigos y conocidos, en el trabajo, en la calle, en el vecindario. Y también en los espacios políticos.

Hay un sesgo de género evidente en la percepción de las violencias machistas. Las mujeres, que somos quienes las sufrimos en gran parte, somos conscientes de la magnitud del problema. Sabemos que estamos expuestas a las violencias machistas y que no hay un perfil de agresor identificable. En un ochenta y cinco por ciento de las agresiones sexuales, la víctima conoce al agresor: es un familiar, un amigo, un profesor, un compañero de trabajo o su pareja o ex pareja.

Un hombre puede cometer una o más agresiones machistas a lo largo de su vida sin ser consciente de ello, dado que todavía hay muchas violencias machistas que no se reconocen como tales. Las violaciones estereotipadas que vemos en las películas son las menos frecuentes; las más habituales son agresiones sufridas en un entorno conocido. En nuestra cama, en nuestro trabajo, en nuestro local social, en nuestro barrio.

Queremos sentirnos seguras. Queremos aportar todo lo que tenemos por aportar

La violencia machista toma muchas formas diferentes y el impacto de cada una de ellas en nuestra vida puede perdurar en el tiempo. ¿Cómo? En forma de daños psicológicos, físicos y emocionales, y en forma de renuncia a los espacios públicos y de militancia.

Pero a estas alturas todavía hay una gran parte de nuestro entorno que no lo ve o no lo quiere ver así. Muchos amigos, familiares, compañeros de trabajo o de militancia lo primero que hacen ante un caso de agresión machista es cuestionar el testimonio de la víctima y buscar excusas para no asumir que ellos mismos o sus compañeros pueden haber sido protagonistas.

A nosotras no nos hace falta una sentencia judicial para creer a nuestra amiga, vecina o compañera de trabajo. No nos hace falta una peritación para creer el testimonio de una mujer que ha sufrido una agresión.

No nos malinterpretéis: no pretendemos mandar a nadie a la cárcel sin un proceso judicial ni linchar a nuestros compañeros. No se trata de esto, sino de disponer y de aplicar protocolos efectivos y fiables, que en lugar de invisibilizar los casos sirvan para reparar a la víctima y prevenir agresiones futuras.

Somos conscientes de que mujeres y hombres estamos en una situación de partida muy diferente a la hora de participar en un proyecto político.

Las mujeres no solo estamos expuestas a las violencias machistas, sino que cuando denunciamos una agresión, por el canal que sea, se nos juzga sistemáticamente a nosotras. Se nos cuestiona, se nos pregunta por qué lo hemos permitido, por qué no hemos hecho esto o aquello, por qué no hemos denunciado por la vía judicial, por qué no hemos denunciado antes. Mientras que a nuestros agresores se les presupone un testimonio veraz y se los protege.

Queremos que se nos escuche sin cuestionarnos sistemáticamente, sentirnos acompañadas y reparadas después de haber sufrido una agresión. Queremos sentirnos seguras en unos espacios que también son nuestros, no queremos renunciar a ellos. Queremos aportar todo lo que tenemos por aportar. Y queremos también un sistema judicial preparado, sensibilizado y con recursos para hacer efectivas las leyes contra las violencias machistas.

Todo ello nos golpea y nos echa muy para atrás a la hora de militar en un espacio político. Pero somos tercas

Desde nuestra perspectiva feminista, es evidente que si las mujeres no denunciamos más la violencia que sufrimos es porque sabemos que todo este proceso nos expondrá y nos causará un gran dolor.

La reacción a la información publicada en el diari ARA el día 4 de octubre sobre los casos que apuntaban al exdiputado Quim Arrufat ejemplifica muy bien esto que exponemos. A través de las noticias y reacciones posteriores en las redes constatamos que, una vez más, se ha cuestionado el testimonio de dos mujeres y que se las ha victimizado de nuevo. El debate público alrededor de esta noticia se ha centrado, de nuevo, en la actuación de las víctimas y de la organización dentro de la cual se han dado los casos, y no en la problemática existente y preocupante de la violencia machista.

En este proceso hemos visto, con impotencia, frustración y rabia, cómo el presunto agresor ha utilizado su visibilidad y poder mediático para publicar un relato que revictimiza a las mujeres agredidas, sin ningún tipo de posibilidad de contrastar su versión. Hemos visto cómo él ha cuestionado a estas mujeres, ha minimizado las agresiones, las ha acusado de utilizar la denuncia por un objetivo personal o político y ha amenazado con hacer públicos sus nombres. Hemos visto cómo ha empleado su altavoz para alimentar los mitos sobre las denuncias falsas y las violencias machistas para su propio beneficio. Ante esta actitud, mantenerse en silencio no nos parece éticamente aceptable.

Las mujeres que participamos en este proyecto político y en otros proyectos afines hemos sido interpeladas por el solo hecho de haber compartido espacio con un presunto agresor, y nuestro entorno nos ha juzgado también a nosotras.

Todo esto nos afecta y nos indigna: constatamos que todavía no se reconocen socialmente las agresiones machistas cuando ocurren, y que en nuestros espacios de militancia todavía hay reticencias a abordarlas con la contundencia debida y que queda recogida en los protocolos de los cuales disponemos. Y sin esto, no hay avance posible en la solución del problema y en la prevención de futuras agresiones.

Todo ello nos golpea y nos echa muy para atrás a la hora de militar en un espacio político. Pero somos tercas: no dejaremos de hacer política, de implicarnos socialmente, de reclamar el poder que se nos ha negado durante tanto tiempo para poder transformar la sociedad.

Tenemos derecho a convivir sin miedo en todos los espacios que compartimos con los otros. No habrá violencias que nos hagan renunciar a esto.

Estamos aquí y continuaremos estando aquí.

Cristina Agustí Benito, Badalona
Núria Alcaraz, Matadepera
Oceania Algora Micó, el Masnou
Mercè Amich, Celrà
Maria Ballester, Arenys de Munt
Juliana Bacardit, Mataró
Mireia Boya Busquet, Aran
Júlia Carbonell, Cervera
Pilar Castillejo Medina, Ripollet
Elisenda Castillón Soria, Vilanova i la Geltrú
Elena Crespi Asensio, Torelló
Ona Curto, Arenys de Mar
Aina Delgado Morell, Barcelona
Sonia Fabra Fargas, Barcelona
Almudena Godoy Castro, Vilanova i la Geltrú
Mar Grifol Isern, Badalona
Marta Guinda Camps, Vilanova i la Geltrú
Eva Herbera, Vilanova i la Geltrú
Marta Jofra Sora, Vilanova i la Geltrú
Katia Juncks, Vic
Fabiola Llanos Bustos, Vilanova i la Geltrú
Isabel Llari Joya, Sant Pol
Anna Losantos Sistach, Sant Pol
Sílvia Mancha Pallerola, Vilanova i la Geltrú
Joana Maestre Campamà, Vilanova i la Geltrú
Tamia Maestre Gutiérrez, Manlleu
Laura Martínez Villanueva, Sitges
Sandra Moncusí Veciana, Sant Pol
Mireia Noy Oliveres, el Masnou
Nuria Núñez Fusaro, Vilanova i la Geltrú
Marta Pagès Romero, Vilanova i la Geltrú
Anna Pagés Pardo, Sant Pol
Mar Parés Ojeda, el Masnou
Carme Polvillo Alomar, Mataró
Roser Ramos, Arenys de Munt
Núria Riera Sant, el Masnou
Mireia Riera Sant, Cardedeu
Roser Rifà Jané, Berga
Maria Ruiz, Ripollet
Nora San Sebastián Martínez, Badalona
Ana Belén Salvadó de la Rubia, Sitges
Mima Sant Granados, Teià
Rosa Soler Vendrell, Vilanova i la Geltrú
Alicia Tarodo Casado, el Masnou
Laura Texidó Solsona, Sant Pol
Sara Tuñí Jaulent, Sant Pol
Roser Valverde Lojo, Berga
Júlia Vigó Pascual, Sitges

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