Aguas originales

Chantal Maillard
11/03/2017

Poeta I FilòsofaVolver al origen, decimos. El agua original. La fuente o la placenta. Lo decimos con nostalgia. A veces, con anhelos de renovación, de vuelta atrás. Pero

¿Y si el agua original estuviese emponzoñada? ¿Y si lo hubiese estado desde el principio de los tiempos?

Porque en un principio no fue el canto de los ángeles ni la luz divina, no. En un principio fue el grito. Y el hambre.

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O tal vez no fuesen esos los inicios sino tan solo el inicio de la diferencia. Tal vez las aguas originales fuesen otras, aquellas, por ejemplo, a las que remontamos, sin voluntad y sin juicio, en un instante de ternura, ese flujo, esas aguas que derriten la piedra y conducen al núcleo. Antes de los dioses y sus experimentos. Antes de la moral y la eternidad. Antes del olvido. Antes.

El mismo soplo -y el mismo dolor- es el del nacer y el del morir. Entretanto, una agitación, un estremecimiento.

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Recuperar la palabra oblicua, la imagen subterfugio, la que ‘sub terra fugit’: la que corre o huye bajo tierra. Recorrer el subsuelo de lo humano como el agua de las cloacas, rizoma de savia corrompida que va, no obstante, buscando la salida al encuentro de las vías que conducen al océano. Esa palabra. Que no pretende otra cosa que volver al origen, antes del sentido, antes de todos los sentidos, antes de las diferencias y sus contiendas. Esa corriente. Ese correr cargado de detritus que al tiempo que avanza vuelve a filtrarse entre la roca anhelando las tierras que sostienen los prados, los bosques o la estepa.