ABANSD’ARA

Carnaval en París y Barcelona (1893)

De l’article costumista d’Ezequiel Boixet (Lleida, 1849 - Barcelona, 1916) a la popular columna titulada “Busca, buscando” a La Vanguardia (19-II-1893), diari que va codirigir del 1901 al 1916. Demà, diada de Dijous Gras, comença el cicle anyal del Carnestoltes, preludi de la Quaresma. Dibuix de Xavier Nogués (Barcelona, 1873-1941) a la portada de Picarol (17-II-1912).
EZEQUIEL BOIXET ‘JUAN BUSCÓN’ 1893

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“Mal de muchos, consuelode… sabios”, dice “aproximadamente” el refrán. Si nuestros bailes de Carnaval ofrecen ya escasísimos atractivos, como no sea para el lugareño y para el hortera, tampoco en otras capitales mucho más importantes que la nuestra resultan mejores. Los mismos bailes de la Gran Ópera de París tan famosos en otro tiempo, han entrado en la más lamentable decadencia, si hemos de creer lo que dicen algunos cronistas del Sena que vierten amargas lágrimas comparando lo de hoy con lo de ayer. He aquí lo que dice uno de esos cronistas: “Esto ya no es un baile, es un veglione. Una multitud llena de recogimiento contempla la entrada de los mascarones que llegan de otros bailes. Porque actualmente el disfrazarse constituye una profesión. Todos esos gentilhombres Luís XV, todos esos miñones Enrique IX, todos esos lazzarone de Montmartre y esos Turcos de Pantin, no son más que pequeños funcionarios del placer. Se les corrompe, no con cheques de Panamá, sino con un módico sueldo pagado mitad en especie, o sea en desvergüenza, mitad en dinero, y tienen el derecho incontestable e inapreciable de ser groseros con todo el mundo. […]”. En nuestros bailes de máscaras no hemos llegado todavía ni es fácil que lleguemos hasta el punto de buscar gente mercenaria para que se disfrace y baile unos rigodones. Es este un género exótico que no se ha aclimatado nunca en Barcelona. Los pocos hombres disfrazados que se ven en los bailes públicos lo hacen por amor al arte, a título gratuito y arrastrando la especie de ridículo que cae sobre todo macho que se presenta vestido de moro o de payaso o de mosquetero. Es menester una gran dosis de buena fe o de valor para entrar en el Liceo con un disfraz, y recuerdo las broncas que he visto dar a los incautos que penetraban en los corredores y en la platea con un turbante o un chambergo. Nuestras máscaras se concretan por término general a exhibir sus atavíos en la vía pública. En lo que se parecen extraordinariamente a sus colegas de París es en el derecho que ejercitan de ser groseras. Bastaba pasearse durante algunos minutos por las Ramblas y calles en las tres noches del último Carnaval, para formarse una idea exacta del ingenio y la cultura derrochados por la gente que se disfrazaba. Os acercabais a uno de esos corros que se formaban a cada diez metros y veíais indefectiblemente lo mismo: dos o tres mascarones, soeces de aspecto y soeces de palabras, entablando un animalado diálogo, siempre bajo forma de disputa en que sólo salían a relucir conceptos estúpidos, dicharachos groseros, chanzas desprovistas de toda sal, palabras obscenas e insultos bestiales. […] A veces, al escuchar las “gracias” de esos seres a quienes la Providencia había concedido la facultad de hablar, en un momento sin duda de distracción, dudaba uno si tenía delante máscaras; no podía dudar en modo alguno que había allí rufianes. […]