Jaume Lorés 1986

La pintura de Montserrat Gudiol (1986)

Tria J.M. CasasúsSiempre me ha intrigado el meollo cultural del que brota la enigmática pintura de Montserrat Gudiol. Pero tengo la sospecha de que el universo pictórico de Montserrat Gudiol nace de dos fidelidades que pocas veces van hermanadas. De dos fidelidades, en principio, contradictorias. Una fidelidad constante hacia la belleza, por un lado. Y otra fidelidad pertinaz hacia el dolor y el mal en el mundo, por otro. Es decir: una vertiente estética muy acentuada y una intensísima vertiente ética. Y la pintura de Montserrat Gudiol nace de poner en dialéctica relación estos dos universos, estos dos sentimientos, estas dos sensibilidades. De no renunciar ni al fulgor de la belleza, ni a la constatación lúcida del mal, el dolor, la soledad poblada de los comunes fantasmas humanos. Jugar limpio, a la vez, en estos dos terrenos y en estas dos constelaciones de valores es muy difícil. Y esto es lo que Montserrat Gudiol pretende y, muchas veces, consigue. Crear, en consecuencia, una estética del dolor que no sea un esteticismo alienante. Crear, a la vez, una ética desde el dolor ante la belleza que no sea un dolorismo panfletario. Por esto nacen las figuras, a la vez hermosas y tristes, de la iconografía de Montserrat Gudiol. Por esto dibuja estas parejas de una alucinante belleza, pero que ni se miran ni se comunican. Por esto los cuerpos de sus obras son escuálidos, y a la vez sugerentes, y los rostros, hermosísimos, están, a la vez, perdidos en algún dolor lejano o próximo. El problema con que tropieza Montserrat Gudiol en su pintura es el mismo con que tropezamos todos en el claroscuro de la vida cotidiana. Pero normalmente la sensibilidad ética que absorbe y recibe la carga negativa y frustradora de la existencia está en desconexión, en nuestro interior, con la sensibilidad estética. […] Padecemos, demasiadas veces, cierta esquizofrenia entre ética y estética, entre nuestra conciencia del mal en el mundo y nuestra conciencia de la belleza en el mundo. Normalmente empleamos, demasiado a menudo, la estética para contrarrestar la ética y la ética para neutralizar la estética. […] En la tradición cristiana ha sido el franciscanismo quien ha mostrado mejor creatividad en la imposible síntesis entre la belleza y el sufrimiento. Pero los personajes de Montserrat Gudiol andan entre un estoicismo aparente y una desesperación larvada que no llega al grado de ternura del franciscanismo. Claman, sugieren y merecen ternura, pero parecen rechazarla en nombre de cualquier imposible. Me atrevería a sugerir que, en estas horas, la pintura de Montserrat Gudiol es la otra cara de la moneda del franciscanismo. […]