ABANSD’ARA

El explorador Lassaletta faltó a la cita

De la crònica de Sempronio (Barcelona, 1908 - Sitges, 2006) a Diario de Barcelona (XII-1957) sobre Luis de Lassaletta (Barcelona, 1921 - Guinea Equatorial, 1957). Aquest juliol compliria 96 anys aquest explorador que va morir per la mossegada d’una serp. Des del seu parc de Bata enviava animals a zoos d’arreu del món. Coneixia moltes llengües indígenes de la regió.

La Capilla del Santísimo de una iglesia, la de la Concepción, que es el centro de la tradicionalmente sedentaria y apacible derecha del Ensanche, desbordó ayer de concurrencia asistida a los funerales de un intrépido explorador… A la salida, me llevaron al hogar barcelonés del difunto, una casa solemne y burguesa, muy principios de siglo, de la calle de Mallorca. Pero, ¡ah!, allí el cambio de decoración era total. Nos sentamos en unos taburetes forrados en piel y descansamos los pies en rayada cebra reducida a las funciones de alfombra. Desde todas las paredes nos contemplaban arcos con flechas envenenadas, máscaras, tótems, fetiches, amén de varios trofeos de caza, pares de cuernos de antílope, etc. Sin embargo, no son estos trofeos la gloria de don Luis de Lassaletta, por cuya alma rogamos media hora antes. -Era enemigo de dar muerte a los animales -me refieren sus hermanos-. Al contrario, desde niño les profesaba el mayor amor, los cuidaba tiernamente, convivía con ellos… Lassaletta, primogénito de una conocida familia barcelonesa, murió el pasado domingo en Bata. Cuando sus parientes le aguardaban para celebrar las fiestas, llegó un cable. Un cable que, para ironía, llevaba impresa una alegoría de Navidad… -Creímos que se trataba de un telegrama suyo confirmando la llegada y lo abrimos sin pensar que era la noticia de su trágica muerte -siguen contándome-. Había fallecido la víspera, el sábado, víctima de una mordedura de serpiente. Las serpientes que también eran sus amigas… Me muestran unas fotografías impresionantes, donde Lassaletta aparece tratando a unas cobras con la mayor confianza. Porque las conocía tanto no se hizo la menor ilusión. A los médicos que le asistieron les dijo: “No hagan nada. Soy hombre muerto”. Y tras un desvanecimiento, al recobrar la razón, aprovechó el tiempo pidiendo un sacerdote. A las dos horas, expiraba. Llevaba siete u ocho años de residencia ininterrumpida en África. Primero, en el Camerún francés, después en la Guinea española. Era, seguramente, el más africano de los europeos residentes. Una barba apostólica, de joven misionero, daba singular presencia a su juventud. Ha muerto a los treinta y seis años. Digo que era el más africano por cuanto, estudioso y reflexivo, había descubierto el método de la perfecta adaptación. […]

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