Agustí Calvet, ‘gaziel’ 1930
01/06/2020

El gran escarmiento (1930)

La tria d'articles històris de J. M. Casasús¿A quién ha escarmentado la Dictadura? He aquí una extraña pregunta, que hasta ahora, desde que Primo de Rivera cayó, no ha sido formulada públicamente. Y sin embargo, para aleccionarse con lo pasado y orientarse hacia lo por venir, no creo que exista un ejercicio mental más provechoso que el de reflexionar sobre ese punto. La Dictadura fue un azote providencial, según unos; una calamidad prevista y lógica, según otros; una lección, una enseñanza, en todo caso. Pues bien, si ha habido en España ese gran escarmiento, ¿quién será el escarmentado? La respuesta más fácil es ésta: el país. Pero a poco que reflexionemos, nos parecerá también la más falsa. El país no ha entrado para nada en todo ese negocio de la Dictadura. Ni la trajo, ni la echó; se la impusieron como se la quitaron. El país sigue tan indiferente a una cosa como a otra. Decir que la Dictadura le ha escarmentado a él, es igual que decir que ha escarmentado a las piedras. Más exacto sería asegurar que le ha embrutecido un poco: un poco más, encima de lo mucho que ya lo estaba. Seguramente hoy España tiene, en conjunto, todavía menos sensibilidad política que en 1923. Y donde no hay sensibilidad, no puede haber verdadero escarmiento. ¿Serán los políticos? El escarmiento, ¿habrá que buscarlo entre ellos? Tampoco aquí satisface una respuesta rotunda. Sin duda hay en España políticos escarmentados, incluso duramente, por los seis años de Dictadura. Pero ¡cosa curiosa! Los más escarmentados son precisamente los que más empeño ponen en no parecerlo. Es inútil que estén ahora, ante el país entero, en un estado lastimoso, lamentable, marcado con las huellas de todas las vejaciones, incluso las más humillantes, a que los sometió un régimen arbitrario. Ellos sonríen, se sacuden el polvo y afirman: “Aquí no ha pasado nada”. […] ¿Cómo puede hablarse, pues, de escarmiento de los políticos? Algunos escarmentados, si los hay. Pero la gran mayoría siguen impertérritamente impenitentes. […] Los verdaderos escarmentados, los grandes escarmentados, no son a estas horas ni el pobre país ni los malos o viejos políticos. Son, en primer lugar y más que nadie, las instituciones “faraónicas” que alentaron y enaltecieron la Dictadura, con el oscuro propósito de servirse personalmente de ella. Son, de la grande burguesía para arriba, los plutócratas, los militares, los aristócratas, las órdenes religiosas, etc., etc., que se ilusionaron con la posibilidad de poner el dinero, o la espada, o los privilegios, o el poder personal por encima de toda ley y toda ciudadanía. […]