Andreu Avel·lí Artís ‘sempronio’ 1959

La noche de la Callas

Peces Històriques Triades Per Josep Maria CasasúsMaria Meneghini Callas llegó de Madrid echando pestes. Del avión que la había traído, comentó: “¡Horrible!” Quienes la recibieron, sorprendíanse de que hubiera tomado un bimotor. “¡Qué iba a hacer, si no había otro avión!”, les replicaba la diva. Segundo motivo de lamentación: el concierto dado en la villa. Se filtraron en Barcelona noticias de que una parte de público madrileño la había siseado. Ella atribuía las protestas al clima de nerviosidad creado en la sala al empezar la función con media hora de retraso. “Me daban la culpa a mí, cuando yo estaba a punto a la hora señalada y tuve que aguardar en el camarín...” Otro motivo de queja: ese camarín. Parece que en el teatro de la Zarzuela, como camarín le designaron una especie de despacho donde, por colmo, sin pedir permiso, entraban de vez en cuando desconocidos caballeros a colgar el sombrero en las perchas... Por lo menos es la idea que de aquel lugar se ha hecho la Callas. Y tercera parte: el polvo vetusto de años, el polvo que llena el escenario de la Zarzuela. La Callas trajo para sus actuaciones españolas un vestido blanco. Pero, tras su paso por el escenario de la Zarzuela, el traje volvióse negro. Imposible llevarlo en Barcelona. La empresa del Liceo sangróse en salud. El camarín habitualmente ocupado por las sopranos fue especialmente amueblado y decorado para la Callas. Vino el camión de un almacén de muebles para cinematografía y en un santiamén dejó el vestuario, siempre ingrato en los teatros, convertido en saloncito de ensueño. […] Sin embargo, uno se pregunta para qué quiere la Callas el camarín cuando de un concierto se trata. Doce horas antes de la actuación estuvo por primera vez en el Liceo y no pasó del despacho de la empresa. “¿Quiere usted ver el escenario?”, le dijeron. “No, gracias”. Parecía natural cierto interés en conocer el escenario para saber por dónde tenía que salir... Pero, no. […] Una sola cosa quiso ver la diva: las luces. Pidió que encendieran los focos que por la noche iluminarían su figura. Y reclamó unas variaciones, justificadas, dijo, por el vestido que iba a llevar. Una hora antes de la función se dirigió al teatro ya vestida y maquillada. La salida del Ritz fue algo laboriosa, pues, primero montó en el coche, y luego, un secretario le subió la cola del vestido. Quiero decir que le ayudó a acomodar en el interior del automóvil los bajos del traje, acampanados y por lo visto muy rígidos. Al llegar al Liceo se asomó a la sala, naturalmente aún vacía, y apuntó que no olía a su gusto. Inmediatamente se procedió a inyectar perfume en el aire. […]