ABANS D’ARA

Concierto de Liszt en Barcelona (1845)

Peces històriques triades per Josep Maria Casasús

PABLO PIFERRER 1845
21/10/2021

De Pau Piferrer (Barcelona, 1818-1848) a Diario de Barcelona (14-IV-1845), brillant pioner de la crítica musical. Aquest divendres s’escau el 210è aniversari del naixement de Franz Liszt (Raiding, Hongria, 1811 - Bayreuth, Baviera, 1886). Fascinava com a pianista; un ídol de la societat culta -sobretot del jovent- d’un temps en què música i teatre eren els únics esbarjos urbans.

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El gran pianista Liszt, que llena la Europa de su nombre, prodigó los recursos de su fantasía y las pruebas de la destreza más admirable en todas las piezas interpretadas en su segundo concierto en el salón de la Sociedad Filarmónica. […] Al asomar junto al piano aquella cabeza varonil, viva, simpática y marcada con un tipo particular, es imposible no sentirse predispuesto por cierto impulso atractivo. […] Él y el piano no parecen sino un solo ser: él es el alma del instrumento. […] No es dable concebir como sus manos se prestan a la voluntad de aprovechar todos los más difíciles, raros e inesperados recursos del piano, y excede a toda fuerza humana aquel sostenerse constantemente y a su antojo en el mismo vigor y en una misma dificultad, sin dar señales las más leves ni de desigualdad ni de fatiga. Ya remedando los mugidos del viento comienza un trémulo hondo en las notas más graves, que semeja un redoble o mejor un solo sonido continuado sin ningún intervalo de pulsaciones, y lo sube por un crescendo hasta recorrer todo el teclado también con un solo sonido sin tránsito perceptible de la una a la otra nota, rematando fuerte a manera de silbido agudo, y recomenzando o descendiendo cual ráfagas sucesivas, o describiendo, si así puede decirse, largas ondulaciones. Ya convirtiendo sus manos en martillos fuerza al instrumento a producir acuerdos vibrantes y enérgicos y tan rápidos como seguros. Mientras su izquierda aúna por sí sola cantábiles y acompañamientos, la diestra sube y baja por toda la extensión del piano en arpegio veloz como el pensamiento, que se prolonga cuanto él desea siempre igual, siempre brillante y estrechamente ligado. El trinar con cualesquiera dedos por tanto tiempo como no se puede concebir; el picar sobre una misma nota con tal fuerza y rapidez y gradación que parece está desenvolviendo un largo y brillante hilo; el combinar los movimientos más encontrados; los saltos más atrevidos y sólo a él posibles; las escalas de terceras, de sextas, las octavas con décimas y acordes de cuatro sonidos resbalados, todo cuanto más difícil y menos asequible y más extraordinario ofrece el piano, Liszt lo ejecuta con una naturalidad, ligereza y facilidad tales, que entonces se cree no componer realmente sino un solo ser con el instrumento. A no mirarlo, sobraría razón de suponer que muchas manos ejecutan a un mismo tiempo, o que numerosos resortes de hierro, obedeciendo a una fuerza motriz, dan aquellas combinaciones. Si esto es lo primero que resalta en el gran pianista, no se lleva por sí solo toda la admiración, antes no la causan menor la composición sabia y profunda de sus piezas, y el gusto con que las toca. Su colorido corre parejas con su fuerza y velocidad; la elegancia, la suavidad y la ternura compiten en él con el vigor, la fogosidad y la osadía; es severo y parco a su antojo con la misma facilidad con que es arrebatado y fantástico. […]