ABANS D'ARA

Los bailes rusos en el Liceo

De la crítica de Josep Escofet i Vilamasana (Piera, 1884 - Barcelona, 1939) a 'La Vanguardia' (24-VI-1917). Fa cent anys de la temporada en què la companyia de Serguei Diaghilev (Nóvgorod, 1872 - Venècia, 1929) va actuar al Liceu, després de sortir d’una França en guerra. Escofet va formar part de les direccions col·legiades de Gaziel a 'La Vanguardia' del 1920 al 1933.

Esta definición de bailes rusos era para desconcertar un poco al público. Trascendía al viejo kastacok de los cosacos y no todos los que asisten al teatro han procurado antes documentarse. Fue para muchos una sorpresa hallarse con un espectáculo nuevo y refinadamente artístico, un espectáculo que se separa de todo lo visto hasta ahora, una maravilla. El teatro estaba lleno; no hacía calor sin embargo; la temperatura era agradable, merced a una excelente instalación para renovar el aire, y se asistía a una representación inagotable en sorpresas de arte verdadero. Pero el público, reservado, expectante, no se entregaba, aplaudía sin entusiasmo, y sólo después de El príncipe Igor y al terminar Scherezade -la obra más perfecta en la nueva modalidad de las cuatro que vimos anoche- estallaron clamorosos los aplausos. […] Como tanteo, como modalidad atrayente y sobre todo como espectáculo novísimo, muy superior a la ópera, entendida según el gastado convencionalismo italiano, los bailes rusos son una maravilla, lo repetimos. En el arte coreográfico no es posible ir más lejos de donde ha llegado Fokine con sus geniales concepciones. Logra conjuntos armónicos asombrosos rompiendo con las viejas reglas de simetría. Su arte es anárquico, pero es arte. Además, los artistas de la compañía Diaghilev danzan con un sentimiento tal de la elegancia, del ritmo de la ondulación de los cuerpos; son tan esbeltas sus figuras, tan plásticas sus actitudes, tan ligeros sus pasos, que diríase plasman el dibujo orquestal y es su baile como una continuación alada y visible de la música. Nijinski, artista prodigioso por su expresión, es el intérprete único, incomparable, de las producciones de Fokine. […] Pero lo mejor es Scherezade, la obra de Rimski-Korsakov, que tan aplaudida tenemos en los conciertos. […] Sylphides podría incluirse entre los viejos ballets, aunque asombrando con los progresos del arte coreográfico. Carnaval es una pantomima admirablemente desempeñada. El príncipe Igor es un conjunto de bailables de un drama lírico. Pero Scherezade es la interpretación plástica, genial, de las ideas musicales; es una nueva estética, que podría durar más o menos, y será más o menos discutida; pero en los momentos de duda por que atraviesa el teatro moderno, luchando con el prejuicio de que todo está dicho y todo parecía hecho, significa un hallazgo y se insinúa como una revelación.

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